La libertad de prensa en México no puede comprenderse sin Julio Scherer García. Con esa convicción, hace 25 años en la revista Etcétera, publiqué un ensayo que deslinda su condición humana del mito que sus seguidores crearon, la mayoría de las veces ignorando la historia y la obra del periodista, y siempre despegándose del amor por las ideas que, como dijera Octavio Paz, debe distinguir al intelectual de los hombres y las mujeres del poder. Ahora estoy más cerca de comprender lo inacabado e imperfecto de los procesos históricos y más lejos de pontificar. Pero me distancio siempre, eso sí, de los súbditos que en tales procesos veneran Dioses o ensalzan héroes.
Doy por hecho el aporte de Scherer en los tiempos del presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido, su curiosidad para escudriñar al poder como su principal motivación, el aliento que dio a la empresa colectiva que encabezó en Excélsior y, luego de un golpe terrible proveniente del gobierno de Luis Echeverría, en el semanario Proceso. Se lo comenté a Echeverría hace 29 años en su casa y él mismo convalidó tales características -incluso reconoció los enfrentamientos del periodista con Arturo Durazo Moreno, el temible jefe policiaco de López Portillo-. Echeverría nunca aceptó que él se hubiera entrometido en la Cooperativa que dio el “Golpe” a uno de los periódicos más importantes del mundo. La charla también se publicó en la revista Etcétera aunque omití un pasaje que después voy a recuperar.
Descreo de epopeyas cuyos protagonistas son inmaculados. Y Julio Scherer no lo fue. Incluso en sus libros él quiso que eso quedara claro -la narración de su borrachera con el director Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla en 1983, es memorable-). Así, podemos decir que el periodista no fue amigo de los hombres del poder pero sí se benefició de ellos (José López Portillo y él fueron parientes). Describo anécdotas que él narró con total lucidez a los 59 años de edad:
Gustavo Díaz Ordaz intervino “con el mayor gusto” para que él pudiera entrevistar a jefes de Estado de Honduras, Paraguay, Ecuador, Brasil, Argentina. Para los gastos del viaje, a través de Emilio Martínez Manautou, el presidente le envió un sobre que “calentaba billetes de cien dólares”, según comentó el periodista quien los aceptó agradecido. Semanas después, Díaz Ordaz le regaló doce camisas de Sulka de seda, hechas a la medida en Pekín, con las iniciales JSG. El 31 de agosto de 1968, Scherer fue nombrado director general de Excélsior y Díaz Ordaz fue el primero en llamar para desearle el mejor de los éxitos. No lo tuvo en los siguientes meses, no al menos el 3 de octubre de ese año, porque el diario no destacó especialmente frente a la matanza de Tlatelolco aunque en el país de la unanimidad mediática fue una perla: “Recio combate al dispersar el ejército un mitin de huelguistas”. Casi un año después, Elena Poniatowska le pidió unas fotografías para ilustrar “La noche de Tlatelolco”: “Eligió sin cortapisa”, advierte Scherer. Al despedirnos le pedí que no revelara la procedencia de los documentos que llevaba consigo…” Y remata: “En el libro de Elena no aparecen los créditos de las fotografías, muchas espeluznantes, bellas todas. Inútilmente me arrepentí de una decisión tan arbitraria”.
Antes de su desencuentro con Echeverría, Scherer lo creyó un centinela de la libertad y con esa opinión fue asiduo asistente a la casa presidencial. “Allí topaba con quien quisiera y con quien no imaginaba, allí me hacía de citas y entrevistas para nutrir al diario de información privilegiada”. Fausto Zapata, el jefe de prensa, era el enlace. En esa condición, el reportero le pidió ayuda para que, con cargo al erario, su sobrino fuera atendido en un hospital de Estados Unidos lo que, “por supuesto” aceptó el jefe máximo del país. Semanas después, la familia Echeverría Zuno le regaló a la familia Scherer Ibarra un cuadro de David Alfaro Siqueiros que habían adquirido en Canadá. El director de Excélsior aceptó, en él no hubo prurito porque el pintor hubiera sido preso político de Adolfo López Mateos quien llamó al muralista traidor a la patria, farsante, provocador, calumniador y mercenario entre otros términos que aún constatan el autoritarismo de los gobiernos mexicanos contra quienes disienten. Scherer no tuvo reparos, eso es seguro, pues recibió tres cuadros de Siqueiros de manos de Echeverría quien, en 1963, firmó el indulto del muralista. (La ironía de la vida es que Siqueiros y Echeverría estaban platicando justo a la hora en la que un grupo paramilitar abrió fuego contra los estudiantes, el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco).
