Faltan ideas vs el Apartheid digital

Cuando leí por primera vez el artículo de Alfonso Gumucio me precipité en decirle a Marco Levario que no estaba en absoluto de acuerdo con el texto. En las revisiones posteriores que he realizado me he dado cuenta que mis diferencias con la postura de Alfonso no son tan radicales como lo pensé al calor de la primera lectura. Coincido en parte del diagnóstico que nos presenta el autor, aunque discrepo en varios de sus planteamientos. Pormenorizo al respecto:

No hay democracia en la red. La pregunta es, ¿debería haberla? La democracia es un sistema político; la Real Academia Española lo define como una “doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”. Hablar de democratizar la Internet equivale a hacer lo propio con la radio o la televisión; no se puede esperar que los medios de comunicación o las nuevas tecnologías se “democraticen”, se puede pedir que sean plurales, se debe exigir que existan diferentes opciones y que se brinden las condiciones para que toda la población tenga acceso a ellos, pero no que se rijan por los principios básicos de la democracia, como lo es el derecho al voto, por ejemplo.

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Coincido con el autor cuando señala que, frente a la grave situación que enfrentan los países del Tercer Mundo, poco sirven las laptops que caen del cielo, lanzadas en paracaídas. Definitivamente, Internet no es la panacea, ni la solución a las penosas condiciones en las que vive la mayor parte de la población mundial, y es un despropósito esperar que lo sea.

También es verdad: el inglés es el idioma dominante en la red, aunque paradójicamente Internet es una gran “vitrina” para que el español se exhiba, para que más cibernautas lo conozcan e, incluso, puedan estudiarlo.

“¿Es justo que el resto del mundo deba aprender inglés para formar parte de la ‘democracia electrónica’ y beneficiarse del intercambio que ofrecen las comunidades virtuales?”. No sé si sea justo o no, lo que sí sé es que en todo caso este hecho es sólo reflejo de una situación que ocurre en todos los niveles.

Este tema ha sido abordado por especialistas como Juan Luis Cebrián, quien dijo al respecto: “el campo de la tecnología se nos resiste y es de temer que, dado el atraso en los terrenos de la investigación y el desarrollo de las naciones hispanohablantes, ésta sea una situación que perdure en el tiempo” (etcétera, enero 2005).

Si Internet tiene todos estos déficits -y otros tantos más-, dónde están las propuestas para subsanar sus insuficiencias. ¿Qué hacer al respecto?

En su artículo publicado en esta edición, Alfonso Gumucio propone: “hay que ser creativos y comprometerse con la necesidad de los cambios sociales”. La pregunta obligada es cómo hacerlo.

¿Qué hacemos para contrarrestar la dominancia del inglés, la brecha y el “apartheid digital”, para evitar que Internet sea sólo un vertedero de catarsis individuales (aunque de alguna forma pienso que es necesario reivindicar esta función de la red)? La ausencia más notable en la mayor parte de los análisis de los expertos en el tema es, justamente, la falta de propuestas.

En el terreno periodístico, Internet se ha convertido en una valiosa herramienta y medio. No es la panacea, pero nos ha dado lecciones importantes y la oportunidad de replantearnos la forma de ejercer nuestro oficio, por supuesto, sin perder de vista los principios básicos del periodismo. Además de que, frente a lo cerrado que pueden ser los medios tradicionales, la red brinda la posibilidad de tener un espacio de expresión, ya sea a través de blogs, de Twitter, del propio YouTube que puede ser algo más que los 15 minutos de fama.

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