Los memes del poder

Hacia una caracterización de la web semántica

Hace poco y de pasada escuché a un par de chicas que paseando de la mano con sus novios platicaban a los gritos, con ese desparpajo entusiasta del amor joven, acerca de algún tema trascendental. La frase que me quedó de lo poco que escuché fue lapidaria, dicha por una de ellas con la seguridad aplastante de quien suelta una verdad contundente:

“Bueno”, dijo ella, “pero toma en cuenta que ellos murieron para convertirse en héroes”.

Sin saber de lo que se hablaba -no vaya a pensar el amable lector que yo soy de esos que van por la calle averiguando los asuntos de la gente, ni mucho menos- me sorprendió la cantidad de relatos o implicaciones posibles que esa frase encerraba o, en todo caso, la cantidad que me regresaba como eco mi propia imaginación. ¿Hablaban de soldados muertos en la guerra, de los padres de la patria, de los bomberos de alguna película de Hollywood? ¿De los muertos del 11-S, de los mártires del 68, de las vidas de los santos o de alguno de los miembros del universo de la Marvel? ¿Niños en escuelas palestinas, adolescentes secuestrados por Hamás? ¿Pasamontañas, camuflajes? ¿Alguna muerte infausta que acababan de imaginar o alguna otra de esas que caracterizan nuestro apego milenario por el suplicio: crucifixiones, hogueras, inmolaciones, sacrificios?

Dilucidando al héroe romántico por antonomasia -o anticipando en todo caso prácticamente toda caracterización posible de la heroicidad del siglo XX, no solo la literaria, sino la profunda heroicidad del relato histórico moderno-, Mikhail Lermontov publicó en 1830 el seminal Un héroe de nuestro tiempo. Todas las características del imaginario de Lord Byron están contenidas en el protagonista, Pechorin, quien es a la vez culto y cínico, profundamente inteligente y profundamente desencantado, cierto de su propia mortandad pero inmortal en su ejercicio del poder, militar errante, enamorado y mujeriego, adicto al denuedo pero también al spleen en su forma más baudeleariana; es decir, adicto al esfuerzo y al fracaso, anticipando ambos con cierto humor trágico que lleva a la contradicción constante entre la belleza de lo que se cree ser y la vulgaridad y la vileza de lo que se es realmente. Pechorin encarna no solo la forma más acabada del héroe de aventuras (ideal jovialmente abrazado por casi cada tradición literaria del siglo XIX y del XX, desde los poetas simbolistas hasta la generación beat y todas las aberraciones y exquisiteces que les siguieron) sino el ideal romantizado de la narrativa capitalista del “éxito”, más propia del siglo XX y del XXI (por lo menos de lo que hasta ahora alcanza a verse): el hombre que se hace a sí mismo, cuya vida es un viaje idealizado en medio de una adversidad idealizada también, y cuya mórbida propensión al derroche y a la inconsecuencia se hayan justificadas, incluso sublimadas, por el desencanto y la deshumanización de su entorno.

Si alguien me hubiera dicho a los 18 años, cuando leí por vez primera a Lermontov, que yo iba a escribir un párrafo como el anterior, le habría retado a un duelo. ¿Quién no tuvo la expectativa pesadillesca de encarnar al héroe que viaja, ya fuera Sam Sagaz o Pechorin o Dean Moriarty? Hay algo de creencia, es decir de fe, en todo acto memético por automático que sea o pretenda ser; hay algo que encarna el propio deseo, la identificación, el eco de una historia en las paredes de la propia vida. Por supuesto, la misma definición romántica del héroe de Lermontov es un acto memético: la más profunda caracterización del héroe nos llega desde la antigüedad clásica, y no hay cultura que no base la idea más pura del poder, su entelequia aristotélica, en ese relato meritorio que es el relato del héroe.

Sin embargo, ya había algo que indignaba en el héroe del siglo XIX. Algo incómodo, algo demasiado humano (diría Nietzsche), algo que retaba el ideal del héroe clásico, que solía ser de motivaciones más puras, de sacrificios más cruentos, de amores más universales (o universalizados a fuerza del ejercicio del poder, como en el caso de la guerra de Troya o en el caso aún más claro de Jesucristo). ¿Se degrada acaso el ideal cuando se convierte en meme? Me atrevo a pensar que en todo caso se adecúa, se acomoda, va dejando tras de sí lo que no le es esencial y, en todo caso, va dejando partes en el camino a fuerza de resemantizarse.