Si Echeverría y Scherer no eran amigos, lo parecían. Hoy, hace exactamente 51 años sonó el teléfono del periodista para confirmar su cita del 14 de marzo de 1975, el mismo día que, en la facultad de Medicina de la UNAM, ocurrió el crispado desencuentro entre el presidente y los estudiantes a quienes llamó fascistas. “Hijo de la chingada, cabrón”, le respondían quienes tenían fresco el 2 de octubre y, sin duda, el 10 de junio de 1971, otro acto vergonzoso de represión en el que también estuvo inmiscuido Echeverría. La cita no se aplazó: tomaron café desde las 13:45 horas hasta entrada la noche que vieron una película junto a varios integrantes del Estado Mayor presidencial.
Hubo desencuentros entre el gobierno y el periodista, claro está. Sobre ellos se ha escrito profusamente (aunque de manera exagerada) son los que completan la épica de carne y hueso. Pero buena parte de esos desencuentros fueron compensados anuncios publicitarios del gobierno y la iniciativa privada que también fueron ordenados por el presidente en turno, de ahí que Scherer pensara que “el periodismo es un problema de equilibrio y contrapesos, arte acrobático con redes de protección” que le impelieron a censurar textos sobre la masacre estudiantil de 1968 o dejar de publicar desplegados de la comunidad universitaria aunque estos fueran pagados, como lo confirmaron varios líderes de ese movimiento. En esos desencuentros también participó Durazo Moreno, según consta en este diálogo:
-No se enoje, general, disculpe.
-No me enojo, al contrario, usted me gusta pa puto y me lo voy a coger un día.
-Sentí asco.
-Si es por la fuerza usted me va a coger. Pero si es por la inteligencia, yo me lo voy a coger a usted.
Con José López Portillo las cosas no fueron esencialmente distintas. Scherer aplaudió los discursos de Díaz Ordaz, Echeverría y “Pepe”, como le decía a López Portillo quien le llamaba “Juliao”. El periodista fue quien “destapó” a su pariente como el próximo mandatario y asistió al besamanos, así lo escribió Scherer, el 6 de mayo de 1972, para ponerse a sus órdenes. Uno de sus mayores enojos ocurrió cuando, el lunes 23 de febrero de 1975, Excélsior adelantó “Este año, impuesto al valor agregado y gravamen a la riqueza patrimonial”. Pero todo se resolvió:
-¿Qué nos estamos haciendo, Juliao
-Pendejadas, Pepe.
Cinco minutos bastaron para un acuerdo. Excélsior publicaría el discurso del secretario de Hacienda sin nuevos comentarios editoriales” y el gobierno dejaría de instigar a comunicadores contra Excélsior (y es que la costumbre del poder por contratar jilgueros que amplifiquen su discurso tiene larga data).
Aún faltaban 38 años para que Julio Scherer se encontrara con uno de los más poderosos capos del narcotráfico en México, Ismael “El Mayo” Zambada. El relato aparecería en la edición del 4 de abril de 2010 del semanario Proceso. “Si el diablo me ofrece una entrevista voy a los infiernos”, habría dicho el reportero para clamor de muchos, sorpresa de otros y enojo de unos más, entre ellos estudiosos de los medios de comunicación como Rául Trejo Delarbre, que consideraron que los periodistas jamás deben relacionarse con delincuentes además de que el material publicado no ofrecía grandes revelaciones. Al respecto hubo quienes consideramos (yo lo sigo considerando) que, en efecto, el trabajo del periodista implica reunirse con quienes participan de hechos relevantes nos gusten o no esos hechos o las personas que participan en ellos, la información es el patrón principal de los profesionales de la comunicación. Otro asunto es que el material publicado hubiera sido anodino y, en varios momentos, ajeno a la estatura profesional del periodista que, en el juego de vencidas que implica una charla, cedió a la presión del narcotráficante para opinar sobre que le iba mejor para su look si la gorra o el sombrero. Muy lejos estaba Scherer del hombre que le habría dicho a Arturo Durazo que en un duelo de inteligencia el periodista terminaría por cogerse al hampón.
Continuará

