El prontuario que hace unos días Andrés Manuel López Obrador difundió como los 50 pilares para un proyecto de nación es una retahíla de buenos deseos que no comprende la estrategia para realizarlos (pero incluso no todos son buenos deseos sino al contrario, como cuando se refiere al acceso universal a la educación media y superior sin mencionar siquiera la calidad académica como el criterio fundamental para definir la estancia en la escuela o como cuando, al aludir a la sociedad ideal que promete, no menciona a la pluralidad en tanto que se está refiriendo a las sociedades modernas que, por definición, son diversas. Dicho de otra forma, la exposición del líder de Morena plantea el triunfo del pensamiento único.
López Obrador plantea “construir aquí en la tierra, el reino de la justicia y la fraternidad”, o sea, el socavamiento de la política porque el ejercicio de la misma (la política) implica procesar las diferencias inherentes a las sociedades complejas a través de los acuerdos entre quienes no piensan idéntico. En contraste, domina el discurso religioso, en particular, cristiano, el mismo que alude a una ciudad donde los hombres y las mujeres emprendan la refundación de toda la esperanza de concordia y fraternidad, como a la que alude el Nuevo Testamento con aquel nombre de “La Nueva Jerusalén”. El laicismo es lo de menos para ese discurso y, más aún, para una izquierda moderna que deslinde los terrenos del hombre con los divinos y además anteponga los derechos individuales como el eje rector de su actuación, por ejemplo el matrimonio igualitario (al que el dirigente de Morena se empeña en someter al veredicto del “pueblo”). En cambio, ahora tenemos un referente ideológico populista (más parecido al PRI de los 70) y cada vez más religioso.
