Trump y el muro de los lamentos

Me siento atolondrado, o sea, tengo esa sensación extraña en la que el pensamiento intenta comprender un suceso imprevisto, incluso increíble; creo que igual que yo están muchos de ustedes frente al resultado electoral de ayer en Estados Unidos.


 


Intento asideros para entender. El primero, sin duda, debe ser autocrítico: igual que muchos no creí que esto pasaría y entonces desestimé el fenómeno social estadounidense hasta que se restregó en nuestros rostros, hoy al filo de la una y treinta de la mañana, cuando ya era imposible no mirarlo: la expresión de una sociedad construida con inmigrantes que ya no quiere más inmigrantes en su territorio y que apela al pasado para proyectar esa grandeza nacionalista que se les desvaneció de las manos.


 


El segundo asidero, me parece, es asumir lo obvio: no podemos comprender con los lentes mexicanos los valores y las expectativas de los estadounidenses, menos aún usar adjetivos para resolver este expediente señalando la supuesta pequeñez del otro; el asunto es mucho más complejo que la existencia de aquellas legiones, grotescas, que ahora se exhiben como expertas en política internacional; miren la ridiculez con la que pendejean al otro (y se creen superiores), aluden “al gringo que no sabe” (y nosotros sí, se entiende, y claro: otro cantar es que la mayoría en este país hubiera vuelto a votar por el PRI o que en nuestra tierra impere la discriminación -oh, sí– y además se desprecien los derechos humanos y, en general los valores democráticos). Es definitivo, pendejear al otro no sólo no ayuda ni como catarsis y es que siempre conlleva el riesgo de que quien insulta escupe al cielo y entonces quede en las mismas, o peor: con un escupitajo embarrado en la cara y lanzado por él mismo y sin saber qué está pasando.


 


El tercer asidero es encontrar elementos que podrían sernos comunes aquí y allá, y anotar su alcance global. Propongo uno: el fenómeno de la antipolítica como discurso y prácticas de la sociedad que así se configura en una especie de mercado desde donde emerjan, digamos, otros actores que se dicen “independientes”, hartos de la política, para de este manera hacer política y lograr triunfos en las urnas sin tener, como sucede con Trump, experiencia alguna en el servicio público; lo importante es que ese personaje no está manchado con la sucia que siempre es la política y los políticos, según cierto amasijo de sensaciones y creencias que tienen mexicanos y estadounidenses respecto de la cosa pública. Es como si la pureza de no ser político le confiera al "independiente" de grandes virtudes de eficacia pública, vale decir, política.


 


Si lo anterior es cierto, el cuarto asidero podría ser claro: ayer ganó la antipolítica en Estados Unidos, vale decir, la descalificación del otro, pero también ganó el enojo social que cree que la democracia lo resuelve todo; es la expresión del desencanto y el hartazgo. Ganó el voto del blanco, como advirtiera Michael Moore, que al ver perdido su reducto de poder no aceptó votar por una mujer, ganó el costo del déficit y ganó la creencia de que los inmigrantes latinos restan oportunidades y calidad de vida a los estadounidenses; ganó el racismo… cada tema merece un análisis particular, por ahora sólo digo que triunfó un sistema de creencias gestadas a lo largo de la historia reciente y que ya son raigambre cultural y política en aquel país. Más nos vale asumir que sobre esa base serán las relaciones de nuestro país con Estados Unidos, nos guste o no, o nos creamos con mayor superioridad moral que los vecinos porque somos los sujetos discriminados (que a la vez discriminamos a los del sur).


 


Mi quinto asidero es una paradoja: allá ganó la antipolítica, que aquí en México goza de buena salud (¿sacaremos alguna lección de ello?, pregunto sólo de pasada). Pero todo el desastre que se tema deberá ser enfrentado mediante… la política. Si esto es así, el voto de ayer es una vuelta al principio: estamos frente a la necesidad de revalorar las virtudes de la política y asumir de una vez por todas que esta se impulsa con seres humanos y que no hay una disociación entre la maldad humana que subyace a los políticos y la pureza humana que es inherente a los ciudadanos. Pamplinas. Creo que al mirar lo que pasó en Estados Unidos tenemos la oportunidad de mirarnos a nosotros mismos, detener el deterioro de la política y participar en el diseño institucional y normativo que consolide nuestra democracia. Si allá en el norte deben analizar y modificar hasta su vetusto andamiaje electoral que comprende la posibilidad de que asuma la Presidencia quien no obtenga la mayoría de los votos de cada ciudadano, acá tenemos el imperativo de pensar en modificaciones sobre asuntos como la corrupción, la confianza en la autoridad electoral, y un largo etcétera.


 


La política es la apuesta, sin duda. Lo es desde el ámbito internacional para que cada país enfrente los retos que le plantea o le planteará el nuevo presidente de Estados Unidos; lo es la de cada uno de los estadistas y también en su concurrencia con organismos internacionales financieros y en general diplomáticos en órdenes diversos.


 


Entonces, mi sexto y último asidero es registrar que el mundo no se acaba, y que se abren un sin fin de oportunidades para la sociedad mexicana. Y éstas, bien vistas, pueden ser fascinantes. Para mí lo son. Es cosa de no quedarnos en el muro de los lamentoso la indiferencia e incluso de derribar nuestros propios muros intelectuales, políticos y morales.

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