Vivimos en una época sin preeminencia discursiva; es decir, los discursos no han perdido su afán de preeminencia, ni mucho menos, pero su articulación se enfrenta con su sistemático cuestionamiento a posteriori.
La exposición pública de las ideas se confronta de continuo: por supuesto, el intercambio de ideas es una de las formas más altas de la praxis ética, o debería serlo; particularmente en una sociedad híper-vinculada e híperinformada como la que pretendemos ser. Es muy difícil encontrar una línea discursiva relativamente sólida que no tenga como requisito sine qua non la inclusión dentro de sus lindes de un espacio para la confrontación con otras ideas; resulta casi imposible considerar un discurso como inteligente o articulado si ese discurso parte de la premisa de la anulación a priori de todo aquello que, hipotéticamente o en la práctica, pueda oponérsele.
Ése es primordialmente el punto de quiebre entre lo que consideramos “lo razonable” y todo aquello que nos parece que no lo es; la crítica a los fundamentalismos religiosos, a los fanatismos políticos, a los apasionamientos deportivos, a los nacionalismos beligerantes, a las supremacías raciales y, en fin, a todo aquello que puede considerarse “intrínsecamente equivocado”, tiene su piedra de toque en esa particularidad: más allá del desacuerdo fundacional de las ideas que sostengan, la negación de todo aquello que quede fuera de sus lindes les suprime cualquier inteligencia y, por tanto, cualquier consideración o cortesía (particularmente la de ser escuchados y la de ser tomados en serio, se entiende).
Existe, sin embargo, algo de intrínsecamente equivocado ya en la base de la idea de que algo esté “intrínsecamente equivocado”. La imagen de un equívoco puro es tan chocante como la de una verdad absoluta y conlleva, por otro lado, la de un “mal absoluto” que ha demostrado con creces estarle de más a la inteligencia (ya estamos otra vez).
Exorcismos y holocaustos aparte, la idea de que el mal y el equívoco puedan constituir un continuum niega factualmente cualquier posibilidad de equilibrio, entendimiento o adecuación, lo que resulta éticamente insostenible y representa ya no el germen sino la praxis de un dogma. Por chocante que parezca, no hay virtud alguna en negar la posibilidad de que el diálogo con eso que nos parece esencialmente aberrante conlleve la posibilidad de un nuevo entendimiento que antes, ausentes de ese diálogo, nos era ajeno.
Que no tengamos nada que hablar con un fundamentalista, con un racista, con un neo-nazi, con un machote, con un militante de nuestras antípodas políticas o con un miembro de la porra adversaria es, en todo caso, otra negación a priori. Por supuesto, negar la posibilidad de ese diálogo no solo le resta a nuestra inteligencia, sino que nos coloca justamente en la misma cancha que nuestros adversarios: creemos que nos radicaliza pero en realidad nos erradica o, todavía mejor, nos “fundamentaliza” (pienso, ya que hoy estoy de humor para los neologismos exóticos).
Habría que recuperar la cultura como el espacio para la confrontación y no como el espacio para la victoria. Digo la cultura y no la historia porque la historia conlleva per se una cadena de preeminencias; el lugar común que dice que la historia la escriben los vencedores no es ni por mucho un desatino, particularmente porque la historia focaliza su ardid en el documento o en el testimonio: el documento lleva en su naturaleza material una forma inmanente de preeminencia y el testimonio es inevitablemente subjetivo, una preeminencia del propio punto de vista (subjetividad de la que, por otro lado, tampoco carecen los documentos; por más que el historiador cientificista se empeñe en decir que sí y nos sorraje una montaña de documentos para probarlo).
Quizá nuestra contemporaneidad esté por mucho caracterizada por los intentos desesperados de los grupos de poder para llevar ese afán de victoria al terreno de la cultura y, afortunadamente y dada la naturaleza inevitablemente volátil de ésta, fracasarán cada vez.
No podemos evitar, sin embargo, reconocer que, culturalmente, prevalecen muchas líneas de pensamiento que nos ofrecen respuestas fáciles, anodinas y decantadas: si nuestras escalas axiológicas no estuvieran fácilmente divididas en síes y noes, o en cualquier otra dicotomía posible, seríamos tal vez incluso incapaces de tener escalas axiológicas pero, tal vez, seríamos también capaces de complejidades éticas inimaginables. Y la complejidad, por supuesto, es otra de las formas más altas de la ética. Ante la posibilidad de una verdad codificable imaginemos la simplificación como a un virus, como una interferencia en el flujo de información y de confrontaciones; me atrevo incluso a recordar una idea ad hoc de William S. Burroughs, imaginada mucho antes de que la digitalia, lo viral y las anomalías computacionales existieran:
“Nuestro virus infecta al hombre y crea en él nuestra imagen. En principio, tomamos nuestra imagen y la codificamos. Un código técnico desarrollado por los teóricos de la información. Se descubrió que el material imagen no era materia muerta, sino que revelaba el mismo ciclo vital que el virus. Este virus dejado en libertad en el mundo infectaría a toda la población y la convertiría en duplicados nuestros”.1
No cuesta trabajo imaginar que la cultura convertida en el último escenario de la preeminencia discursiva, como su escenario total, arrojaría una sociedad tan achatada, tan previsible y tan triste como una sociedad de duplicados. Me empeño en creer que aún no vivimos en una sociedad así y me empeño en creer que es la cultura como movimiento y como campo semántico la que nos lo ahorra, en su complejidad, en su barroquismo variopinto, en su naturaleza todavía ingobernable.2
¿Cómo desarrollar, pues, una web semántica que no sea susceptible de ser atravesada, aplastada, por discursos preeminentes? Por supuesto, esta pregunta no es únicamente una prerrogativa ética para aquellos que codifican la web semántica o que la desarrollan en todos sus otros estratos, sino que en la práctica es un dilema que incluye ejercicios de poder, estados rectores, poderosos intereses económicos y, ya se sabe, esa amalgama de negaciones a priori en la que se ha convertido la sociedad humana. Probablemente lo que hace aún más pertinente esa pregunta es la constante tendencia a la restricción de las libertades en Internet que parece ser, por mucho, la única forma de relacionarse que los estados rectores, democráticos o no, están teniendo con la digitalia. El avance de estos ataques es avasallador; escribo esto en los inicios de 2014 y ya tenemos que lamentar que la neutralidad en Internet haya perdido muchas de sus posibilidades. Ojalá que no para siempre.
Probablemente la única postura ética, militante en todo caso, sea la de mantener la crítica como una praxis cotidiana frente a la verdad como consenso de élites; como una piedra de toque ante la noción perturbadora de que la verdad incontrovertible nos estorba, nos hace daño, frecuentemente de la manera más sutil y perniciosa: presentándose fácil, sexy, a mano y victoriosa; ahorrándonos el esfuerzo. Es decir, no olvidando nunca que la verdad es un virus; y todos, por lo menos semánticamente, estamos contagiados.
Notas:
1 William S. Burroughs, “Nova Express”, Grove Press, 1964.
2 Para efectos semánticos, y a pesar de la multitud de caracterizaciones de la idea “cultura” que existen en el mercado, me atengo a la que me parece más lúcida: la definición de Antonin Artaud en “El hombre contra el Destino”: la cultura como un movimiento de las personas que va de lo vacío a lo pleno y vuelve al vacío, como a la muerte. Esta caracterización nihilista niega la cultura como un “triunfo” de la razón o el talento humanos y la circunscribe a su naturaleza volitiva y, en todo caso, a su fuerza transformadora.
Cita en Antonin Artaud, “El Hombre contra el Destino”, Fondo de Cultura Económica, México, 1984.


