Vivimos la maltrecha economía de un país dividido y sin rumbo. No hace falta pormenorizar en el diario trajín que constata al Ejecutivo sin una oferta de dirección precisa, consistente y coherente, ni en la actitud partidaria opositora que supedita su quehacer al cálculo electoral y al equilibrio interno para procurarse estabilidad. El deterioro del intercambio público se refleja cotidianamente en los medios de comunicación, por lo que su revisión sistemática también nos permite hablar de una crisis política de amplias proporciones.
En medio de la discusión del paquete económico que regirá a México el próximo año destaca la acusación del Presidente que, sin precisar, denunció a las grandes empresas que no pagan impuestos o que lo hacen sólo con un 1.7%, mientras ignoró la exención fiscal de 2 años que habrá para quienes exploten el espacio radioeléctrico de banda ancha de tercera generación; en realidad, el principal beneficiario de ese privilegio es Televisa, que pretende incursionar en ese ramo; según algunos cálculos eso representa casi 6 mil millones de pesos pero también, en el ámbito político, muestra el peso de esa televisora en las decisiones del poder público.
Puestas así las reglas, al tiempo será imposible señalar a los grandes consorcios que dejan de pagar impuestos porque tanto Televisa como las empresas que denunció el Presidente aprovechan los vericuetos de la norma que es, en esencia, donde debió centrarse la atención para mejorar el esquema recaudatorio. Sin duda, la decisión del Congreso es parte de la hasta ahora exitosa estrategia del consorcio para recuperarse del duro golpe que le significó la resolución de la Suprema Corte de Justicia que estropeó el amasijo legal conocido como “Ley Televisa”. En ediciones siguientes detallaremos sobre esa estrategia de Televisa que, por cierto, pronto en el Senado, dará otras muestras de su operación.
En contraste con tales privilegios, tanto el mandatario en su propuesta como el Congreso en su resolución, aumentaron el IVA al 16%, además de otros gravámenes. Es decir, no hubo una reforma impositiva de largo aliento. En esta difícil circunstancia nacional, aludir al noveno aniversario de este proyecto editorial sería frívolo. Por eso lo registramos sólo para expresar nuestra gratitud a los lectores y a los anunciantes, así como para refrendar el compromiso de hacer, cada mes, el mejor de los esfuerzos para que usted revise una fracción significativa del mundo de los medios de comunicación, con sus fortalezas, debilidades y desafíos. Sin duda, las sociedades modernas -su vitalidad intelectual, cultural y de entretenimiento- no se entienden sin los contenidos de la televisión, la radio, los periódicos y las revistas, además de Internet y las redes sociales que en ese espacio interactúan.
En esta edición repasamos los símbolos que permanecen al paso del tiempo, los que ya no lo son o cobraron otros significados y los que podrían estar gestándose ahora mismo. De este modo registramos las égidas de identidad social que hay a escala nacional y planetaria, pero estamos seguros de que si existiera una impronta visual de la crisis económica y la desesperanza social, habríamos pormenorizado en ella para reflexionar también desde esa vía sobre lo que pasa en México. No hay símbolos al respecto, pero sobre todo hay muy pocos que registren elementos de cohesión nacional y que avisten el terreno prometido de la modernidad, como son la procuración de los derechos humanos, por ejemplo, o los símbolos que rodean el trayecto de liberación de la mujer y la equidad de género.
Habrá que construir o consolidar símbolos como los antedichos y eso, claro está, no es obra de la propaganda sino de una construcción intelectual que resulte de la diversidad enfoques. Pensamos en que si hay símbolos sobre los que vale la pena procurar su vigencia y fortaleza son cualesquiera que representen a los partidos políticos; más allá de su actual estrechez de miras, con ellos se construye la democracia o simplemente no hay tal sistema y de eso no nos libra ni el símbolo de la fe de millones de mexicanos llamado Virgen de Guadalupe. Por eso la desazón que exista, así sea como lo es, justificada, no puede ni debe hacer perder la brújula sobre la centralidad de tales instituciones como vía para procesar las diferencias e incluso las exacerbaciones políticas que halla. En ese sentido, vale la pena apostar a exigir a los partidos una actitud que privilegie la visión de Estado y, en consecuencia, conduzca a las propuestas y los acuerdos que el país necesita.


