Estamos tan habituados al ilusionismo que ya no nos percatamos de que existe. La larga convivencia entre los individuos y el arte escénico, subjetivo, ingenioso y de narrativa espectacular ha derivado en su aceptación plena en la vida cotidiana y laboral.
Desde hace varias décadas, las empresas han sofisticado la tecnología para producir artefactos encaminados a gozar del ilusionismo en la comodidad de nuestro hogar o en el pragmatismo de la oficina. La seducción subliminal ya ni siquiera oculta en los productos, las campañas políticas, el universo religioso e incluso los juegos de video o el acoplamiento de las personas al mundo virtual, son ejemplos claros del uso diario del ilusionismo.
De acuerdo con el periodista Iwan Rhys Morus, el proceso de instalación de la ilusión en la sociedad ocurrió durante el siglo XIX en Inglaterra. La ilusión aún no viajaba en tranvía, pero ya estaba -como señala Morus en su artículo “Trick of the eye”, publicado en Aeon Magazine (Enero 20, 2014)-, “en el corazón (…) de una cultura”. He tomado como base para el presente artículo el trabajo mencionado del señor Morus.
En 1962, el físico estadounidense Thomas Khun dejó el laboratorio e incursionó -con bastante éxito, por cierto- en la historia de la ciencia. Su libro La estructura de las revoluciones científicas fue un severo golpe de timón en la concepción de los distintos campos de la ciencia.
Para Kuhn, “la historia de la ciencia se encuentra marcada por largos periodos de refinamiento estable, que él denomina ‘Ciencia normal’, y que se ven sistemáticamente interrumpidos por cambios bruscos de una teoría a otra sin ninguna posibilidad de comunicación entre ellas. A estas bruscas interrupciones, Kuhn las llama ‘revoluciones científicas’.
“La ciencia normal se inicia siempre con algún ‘logro’, esto es, con el surgimiento de una teoría que explica, por primera vez en la historia del área, algún hecho o evento. La ciencia normal es un periodo en que la actividad científica se dedica a la resolución de ‘acertijos’ o enigmas concretos y parciales. A través de la resolución de estos acertijos los científicos tratan, al mismo tiempo, de extender el rango de aplicación de sus técnicas de investigación y de resolver algunos de los problemas existentes en su campo. Los periodos de investigación científica normal se caracterizan también por sus marcadas tendencias conservadoras, los investigadores son premiados no tanto por su originalidad como por su lealtad al trabajo de confirmación de la teoría o ‘paradigma’ dominante” (ITAM, Estudios. Filosofía-historialetras, No.2, Primavera 1985).
Los logros de una teoría a los que se refiere Khun se integran a un paradigma científico dominante y navegan en aguas tranquilas, integrándose a su vez en los libros de consulta, adiestrando a las nuevas generaciones de científicos tanto en el planteamiento como en la solución del paradigma. Esos logros alguna vez fueron originales y novedosos, aunque llega el momento en que están plenamente instalados en un área de confort científico.
Los paradigmas, sin embargo, enfrentan también un problema de caducidad. La adopción de un nuevo modelo científico se da sobre todo porque las antiguas teorías ya no resuelven los retos que se le presentan, y no tanto porque el nuevo modelo responda mejor a las preguntas que se le plantean. Así, los nuevos métodos de análisis comienzan su reinado, mientras que las antiguas teorías quedan de ejemplo de cómo en tiempos determinados de la historia el ser humano se explicaba los misterios del universo
La forma en que Khun revolucionó la historia de la ciencia es un ejemplo mismo de todo esto. El físico no construyó su teoría de la noche a la mañana.
El interés de Khun por los planteamientos epistemológicos ocurrió después de que leyó las Investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein, en particular la concepción de los “universos de discurso”, que Wittgenstein plantea como la diferencia entre la ilusión de “ver” y el “ver cómo”. Es decir, entre ver y conocer. O, específicamente, entre el “yo veo” y el “yo entiendo”.
