Con música de fondo sobre una carta extraviada
Me saca de onda que no me contesten un correo electrónico, debo decirlo; me parece un signo inequívoco de mala educación, alevosía y falta de valor civil: “¿ah, de verdad lo mandaste? No me llegó, fíjate ¿escribiste bien la dirección? Quizá se fue a spam, no lo vi qué pena!…”; es la manera de tomar ventaja sobre el remitente, quien queda a la expectativa, preguntándose las ochenta posibles razones por las que el otro ni siquiera acusó recibo. Me resiento con cualquiera, pero si quien perpetra el desaire es alguien encargado de atender al público me entran ansias de volverme cabildero para elevarlo a rango de delito, al menos del fuero común. No me alivia tanto como quisiera el saber que en muchos casos constituye una falta administrativa pero, bueno, por algo se empieza.

No es de gratis que muchos textos terminen diciendo: “por favor confirma que te llegó”. En los proveedores y softwares de correo debería ser una gran función la que informa si el destinatario abrió el mensaje, diseñada para despejar al menos la incógnita técnica; desafortunadamente es un recurso muy débil pues queda como prerrogativa del receptor confirmar o no. La masiva destrucción de la ortografía perpetrada gracias a los teclados numerikos, y sus e-consecuentes olakeases, para mi, es daño menor.
La no-respuesta como una expresión del desencuentro humano en la desenfadada era digital es muy distinta de la comunicación mediante pluma, sobre, timbre y onces de noviembre, no solo por su dilatada temporalidad y la pequeña épica del transporte físico que le otorgan otro peso e intensidad, sino porque ya desde el tipo de papel y la manera en que se ha doblado, documenta las intenciones del escritor, infiltradas en la grafía, la intensidad de la tinta y la presión impresa del punzón, las manchas de catsup, tachones y garabatos, los renglones que doblaban esquinas… y sí, caigamos en el cliché: hasta los espectros de una lágrima seca. Todas estas huellas son la partitura de una tónica emocional de fondo, se advierta o no. Auténtico ámbito de comunicación no verbal inscrito en la palabra. Contexto inmanente.
La de sangre que ha corrido por la tinta que corrió y se trasladó. El desenlace de dramas e historias que dependieron de si la carta llegó, o no, a su destino, o si llegó a tiempo. Cartas que leyeron quienes no eran los destinatarios. Cartas mortales o salvadoras, de amor y odio, la nota del suicida, la de abandono, la intriga del sobre rotulado y vacío, el amenazante anónimo, las cartas que documentan lealtades o traiciones; las epístolas célebres que siglos después siguen sumando destinatarios insospechados para sus remitentes: Pablo, Locke, Voltaire, Russolo, Artaud, la incandescencia sublimada de Abelardo y Eloísa o su cruce ficcional como forma literaria ejemplar en Choderlos de Laclos o un Bram Stoker. En la dramaturgia radiofónica tenemos Voces de Familia de Harold Pinter. Remitimos a imágenes de ese mundo postal en el que la palabra correspondencia tiene gravidez. Faltar a la respuesta, literalmente, significa que la relación ha concluido. Cuando menos amerita una despedida formal; quizá una serena mentada de madre; pero en la desfachatez digital, te quedas en ascuas y si luego te l@s encuentras en persona te extienden la mano como si nada, mientras tu ya la tienes empuñando el mosquete. Hablo aquí en presente por que ese mundo sobrevive en la virtualidad del smartphone, en el asedio a los átomos por los bytes.
La misma máquina de escribir, tan despersonalizada que parecía, resulta ahora cálida en relación con la fría uniformidad del texto en pantalla. Los grafólogos, a falta de materia de análisis, ya solo interpretan signaturas. La firma digital es la última ofensiva del mundo binario frente al puño y la letra. Imprimir borradores como la defensa psicológica de que el texto se estabilice para revisarlo. Esta materialidad diluida del lenguaje donde se borran diferencias y matices, ha debido encontrar un sucedáneo en los recursos expandidos del hipertexto: animaciones, colores, fuentes, hipervínculos, objetos multimedia… y su expresión más sintomática: los emoticones. Son más musicales que las siempre impertinentes y ridículas inserciones de melodías.
