Tengo miedo. Mucho. A todo. Desde que recuerdo siempre Io he tenido. Pero la vida tiene la culpa. Casi todos la reducen a decir sí o no. Blanco o negro. Todo o nada. Aunque tengo temor de que suene a excusa me pregunto por que siempre hay que decidir. Pese a todo acepto que el miedo puede traer consigo beneficios: bien arropado me hace interesante:
Tengo una carrera profesional y no soy mal tipo. Formouna familia feliz. Gracias a Dios hasta director general de un periódico soy. De saco y corbata. Alguien importante. Me siento afortunado al saber que no tener causas ni defini- ciones ni compromisos es lo de hoy. Por eso ni el deporte colectivo me gusta: siempre hay que ¡rle a un equipo y no. Y si pierde al que le voy? A nadie importa mi cobardía ni mis cálculos pero tengo la seguridad de que la duda siste- mática es elegante y seductora. Incluso ahora mismo que no me atrevo a escribir una sola coma.
No bebo. Me da miedo dejar de ser quien soy y que otros vean quien puedo ser. Lo peor es que a Io mejor eso soy y me da miedo. Tampoco fumo. Mi miedo me darla pánico si no fuera egoísta y entonces primero está mi salud aunque a hurtadillas encienda varios cigarros y también me tome algunos rones. Menos bailo. Nunca supe para que y menos quise decidir con quién pero con tragos y fumando saco a bailar a la más pintada aunque luego la deteste por puta. Ya dije que formo una familia feliz.
Les digo que tengo mucho miedo. Pero no sé de que. No sé si es porque esté en riesgo mi trabajo y no pueda pagar las colegiaturas. Quizá porque con eso terminarian mis comidas y mis cenas diarias: “¿cómo anda tu agenda el jueves?”, “bien, veámonos porque hay mucho que platicar”, entonces en el France? ” El caso es que tengo miedo. No descarto que sea por las ocho columnas que debo colocar hoy en la noche. Es probable que cada día se me note mas que ni apuesto por algo o por alguien y que estoy con el que gane. Quien pierde merece mi desprecio porque cobarde no soy. No vayan ustedes a creer.
Mis amigos me dicen “El si pero no”. Todavía no sé por qué. Por un lado creo que Io merezco pues nunca soy tajan- te. Pero por otro lado me parece injusto pues esa forma de ser es una apuesta de vida. ¡Una decisión! Les guste o no. Pragmática o no. Si es pragmática porque (creo que casi) siempre me irá bien. Pero no lo es porque eso significa un estadio permanente de riesgo. O sea: sí pero no. Le pe’se a quien sea. Es más: a mi me la pelan todos. Y digo que mis amigos y también los que no. Por ejemplo mis compañeros de trabajo: faltaba más con mi director de información que antes era mecanico automotriz o mi jefe de control de cali- dad que primero fue cinco años mi secretario particular. Saben que los compenso y eso me tiene tranquilo.
Esperen. Suena el teléfono. No sé si contestarlo. Es el dueño del periódico y podría ser para correrme porque ayer mientras todos hablaron de un funcionario que despilfarra el dinero de nuestros impuestos el diario que dirijo recordó la trayectoria dela Sonora Santanera. Y es que que tal si el funcionario es amigo de mi jefe. Pensándolo bien ¿Y si la llamada es para felicitarme por distinguirme del coro denunciatorio? No sé… ¿Qué hago Dios mio? Ya no repica el teléfono. ¿Le debo llamar o no? Estoy temblando. ¿Le mandó un email? Sé que es impersonal pero también que precisamente por eso él no podría responder “Gutierrez: estás despedido”. Además faltan tres días para la quincena y quince mil pesos nadie te los regala. Desde ahora no tomare llamadas. No sabria qué decirle a mi esposa ni a mis hijos más allá de “tranquilos yo ni estudié periodismo” y “este mundo no es para nosotros. No se preocupen rentaremos lanchitas en Huatulco y asi nos veremos diario”.
Prendo un cigarro y me sirvo una cuba con hielitos. Estoy sólo por supuesto. Con mis amigos sí hablaría para pedirles chamba y el argumento es claro y fácil: salgo del diario por no formar parte del tribunal paralelo que forman los medios. Vendrá la solidaridad. Iré a un bar para explicarle esto a la primera mujer que se me arroje. Nunca sabrá lo ignorante que soy pues aunque yo no sepa ni quién es Dostoievski ella menos. Ni podria decirme el otro apodo que tengo no se por qué: “Raskolnikov”. Además conozco muy bien el nombre de todos los articulistas, columnistas y reporteros de todos los periódicos y revistas y estaciones de radio y de televisión de Mexico. Yo-si-Ieo. Me veré seguro. Ya está. Pero necesito otra cuba. (¿Dónde escondí la otra vez mi cajetilla?).
De nuevo el teléfono. Me paralizo. Quiero ir al baño pero no sé de qué tengo ganas. ¿Respondo? Ring-ring-ring. Dejó de sonar… Vuelve a sonar. Ring-ring-ring. ¿Me disculpo por adelantado o no respondo y llamo a mi asesor? De-bo-to-mar-Ia-lla-ma-da. Ni modo. Contesto: “¿bueno¿bueno?” (a mis adentros: “¿Debí decir malo, malo?”). El jefe pregunta si tengo gripa o qué. Me regresa el alma. No solo no le importa que nadie nos lea sino que incluso él mismo no ha visto su propio periodico y quiere que vaya en su representación a dar un discurso sobre no se qué pero que ya está listo nada mas para leerse. Muy bien. Apago el cigarro y tiro la cajetilla y la cuba. Masco un chicle. Mientras lo trueno como si matara cucarachas panzonas me pongo el saco y digo que puede esperar la puta aquella que nunca me oira hablar de Dostoievski. Yo no bebo ni bailo ni fumo. Tengo chamba y eso es Io primero. ¿O no? Además siempre estarán las lanchitas de Huatulco.
Tengo miedo. Mucho. Pero me da miedo decirles de que. Es que no estoy seguro. Si se los digo podría no ser esa la causa pero si no les digo menos lo sabré. Cierro los ojos y aprieto los puños. Respiro hondo y pulso el teclado: “No se si publicar esto porque si lo hago…”

