Dicen que una buena foto vale más que mil palabras. La foto sintetiza de un solo golpe una situación o un hecho que, si tuviera que traducirse en palabras, llenaría planas y más planas. A veces, la foto no sólo sintetiza, sino que dispara múltiples efectos simbólicos que, con el tiempo, se vuelven parte de lo que pudiéramos llamar un hipermito, el mito del guerrillero heroico.
Eso ocurrió, paradigmáticamente, con la célebre foto de Alberto Korda, tomada -por cierto- en una situación totalmente anticlimática. El Che asistía con otros dirigentes de la Revolución Cubana al funeral de las víctimas de la explosión del barco francés La Coubre, ocurrida en los muelles de La Habana, cuando descargaba contenedores llenos de armas y municiones para el recién instaurado gobierno revolucionario.
Contra lo que la foto insinúa, el Che no está posando para la historia, su mirada no desafía al presente mientras traza los rasgos luminosos del porvenir, tampoco está pensando en el “hombre nuevo”; se le mira más bien solemnemente consternado, apesadumbrado, en la ceremonia luctuosa de lo que el gobierno cubano consideró un atentado contrarrevolucionario, en marzo de 1960 (y donde surgió la consigna “Patria o muerte, venceremos”).
Éste es el primer equívoco. El segundo, Alberto Korda no se apellidaba así, sino Díaz Gutiérrez, Korda fue su nombre de guerra debido a que, junto con otro fotógrafo cubano, era propietario de los Estudios Korda.
La foto de marras se dio a conocer en Cuba hasta 1961, e internacionalmente a partir de 1967 que es, casualmente, el año en que muere el Che en combate cuando, contra todos los augurios, se empeñaba en llevar a la práctica su consigna de “crear uno, dos, tres Viertnams”, en las sierras de Bolivia.
La foto cobró celebridad adicional cuando Korda demandó a la fábrica de vodka Smirnoff por usar la foto del Che en su publicidad. La demanda se basó en los supuestos “derechos morales” de Korda sobre la foto pues los derechos de autor ya no podían ser alegados en virtud de que la foto había pasado a ser de dominio público, de acuerdo a las leyes internacionales en la materia. Estos “derechos morales” se basaban en la suposición de que el Che no habría apoyado una publicidad para promover la venta de alcohol. En cualquier caso, los tribunales no tuvieron que pronunciarse al respecto, pues se llegó a un arreglo “sensible y amigable” entre las partes.
Como señala la nota de Wikipedia, si bien los “derechos morales” son reconocidos por la Convención de Berna, éstos no son transferibles, y cuando Korda murió en 2001, cesó toda posibilidad de reclamarlos para obtener satisfacciones legales o monetarias ante un jurado. De ahí, en parte, la imparable proliferación de reproducciones de la foto en decenas de artículos comerciales.
Así fue como el Che, el guerrillero heroico, el más intransigente y consecuente paradigma de una generación de revolucionarios (cuando las palabras significaban lo que decían), ahora vende prendas de vestir, playeras, chamarras, mochilas, gorras y un etcétera tan largo como la avenida Insurgentes de la Ciudad de México.
Los guardianes de los santos sepulcros revolucionarios pueden darse golpes de pecho y lanzar jaculatorias y excomuniones por el evidente sacrilegio, pero el hecho revela más que muchas otras cosas, el inevitable destino de los auténticos símbolos revolucionarios en la sociedad posmoderna del consumo, la información, el conocimiento, el entretenimiento y el desmadre.
Clasificada por los expertos entre las diez mejores fotos del siglo XX, la imagen es realmente extraordinaria, pues parece lograr la identidad perfecta entre ética y estética, entre lo bello y lo verdadero, entre lo bueno y lo intemporal. Lástima que la historia no respete conjunciones perfectas, y termine por poner todo, no sé si en su lugar, pero sin duda en otra parte. El Che no se reconoce en sus iconos vulgarizados, pero éstos sí se asumen en su plebeya e inofensiva universalidad.


