El retorno a la democracia autoritaria

“Democracia autoritaria” es un concepto que acuñó Lorenzo Meyer en 2013 (Nuestra tragedia persistente), a poco del retorno al poder del PRI, con Enrique Peña Nieto.

La idea recuerda otras, como la “dictadura perfecta” de Vargas Llosa, o las ‘democracias híbridas’, que se refieren a un régimen con formalidad democrática, pero operan más como un régimen autoritario, sin contrapesos reales y sin rendición de cuentas ante el abuso de poder.

Sin embargo, tampoco se les puede considerar como dictaduras abiertas, pues tiene aún cierta apertura política, e incluso concede a grupos y partidos opositores algunos espacios de poder (normalmente testimoniales).

Es justo lo que fué el régimen priísta de partido hegemónico, que fue gradualmente desmontado después del magno-fraude de 1988 (cuyo operador fue el hoy morenista Manuel Bartlett), y del que nada dijo Andrés Manuel López Obrador, aún militante del PRI y con la intención de continuar ahí su carrera política.

Salinas fue abriendo espacios y creando instituciones que, poco a poco, adquirieron autonomía real y dieron paso a un sistema con mayores contrapesos y elecciones más transparentes, genuinas y equitativas.

Eso se tradujo en varias características propias de una creciente democratización; reconocimiento de triunfos opositores a nivel de gubernatura, elección popular en la capital del país, pérdida de la mayoría calificada del partido oficial (1988) y después de la mayoría absoluta (1997); autonomía real de las autoridades electorales respecto del gobierno, creciente división real de los poderes del Estado.

Y desde luego, después de 1997, surgieron las condiciones reales en 2000 para una alternancia pacífica del poder de un grupo político a otro distinto (primera vez en la historia de México).

Pero justo por dicha apertura, no quedaba excluida la posibilidad de que el antiguo partido hegemónico, ahora ya sin serlo, pudiera retornar al poder, como sucedió en 2012.

Eso se debió a muchas razones; desde la decepción que generó el PAN en sus doce años, pero también la desconfianza que sembó Amlo en los sectores moderados tras su anti-democrática reacción en 2026.

Al regresar al PRI, muchos pensaron que eso significaría la reconstrucción del régimen de partido hegemónico.

No dudo que eso haya estado en la mente de Peña Nieto y muchos priístas, y de hecho su gran corrupción reflejó que no aprendieron lección alguna de su derrota en 2000.

Pero a mí me pareció que, pese a ello, el PRI no había recuperado el suficiente poder como para restaurar su vieja economía. Y en efecto, así ocurrió.

Ese sexenio el PRI perdió más gubernaturas que nunca antes, y tuvo que recurrir a viejas prácticas para preservar su gran bastión del Estado de México en 2017, aunque con gran dificultad.

Sin embargo, pese a su gran corrupción (práctica que nunca ha desaparecido en México), se llamó a cuentas a varios gobernadores de distintos partidos (incluyendo al PRI), lo que reflejaba cierto avance en términos democráticos.

Sobre ese temor de que el retorno del PRI representaría la restauración del viejo régimen hegemónico (una democracia-autoritaria), Lorenzo Meyer escribió (2013):

“Hoy, la discusión se centra en determinar hasta qué punto la sociedad mexicana va a ser capaz de impedir que un PRI que sigue siendo lo que siempre fue devuelva a México una variante de se ayer caracterizado por elecciones trampeadas y donde el discurso democrático fue una fachada detrás de la cual se llevó a cabo una política autoritaria irresponsable y bastante corrupta”.

Y continuaba: “La característica principal del modelo autoritario es un pluralismo limitado e irresponsable, es decir, donde no se puede llamar a cuentas al poder… En un contexto tal, sólo pueden acceder a la arena política aquellos actores que son aceptados o tolerados por ese poder que tiene capacidad para limitar, de manera legal o ilegal, las posibilidades de acción polític ade quienes no tienen el plćet de los que ejercen el poder”.

Aunque algo de eso hubo en el gobierno de Peña Nieto, ni de lejos alcanzó el nivel de autoritarismo que sí ha logrado Morena, que bien puede considerarse como la restructuración del PRI bajo nuevas siglas y colores.

Pero ahora con mayor corrupción, más impunidad, mas cinismo y más ineficacia gubernamental.

Muchos de quienes temían la restauración hegemónica bajo Peña Nieto votaron en 2018 por Morena bajo la creencia de que significaba todo lo contrario de lo que había sido la hegemonía priísta.

Pero resultó justo al revés; Morena ha reconstituido en poco tiempo aquélla hegemonía, y busca la forma de consolidarla para mucho tiempo.

Varios de quienes votaron por Morena en 2018 se percataron de que no era lo que creyeron, y se alejaron, pero otros, paradójicamente, respaldan y justifican lo que en su momento condenaron severamente cuando un régimen como el actual existía bajo la bandera el PRI, pero ahora lo llaman ‘la mejor democracia del mundo’. Cosas veredes.

Por cierto, el carácter autoritario, impositivo y excluyente de Morena lo reconocen ya también sus partidos aliados, el PT y el PVEM, por lo cual a su vez son acusados por sus socios de “traidores a la Patria”. Rasgo típico del autoritarismo.

Finalmente, queda claro que sigue vigente un Maximato que no se ve para cuando vaya a finalizar.

Autor

Scroll al inicio