El Presidente no va a dejar en paz el pasado aunque haya dicho que no se va a meter en líos judiciales ni “escándalos”, decretó presumiblemente una especie de “borrón y cuenta nueva”.
Sin embargo, en la práctica resulta que no ha dejado el pasado por ningún instante. No hay día en que no deje de mandar “coscorrones” o lance críticas, con altas dosis de sarcasmo sobre el neoliberalismo o el pasado conservador.
Va quedando claro que quizá no meta a nadie a la cárcel, pero de que no va dejar en paz al pasado y a sus principales actores no pareciera haber duda alguna.
En este proceso ha puesto en la mira varias instancias, entre ellas los organismos autónomos, las llamadas ONG, las estancias infantiles y en el camino también ha colocado riesgosamente a los que con profunda ironía llama “expertos”.
Lo delicado de esto último es lo que pudiera estar de fondo, un eventual menosprecio al conocimiento y lo que conforma su proceso de formación y desarrollo.
Ver el pasado bajo una idea de tabla rasa o algo parecido, impide observar y reconocer que dentro de lo mucho muy importante que se ha hecho, se debe a la formación de hombres y mujeres profesionales y de científicos de alto nivel.
El conocimiento de ellas y ellos ha sido la base sobre la cual se han tomado importantes y estratégicas decisiones en el país, las cuales tienen un valor y han permitido desarrollos positivos y estratégicos, que no tiene sentido negar.
El Presidente habla a menudo de que “el pueblo es sabio”. Es un discurso político rentable que provoca que la gente lo vea todavía más cerca. También quiere referirse al conocimiento que los ciudadanos han adquirido a lo largo de su vida, junto con lo que han vivido y padecido en función de quienes los han gobernado.
Es un conocimiento que da para responder muchas de las cosas que cotidianamente enfrentan; es su experiencia de vida. La “sabiduría” parte de la formación de un conocimiento que fundamentalmente sirve para vivir, pero no necesariamente para transformar la vida de la gente.
Eso lo hace centralmente la formación profesional de hombres y mujeres, muchos de los cuales terminan siendo los que les ha dado por llamar “expertos”. Estudian a lo largo de muchos años para conocer, desde otra óptica, lo que la gente sabe y conoce o no conoce.
Se trata de ir un paso adelante para que a través del estudio y la investigación se produzca el conocimiento para que se tengan herramientas que permitan conocer mejor las cosas, eso que llamamos realidad, y así poder transformarlas.
En el caso de la creación de la Guardia Nacional, académicos e investigadores más que “poner trabas” lo que están haciendo es echar por delante la voz de alerta de lo que puede suceder con uno u otroproyecto, producto de sus estudios e investigaciones.
No tiene que ver con un juego de vencidas ni son críticas al Presidente. Forma parte de un ejercicio académico propio de la formación del conocimiento; no son por ningún motivo ocurrencias o algo parecido.
El discurso de “no les parece nada” podría revertírsele al Presidente, fue precisamente eso lo que le señalaban en sus tiempos de opositor una y otra vez, “no le parece nada”.
Plantear que este gobierno es distinto y que no es como los de antes obliga a reacciones y actitudes nuevas en más de un sentido, algunas ya las vemos.
No cabe atropellar apelando al pasado bajo el argumento de que “ellos” eran peores; no se puede atropellar y punto.
Hay que escuchar a los “expertos”, aunque algunos sean marcadamente difíciles. Son la piedra de toque para la transformación. Es la otra parte del conocimiento del que habla el Presidente.
RESQUICIOS.
Esta semana en el Vaticano se van a llevar a cabo una serie de reuniones sobre los sacerdotes y la pederastia. Es una oportunidad, quizá la última, para que la Iglesia católica de una vez por todas piense en las víctimas. En el mismo Vaticano habrá quien les recuerde sus obligaciones, su primer deber.
Este artículo fue publicado en La Razón el 19 de febrero de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página