Por otro lado, no solo lo ideal es susceptible de ser replicado meméticamente: incluso, una buena parte del relato previo de cualquier idea que se nos cruce por enfrente tiende a parecernos absurdo, sea porque sus afanes nos parezcan antiguos, sea porque creemos ciegamente en la idea del progreso generalizado; es decir, en la idea de que todo avanza y de que nosotros avanzamos con todo. Como puede verse ambas ideas, progreso y degradación, refieren más una opinión que un hecho verificable.

Con todo, hoy por hoy seguimos estableciendo aunque sea imaginariamente cierto deseo de ideal en el ejercicio del poder. La existencia del poder como hecho volitivo sigue siendo verificable en los hechos, probablemente con mayor fuerza a partir de un siglo XX que, como dijimos anteriormente, no se cansó de cuestionarlo. Ya no le pedimos a quienes lo tienen ningún mérito ni pureza alguna; apenas nos atrevemos a pedir que se ejerza de manera más equilibrada, que no le dé la espalda a las desigualdades aberrantes, que opte por la mesura antes que por lo orgiástico, que no privilegie lo inasible a lo tangible, que de vez en vez se acuerde de la vida y de los vivos. Puede sonar lastimero, pero a eso llega hoy a durísimas penas el discurso de la democracia y sus instituciones.

Los memes latinoamericanos de Francisco el papa y Pepe el presidente uruguayo navegan justamente en esas aguas lastimeras. Desglosarlo por completo sería imposible, pero a un papa ideal se le pide, de idioma a idioma y de creyentes a descreídos, que sea un tipo jovial e informal, cansados como estamos de prelados que se mueven como miembros de la realeza; que de vez en cuando reconozca el atraso conceptual de su iglesia en torno a los temas de los homosexuales y las mujeres; que traiga al discurso público y frontal los casos de pederastia en el clero y que trabaje para que ello deje de ocurrir; que de vez en vez hable de los pobres y de su agenda y de la culpa que en el retraso general del mundo en temas como la justicia económica o la expansión de la democracia tiene el capitalismo corporativo. A un presidente ideal, más o menos lo mismo: que no se gaste el sueldazo en estupideces (y si dona un porcentaje generoso de él, mucho mejor), que se mueva entre la gente como uno más sin privilegios, que sea informal y use pantuflas y sea desgreñado y rompa el protocolo, que se atienda en los mismos hospitales a los que manda a atenderse al 99% de la población a la que gobierna, que no tenga miedo de su pueblo ni de ningún otro pueblo, que sea uno de nosotros y no uno de los ellos a los que sirve.

Como puede verse -e insisto, analizándolos solo desde la perspectiva del dramatis personae, inserto en un relato cuyo principal recurso narrativo es la acción memética (y aquí sí, muy primordialmente, el meme de Internet)- estas dos figuras curiosamente originarias del mismo continente, del sur de ese continente y de patrias apenas distantes, personifican probablemente la última caracterización posible del discurso del poder coercitivo “necesario” (con “última” quiero decir la más reciente; el poder yace muy principalmente en la conformación de su propio relato y si se queda sin relatos los recicla, así que podemos esperar tranquilamente muchos más, no vaya a pensar el lector que estamos en los albores de la anarquía). Incluso, las historias personales que les llevaron a esa personificación tienden a carecer de importancia, porque en sus errores o virtudes del pasado no hay relato del poder sino apenas un anecdotario sin importancia y a veces sumamente contradictorio. No, sus memes se nutren apenas de un filo delgado, muy delgado: el de su ejercicio del poder; ya conquistado, ya en su segura posesión.

No importa si la milagrosa transformación del espacio al que representan (la Iglesia y el Estado) está ocurriendo o no en la realidad: la encarnación del ideal simbólico es lo que cuenta, porque renueva las posibilidades en un juego, el del poder, donde las posibilidades y su lectura simbólica lo son todo.

Particularmente hoy, que vivimos en el desencanto general; el spleen de la historia toda y de los que somos en ella.

Autor

  • Daniel Iván

    Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

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