martes 05 marzo 2024

La verdad según el poder

por Sergio Octavio Contreras

A lo largo de la historia contemporánea ha existido una estrecha relación entre el poder político y los medios de comunicación. Esta relación, en algunas ocasiones llevó a dueños de medios a ocupar puestos políticos, y viceversa: políticos se convirtieron en empresarios mediáticos. El fondo de tal relación se debe a una concepción clásica sobre los medios: su capacidad para moldear los pensamientos políticos de la sociedad. En la actualidad, la mayoría de los medios son empresas que comercializan sus contenidos, y para ellos, la política es también parte del mercado. Precisamente es este modelo, una de las causas de los múltiples conflictos que hoy en día existen entre el poder político y el poder mediático.


En los últimos años la relación ente política y medios no ha sido del todo buena. En cierta forma, se han perdido las alianzas donde quien paga tenía cierta autoridad económica para exigir a quien contrata, sobre la publicación de contenidos y la omisión de otros. Tradicionalmente la publicidad o los convenios que los gobiernos pactaban con cadenas de televisión o periódicos, significaban una especie de censura y autocensura simbólica en la producción de contenidos. Actualmente, una gran cantidad de medios tradicionales atraviesan por situaciones económicas adversas producto de la falta de fondos públicos para su financiamiento. Pero además – de la economía- el principal adversario para los medios es el cambio tecnológico. Internet y las redes digitales está posibilitando la construcción de narrativas alternas a las historias mediáticas. Los espacios públicos donde circula la información, también son un campo de disputa por la visibilidad de la información. Dejando de lado –en algunas ocasiones- las versiones mediáticas, la élite política conectada a internet narra su propio discurso. Aquí, la calidad de los contenidos mediáticos encarna parte de la crisis. La verticalidad informativa de los medios lucha ahora con la verticalidad informativa del poder político, y con las producciones no verticales de los usuarios de las nuevas tecnologías. En la televisión, la radio, las redes sociales y los periódicos en línea es posible observar conflictos entre dos poderes cuestionados desde la legitimidad por gran parte de la sociedad.


El pasado miércoles 15 de febrero el gobierno de Venezuela a través de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel), informó a la cadena de noticias CNN en Español, la suspensión de su señal y la salida inmediata de sus transmisiones. En los últimos años el canal estadounidense ha sido señalado tanto por el anterior gobierno de Hugo Chávez como por la actual administración de Nicolás Maduro, de difundir contenidos adversos a su país. La gota que derramó el vaso fue la difusión de una investigación en la cual un ex funcionario de la embajada del país sudamericano en Irak, denunció la venta ilegal de pasaportes para viajar a Venezuela. La televisora aseguró que dichos pasaportes habrían sido entregados a personas con vínculos terroristas con el apoyo del actual vicepresidente iraní Tereck El Aissami. Ante tal escándalo, la canciller Delcy Rodríguez calificó la información como una “campaña de guerra” contra los venezolanos y tachó a los dueños de la cadena de inmorales: “el 6 de febrero salió a la luz un programa de televisión pretendiendo vincular al gobierno venezolano con el presunto tráfico de pasaportes. Queremos denunciar esta operación de una cadena al servicio de las agendas políticas de Estados Unidos”. Cable News Network (CNN) fue fundada en 1980 por el empresario millonario Ted Turner. La empresa ha sido acusada de operar políticamente a favor de versiones norteamericanas sobre asunto públicos, como ha ocurrido en América Latina en países como Cuba y Ecuador, así como en las guerras de Irak y Afganistán.


Pero tal vez el ejemplo de conflictos entre lo político y lo mediático más visible en nuestros días lo representa el presidente norteamericano Donald Trump, en especial, por la relación que ha mantenido con algunos medios de comunicación después de asumir el poder el pasado 20 de enero. El escenario de enfrentamiento entre Trump y los medios es una de las causas antes descritas: los contenidos simbólicos. El mandatario defiende su política pública y su vida privada a partir de criticar la verdad de los acontecimientos y los hechos narrados por algunos medios de difusión. Es una estrategia inteligente: no se debilita la economía, por ejemplo a través de recortes en la compra de publicidad, sino que se rebaja la credibilidad, uno de los motores vitales de la función ética de los medios. Trump lleva el debate a este escenario: la verdad y la mentira. Ambos conceptos son subjetivos en la producción por distintos factores, de hecho, los medios no transmiten verdades ni mentiras, sino versiones de la realidad que atravesaron un proceso de producción y que ordenan por lo general fragmentos del pasado a través de un lenguaje técnico. Es así como Trump acude a la ficción mediática para enjuiciarla desde la opinión individual.


Desde que asumió la presidencia, Trump ha desmentido versiones que ponen en cierto riesgo su política. Un caso reciente fue la información basada en supuestas fuentes confidenciales y difundida por la periodista Dolia Estévez, quien aseguró que a través de una llamada telefónica Trump maltrató al presidente mexicano Enrique Peña Nieto, criticó la participación del ejército en su lucha contra las mafias y dejó ver la posibilidad de que soldados norteamericanos combatieran a los cárteles en territorio nacional. Otro hecho fue la noticia que difundieron algunos medios sobre su ex principal asesor de seguridad, Michael T. Flynn, quien se habría reunido con diplomáticos rusos -antes de que Trump tomara el poder- para valorar las posibles sanciones a Moscú debido a los ciberataques durante el pasado proceso electoral. Flynn se ha vuelto célebre en los últimos años como analista internacional del canal ruso Russia Today (RT), uno de los medios que acostumbra dar voz a críticos y disidentes del gobierno estadounidense.


El día de ayer Trump protagonizó un nuevo altercado con los medios de difusión. Durante una conferencia de prensa donde anunció al hispano Alexander Acosta como nuevo nominado para ocupar la Secretaría del Trabajo, calificó a los medios de deshonestos y a los periodistas de alterar los hechos públicos. Dijo que es importante que las audiencias tengan una prensa honesta, pues de lo contrario el público no les cree: “si dijeran las cosas como son, yo sería su mayor admirador en el mundo, aunque me critiquen”. Los comentarios fueron dichos por el presidente en relación a los supuestos vínculos entre funcionarios de su equipo de trabajo y el gobierno ruso. El también empresario afirmó que las filtraciones que se publican en los medios son reales pero la información que presentan es falsa. Acusó a medios de difusión de Nueva York, Los Ángeles y Washington de hacer un “mal servicio al pueblo estadounidense”.


Estos ejemplos acontecidos en los últimos días, permiten ubicar el campo de la comunicación política como el espacio de conflicto. En la sociedad contemporánea, los medios y el poder político viven en dos dimensiones. La primera, donde la relación es estrecha y complaciente, donde lo mediático reproduce la ideología de la administración en turno, y en pocas ocasiones aborda asuntos espinosos para el sistema. Se trata del modelo tradicional de dominio político y auto-dominio mediático. El segundo caso, es el que aquí nos ocupa. Cuando el poder político intenta mantener su visión de los asuntos públicos –y privados- sin la ayuda o también, con la oposición de los medios. Esta práctica podría parecer democrática, pero no lo es. Es de hecho, una batalla entre entes con cierto poder, porque su narración de los hechos sea la dominante en los circuitos de comunicación.


 

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