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Estoy contento y quiero compartir con ustedes el motivo. Después de varias reflexiones profundas llegué a la conclusión más importante de mi vida profesional: voy a salir en la televisión.
Soy joven y apuesto. Por supuesto que no voy a desperdiciar mi talento y hacerme viejo dando clases como lo hizo mi padre; también estoy harto de escribir en una revista tan marginal como ésta. Además, las dos principales empresas televisivas necesitan un relevo generacional y apuestan a proyectar visiones frescas, prácticas y pragmáticas; cuentan conmigo. Sé bien que la pantalla me da una notoriedad que ahora no tengo, pero cuando sea famoso muchos sabrán que yo decía cosas importantes de las que ellos no se percataban; al verme y escucharme en la televisión hasta dirán que soy su amigo. Ya ni siquiera digo lo orgullosos que estarán de mi tanto mi esposa como mi mamá.
Ése es mi mundo. Quiero ser un intelectual de peso. Me gusta que la gente me vea y comente lo que yo haya dicho la noche anterior en algún programa. Imagino a cientos de personas reconociéndome en la calle y en los restaurantes. Bueno, me voy a morir de gusto cuando me pidan autógrafos, pero claro, no mostraré emoción alguna, yo soy como cualesquiera de ellos y la fama sólo es una consecuencia de mi trabajo y de mi talento. Nada más.
Los poderosos voltearán a verme, sin duda. Podré platicar con ellos y tutearlos. Incluso sé que debo tomar distancia para no ser nunca un blanco de la seducción fácil. Soy un profesional, eso sí, y sólo acataré lo que me digan que diga mis jefes en el teleprompter. Business are business. Y la televisión es un negocio que además de la fama retribuye bien a sus trabajadores.
Entiendo bien las reglas del juego. No soy fundamentalista ni uno de esos defensores de principios contra lo que llaman el poder fáctico de los medios de comunicación. Por personas como ésas México no sale de su atraso. Ojalá que cuando yo sea un analista en la televisión me pongan frente a ellos para decirles sus verdades y mis jefes noten la valía de haberme contratado. Soy un hombre agradecido, que eso ni a ellos ni a ustedes les quepa la menor duda. Es más, desde ahora mismo como intelectual yo podría firmar el recurso ese contra le legalidad de la reforma electoral que atenta contra nuestra libertad de expresión. Les juro que tengo más cualidades que muchos de los que ahora defienden a las televisoras, sólo es cosa de que me conozcan.
Todo esto se los digo en confianza a los lectores de etcétera porque, además, se que no trascenderá.
A partir de mañana me entregaré fuerte al estudio de cuál es la imagen que más me favorece, qué ropa debo usar, mi corte de pelo y si conviene o no que use lentes. O sea, al terminar este párrafo yo ya no seré yo, sino un hombre famoso al que todos quieren ver y escuchar.
Hasta la vista.
Arouet