Llama la atención, en primer término, su automática traducción literal y fonética: no les llaman emoshaicons, dicen: emoticones ¡jolines! Para no caer en el pochismo, lo correcto sería decirles: emotíconos: íconos de emociones. Y los que tienen movimiento en flash serían los e-motion-icones que pudieran denominarse animatícones. Como sea debían aparecer para marcar intenciones en la superficie homogénea de la pantalla en donde las palabras quedan inscritas en una suerte de espejo en el que el lector proyecta sus propias emociones. Ese vacío es fondeado con la música que el propio lector compone e interpreta. Oye sus propias voces. Hay quien las oye agresivas, seductoras, melosas, frías según sus propias temperaturas anímicas. Esto hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de redactar un correo para evitar conflictos innecesarios. A mi me tocó descubrirlo cuando, sin cuidar formas, ni usar emotíconos, reportaba en un correo electrónico a mi ex jefe detalles, dificultades y necesidades de unos controles remotos, al que solo me respondió: modera el tono. Descubrí que hay un musicalizador dentro de cada lector, y también que en este caso le tocó Paranoid de Black Sabath. El extrañamiento me detonó una perplejidad recurrente cada que escucho la expresión: “su texto tenía un tono…” ¿¿Teníaaa?? ¿A poco traía un clip de sonido adjunto? Querrán decir: LE AGREGUÉ el tono. Es un ejemplo cristalino de lo que los psicólogos llaman proyección. A pesar de su metáfora visual es un fenómeno mucho más auditivo. Bien se le podría llamar: psicoreverberación.

Y esto de la música es notable en las intenciones y acentos de voz, pero cuando se musicaliza una voz en frío es sorprendente cómo el fondo modifica la percepción de su intencionalidad. Un ejercicio en los cursos de producción radiofónica es realizar diferentes mezclas de la misma grabación de un texto leído por una locución lo mas neutra posible con diferentes fondos musicales y compararlos.
Escritura y palabra en la radio se vuelven simétricamente complementarios, ya que mientras al texto le falta el sonido, es decir: tono, acento y musicalidad; el habla invidente carece de la oportunidad de la relectura. La oralidad en la distancia, esa presencia cuyo único cuerpo es su propia sonoridad fugaz, impone su propio ritmo al escucha, quien llena los vacíos visuales con imaginación. El texto escrito, deja espacios en blanco a la evocación sonora del lector. El declive de los noventeros hotlines coincide con el ascenso del mensaje de texto y las redes sociales.
En la ceguera de la radio y la sordera del texto encontramos un gran espacio para la actividad de la imaginación, cuyo combustible son las emociones. En el acto de evocación hay mucho mayor inmersión afectiva que cuando interviene el video, que le deja menos a la fantasía. La imagen da demasiada información. El bloqueo de un sentido intensifica la percepción en otro, por eso el radiodrama erótico puede ser mas excitante que un video porno. A menudo desilusiona conocer el rostro de un locutor de radio y por eso Mariano fracasó en la televisión. Rompió el sortilegio de ocultarse tras la voz. De ahí la recurrente frustración de ver una novela adaptada al cine.
Y hay otro factor aún mas poderoso que el principio deleuzofoucaultiano de que hablar no es ver; se trata del juego de proximidad y distancia que en ambos medios se ponen en acción. Inmediatez y lejanía. Cuando los cuerpos están lejos, los anhelos del contacto estimulados por la imaginación se intensifican; pero más por el hecho de que no pueden llegar a tocarse… ni a pisarse, ni a golpearse, ni penetrarse, tampoco. Amores y odios de redes sociales, de teléfono a teléfono y pantalla a pantalla, amores y odios de oído radiofónico, todos intensificados solo por su media presencia. Así como el sexo en WebCam no transmite enfermedades venéreas, donde no hay acción física directa posible, el espacio de la expresión emocional se amplía, libre de las consecuencias y reacciones corporales de esa acción, se protege con la distancia, adquiere más valor, desinhibición, bravuconería, seducción o franca cachondería que permiten jugar con la idea del “si estuvieras aquí…” Y por eso se siente tan gacho cuando no te contestan.
Los emotíconos son, entonces, el regreso de la oralidad por otros medios. Perfectos tonificadores para la escritura electrónica, tan lábil y fuente de malentendidos. Y por eso condeno de nuevo a quien a las primeras te maneja lo que viene siendo el silencioso perfil griego, por más que entienda e incluso comparta la gu%u0308eva digital, la responsabilidad, literal, que implica responder y sobre todo el temor a su azarosa lectura que, como a muchos, me ha generado algunas enemistades.
Los emotíconos son el cortafuego a los pretextos de la e-mitología contemporánea: virus, spam, dedazo en la dirección, hackeo, borrado accidental, usurpación de identidad, o saturación de la bandeja… ¿será tanto?


