Carlos Monsiváis Aceves murió el 19 de junio de 2010. Hablamos del más importante cronista de la ciudad de México de la segunda mitad del siglo XX y de los primeros años del presente. De uno de los más relevantes narradores y críticos de la transición y de la consolidación democrática del país. De una referencia indispensable para entender el folclor y las culturas nacionales. De quien deja en su obra uno de los más importantes y reiterados señalamientos contra el poder autoritario, el de sus actos y el de su lenguaje, y de quien, con tal convicción, intentó desistir de cualquier atadura doctrinaria.
Aludimos al narrador de la llamada “sociedad civil” sin que para él ello significara el denuesto de los partidos políticos en el sentido de su importancia para el Estado democrático. De quien supo desentrañar el sentido del movimiento estudiantil de 1968, denunciar la cerrazón del entonces partido único también en el 71, tanto como avisoró el despertar ciudadano en las revueltas de la UNAM y luego del sismo que sacudió al centro de la República. De este modo, como dijo Adolfo Sánchez Rebolledo, a través de Carlos Monsiváis conocimos una historia distinta a la oficial.
Falleció el vecino de la colonia Portales de la ciudad de México, lector voraz de otros grandes como Quevedo o Guillermo Prieto, y asiduo visitador de los clásicos del cine y entre éstos del mexicano, tanto en su época de oro como en la presente a la que le decimos “nueva”. Se fue el personaje de cómic capaz de dialogar con Avelino Pilongano, como lo hizo con cualquiera, y emocionarse con las luchas en la Arena Coliseo. Ya no está el recurrente visitador de la Plaza del Ángel y de la Lagunilla, el comentarista de televisión, el artículista en casi todas las esferas de la prensa, el amigo de los artistas, el actor de cine lo mismo en Los Caifanes que, entre otras cintas, en una de las insoportables series de Lola la trailera. Y es que esa versatilidad tan suya es lo que hace, como señaló José Woldenberg, que cada quien tengamos a nuestro propio Carlos Monsiváis.
Esta sí es una elegía aunque ni de broma podría ser un poema (al respecto, la incapacidad del director de etcétera es evidente). Lamentamos mucho la ausencia del analista sagaz y el periodista irónico, el de la punzante R y los subrayados que documentan el optimismo, el del pensamiento o el teclado entreverado pero siempre lúcido e irónico, el respetuoso del idioma que sólo admitía o festejaba el gerundio para el frenesí en un cuarto de hotel, para el canto o el grito que se opone a los designios de sujeción y control, el que hasta por su frivolidad lo hicimos nuestro a lado de los clásicos Pedro Infante y María Félix y de otros que no lo son, como “Flans”. Entre ese amplio mosaico de características, ya lo comentó Rolando, al paso del tiempo se irá abriendo paso el escritor de pensamiento profundo.
Partió un intelectual, de esos que tanta falta hacen entre el desconcierto de la inteligencia y el rebumbio y la tontería de la vida pública. Se ha ido alguien que templó su acción en uno de los signos más alentadores de la desvencijada democracia mexicana: es decir, el avance de las demandas marginales como el uso de la píldora del día siguiente, la despenalización del aborto o el matrimonio entre homosexuales. Esos temas, además de otros relacionados con las nuevas demandas juveniles, fueron abordados en diversos espacios editoriales, entre los que se encuentran, precisamente, aquellos reductos marginales de la política y la cultura. Lo escribió Raúl Trejo Delarbre, centenares de editores “pueden dar fe de la solidaridad de Monsiváis, que se las ingeniaba para entregarles un texto que, independientemente del tema, sería atractivo para impulsar o mantener publicaciones que precisaban notoriedad para obtener lectores e inserciones publicitarias”. Ese fue el caso de la revista etcétera por lo que aquí estamos agradecidos, además, por haber tenido en Monsiváis una de nuestras mejores experiencias editoriales.
Si ahora mismo Carlos Monsiváis pudiera hacer la crónica de su propia muerte, tal vez ya habría encontrado la fórmula para burlarse también de esa muy nuestra idiosincracia que erige a santos en lugar de analizar ideas. Hablamos de un hombre falible, como todos, con errores, sesgos y excesos (como todos). Sin embargo, en estos días de duelo para nosotros es más importante privilegiar el hueco que deja el escritor a cualquier otra cosa. Desacralizar es un imperativo y honrar su legado expresión de gratitud. Eso hacemos aquí y ahora, en tanto lo recordamos probando en la mesa las migajas de una buena cantidad de pan que comió en una tarde placentera con otros amigos entrañables, mientras advertía que estaba a dieta.