En los “universos de discurso”, la utilización de ilusiones ópticas crea una manera peculiar de hablar del conocimiento,y lo que es más importante: crea una forma de entablar su relación con la autoridad. En el caso de Kuhn, la autoridad científica es, precisamente, el grupo defensor del famoso paradigma.
Antropología de la ilusión
El planteamiento entre ver y conocer, condensado en elconcepto de los “universos de discurso”, Wittgenstein lo derivó no de alguna teoría científica. Recurrió a la sociedad victoriana y a la fascinación de ésta con los espectáculos, que abundaban entonces, de las ilusiones ópticas.
En 1832, el filósofo escocés David Brewster publicó su libro Cartas sobre la magia natural. Su obra surge como respuesta a su amigo Sir Walter Scott, en particular al libro de éste, Cartas sobre demonología y brujería -lanzado en 1830-. David Brewster, una autoridad de la óptica, estaba decidido a poner en su lugar a la larga tradición de engaño visual que se desplegaba lo mismo en teatros que en las salas y comedores de sus compatriotas. No era cosa sencilla, pues si en algo creían los victorianos era en sesiones espiritistas, espectáculos de ilusión, en los que las estrellas eran manadas de fantasmas y apariciones.
Brewster tenía en claro que para engañar a la gente basta con engañar sus sentidos. Y para que el truco surtiera efecto funcio
naba por igual levantar cortinas de niebla artificial que sustentar ideologías. Con esta premisa, el filósofo incluso politizó su discurso, al señalar: “Cuando los tiranos de la antigu%u0308edad no podían o no querían fundamentar su soberanía sobre los afectos e intereses de su pueblo, entonces el príncipe, el sacerdote y el sabio se coligaban en una oscura conspiración para engañar y esclavizar a sus gobernados. La forma engañosa de los sacerdotes de llenar sus templos con visiones, pues era una forma de mantener el orden político propiamente dicho”.
Brewster se percató de que el juego de las ilusiones también tenía ventajas: experimentar con el conocimiento y sus fronteras. Señaló que la distancia que existe entre ver y entender la marcaba a fin de cuentas la ejercitación del juicio. Para que el engaño funcionara era necesario “educar” el ojo y la mente, solo así la ilusión surtiría efecto.
De esta manera, y muchos años antes de que Georges Bataille publicara su obra maestra de erotismo, Historia del ojo, el señor Brewster expresó que el centro del sistema del conocimiento era: “Este órgano maravilloso [que] puede ser considerado como el centinela que vigila el paso entre el mundo de la materia y el espíritu, a través del cual se intercambian todas sus comunicaciones”. Y añadió que el nervio óptico “era el canal por el cual la mente recorre la letra manuscrita de la Naturaleza sobre la retina, y a través del cual se transfiere a esa tableta material sus decisiones y creaciones”.
El discernimiento entre ver y conocer era común un siglo antes de la tesis de Brewster. Otro pensador escocés, Thomas Reid, había escrito que ver correctamente era “el producto mixto de innumerables observaciones, cálculos y detecciones de antiguos errores, que conformaron la filosofía de nuestra infancia”. Cuando David Brewster escribió que los fantasmas eran en realidad los ojos mismos pero puestos ahí por la mente, “el ojo de la mente es en realidad el ojo del cuerpo”, estaba iniciando un combate frontal contra una sociedad ávida por consumir fantasmas, que era la victoriana. “Ellos ven lo que quieren ver”, explicó.
La ilusión gobernó con manga ancha en el siglo XIX. El panorama, inventado por el artista inglés Robert Barker en 1787 era algo más que una pintura de 360°, así como los espectáculos de fantasmagoría y las sesiones espiritistas eran el paisaje más claro entre las nubes de humo que expelía la Revolución Industrial en Inglaterra.
Con nuevos y atractivos envases, las ilusiones conviven con nosotros ya entrada la segunda década del siglo XXI. Empresas, políticos, amigos, novias y novios, nos doran la píldora, despliegan su imaginería ilusionista y seguimos cayendo en una trampa que nosotros construimos y aceptamos. El mundo, como decía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, terminó por convertirse en una fábula.


