Coincidimos con Carlos Estévez, entre otros de sus planteamientos expuestos en el ensayo que reproducimos más adelante: los grandes medios de comunicación han creado su propia forma de hacernos percibir la realidad. Por ello estamos de acuerdo también en la necesidad que existe de pensar en y a las imágenes. Cuando creemos que una imagen dice más que mil palabras, eso no significa que suprima al razonamiento. En todo caso, ésta sintetiza al pensamiento hablado o escrito e, incluso, dadas sus características esenciales también suscita emociones de diverso tipo. De cualquier modo no hay mundo sin imágenes ni esfuerzo intelectual que no intente decodificarlas, entre otros motivos porque, en la esfera mediática, con las imágenes lo que se busca es comunicar.
Una cultura de la imagen implica reconocer que ni todo lo que vemos ocurre ni los hechos dejan de serlo si no hay imágenes. Además, significa apreciar entre lo que se ofrece como un campo visual de decoración y lo que ayuda a entender la magnitud de los sucesos. Esa es la responsabilidadde las audicencias a las que se orienta el contenido informativo, cultural y de entretenimiento. Y es que hoy, como escribe Estévez, “existen multitud de imágenes vacías, tan sólo al servicio de los intereses de los llamados amos de la comunicación; multitud de comparecencias públicas interesadas, resultados de sus acciones en bolsa, publicitando sus beneficios; propaganda política, campañas publicitarias de las cuadras culturales cercanas a los grupos económicos y mediáticos y así un largo etcétera”. Ese largo etcétera se halla en los tópicos que al respecto mensualmente aquí revisamos y que van desde el empleo de la imagen sensacionalista al recurso de la mercadotecnia para generar referentes imaginarios parecidos a Lady Gaga, según la revisión que, al respecto, aquí mismo hace Ignacio Herrera Cruz.
Las limitaciones o las virtudes no son de la imagen en sí misma, sino de quien las construye o las registra para difundirlas según ciertos vértices éticos y profesionales. Pasa algo similar con Internet, a juzgar por la crítica que Alejandro Piscitelli hace a quienes ven a este medio como objeto o sujeto y al que, en sí mismo, le confieren cualidades plenipotenciarias o culpas del socavamiento de los valores, como hace por ejemplo la Iglesia Católica. Preguntarse si Internet es buena o malo, escribe Alejandro, “es lo mismo que editorial preguntarse si la electricidad es buena o mala para la democracia”. Y ya que aludimos a la Web y a la jerarquía católica, es como si dijéramos que el ciberespacio o el espectro de radiodifusión fueran los responsables de la omisión informativa con la que varios medios de comunicación enfrentaron los actos de Marcial Maciel para los que no sabemos cómo retratar su atrocidad; el tema se aborda en un reporte de la redacción de esta revista. Hay imágenes que la razón no entiende y también razones que no pueden ser captadas por la cámara, ni siquiera por la de uno de los mejores fotógrafos de nuestro país como lo es Pedro Valtierra, con quien ofrecemos una sabrosa entrevista. Por ejemplo, siendo sensatos, no hay forma de comprender cómo es que una sola empresa en México sea casi la única fuente difusora de imágenes en la televisión de paga e incluso en el uso de la tecnología digital, lo que va en desdoro de la libre competencia y en perjuicio del consumidor de medios. Sobre ese hilo conductor, aunque con distintos e incluso contrastantes enfoques y opiniones, abordan los textos que integran esta tercer entrega sobre la reforma deseable y posible a las normas de la radiodifusión y las telecomunicaciones del país. El sentido de nuestra oferta editorial con el tema antedicho es encontrar líneas de acuerdo para un marco normativo que regule y dé certidumbre a los empresarios de la radiodifusión y las telecomunicaciones en el ámbito del libre mercado y con la tutela del Estado. Pero justo en una dirección contraria, a principios de marzo se presentó en la Cámara de Diputados una propuesta que no hace sino convalidar los intereses de unos sin el concurso de los otros; por ejemplo, se excluye a los medios públicos y las radios comunitarias, entre otros temas clave. En cambio, eso sí, subraya la necesidad del otorgamiento de frecuencias moduladas a las estaciones que trasmiten en amplitud modulada. Ese ejercicio es pueril pues no tendrá efecto y sólo se constituirá en un ejemplo más de que la reforma impulsa con el concurso de los actores principales o simplemente no será posible. Por eso tales diputados sólo dan una triste imagen de sí mismos.


