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El domingo por la noche es una difícil emergencia. La música de los vecinos había sonado 30 horas. Leyó usted bien: 30 horas de una rara cosa que llaman música trans. Yo le llamo punchis-punchis. Una de la mañana. Salgo de mi casa y les toco a los vecinos para pedirles que le bajen a la música, que mañana es lunes. Un joven de unos 30 años, amable, me dice que desde luego pondrá su música en bajos decibeles. Le agradezco, y como suele decirse, paso a retirarme. Una gran lección de civilidad. A dormir.


Media hora más tarde me despierta el sonido del fin del mundo. Abandono mi domicilio (la prosa notarial es fácil y atractiva), con los pelos literalmente de punta llamo a la puerta, con fuerza, y me quejo airadamente. Detrás del joven amable aparece un cuarentón blanco, urbano, fuerte, que me insulta con la rapidez y la decisión de un rufián. Se encuentra detrás de una reja detrás de la cual está la puerta de su casa. Las infamias casi todas son homófobas: “pinche puto, salgo y te rompo la madre a cachetadas”. Resumo en una frase 15 minutos de injurias.


Fiel al aforismo legendario de Pagés Llergo que decía que al que se agacha se lo chingan doble, lo llamo a la calle. Soy mi padre y eso me deprime, pero ésa es otra historia: sal y acá nos rompemos la madre si eres tan verga. Ya dije que el falocentrismo domina la agresión machista. Los amigos jóvenes detienen al orangután. No sale.


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