Los mexicanos somos una raza sensible y alborotable, nada nos parece y si nos parece, logramos el prodigio bíblico de descomponerlo en 20 minutos porque en este país a todo mundo le da por la opinadera. Conscientes de ello, las personalidades públicas se han rodeado de asesores que pueden ser de imagen o de comunicación en función de la lucidez y la fama conseguidas. Me imagino, por ejemplo que el de Paulina Rubio (la famosísima “chica dorada”) vive al borde de un derrame cerebral rogando a todos los santos que su representada no abra la boca ni para lavarse los dientes. El pobre Rubén Aguilar, un buen hombre, seguramente envejeció prematuramente tratando de que cada pendejadota declarativa de Fox quedara en pendejadita, y así nos seguimos.
En el mes de febrero ocurrieron dos suicidios declarativos que reflejan cómo los hombres públicos a veces cometen harakiri no asistido debido a su falta de previsión acerca de las consecuencias letales de lo que van a decir. En primer lugar, se encuentra el caso de Fernando Gómez Mont, quien, como es sabido, a mediados de mes renunció al PAN por razones “privadas”. Ése es sólo el inicio del desastre, ya que se trata del segundo hombre de importancia política en el país y no de un burócrata que se va de la Comisión Nacional del Cacao. En todo caso, en lugar de mandar una carta pública, podía haber agarrado el teléfono, pero no, mandó un mensaje críptico que claramente se presta para levantar el nacional deporte de la rumorología que en poco abona al país. Las arenas movedizas se agitan y, algunos días después, el señor secretario usando ese estilo echado para adelante de abogado corporativo hizo favor de anunciarnos que “había negociado con el PRI la Ley de Ingresos a cambio de impedir alianzas entre el PRD y el PAN y que el Presidente no estaba enterado”. Dios
No entraré en el detalle político que es simplemente impresentable porque mi análisis no gira en torno a ello, pero sí diré que una declaración así amerita una demanda penal por parte de varios entre los que se debería incluir Calderón y un seguro servidor. Al decir lo que dijo Gómez Mont nos
enfrenta a un dilema pierde-pierde, o miente al decir que Calderón no estaba informado (y al país tampoco le conviene un secretario emparentado en línea directa con Pinocho) o dice la verdad y entonces se convierte en un funcionario que no informa al Primer mandatario dejándolo en calidad de badulaque. En lugar de un elemental control de daños, don Fernando remata diciendo que “su lealtad es con el Presidente”. ¿Y la nación, apá?, preguntaría el clásico.
El segundo incidente lo protagonizó Javier Aguirre al dar declaraciones a un medio español. La primera notabilidad es que el Vasco agarra un tono como el de Juan Lejido; el de los Churumbeles de España, lo que significa que se ha vuelto mimético ya que cuando declara en México parece de la Portales. La segunda es que dice cosas acerca del país como si se tratara de un observador noruego “está jodido” o “me voy del país apenas termine la Copa del Mundo”. El que me haya seguido a lo largo de los años deberá saber que siempre he considerado al nacionalismo una forma de retardo mental de la sociedad, en este caso no es ese ánimo el que me lleva a escribir estas líneas, sino la completa convicción de que un líder, tal y como lo es Aguirre, al declarar una cosa así se expone a una picota pública muy similar a la que vivió el joven Tiziano Ferro cuando habló de las “mexicanas bigotonas”.
Es probable que lo dicho por Aguirre sea verdadero, sólo probable, lo que es seguro es que el momento elegido, el medio y el mensaje son simplemente un suicidio del que le costará levantarse y si no me lo creen… al tiempo.
Los medios para quienes no saben jugar en ellos son un bumerang, un columpio que demuestra, de acuerdo a Newton, que a cada acción corresponde una reacción, en muchos casos indeleble; es así de fácil, o así de difícil, pero es.

Los mexicanos somos una raza sensible

