Convertirse en vocero del crimen, uno de los riesgos del periodismo que abandona la ética

Digámoslo con Perogrullo: en la amplia gama de actividades que comprende el periodismo, también está la difusión de los actos que perpretan criminales de índole diversa lo que incluso, a veces, implica registrar el parecer de los hampones al respecto. Eso es inevitable. Pero una cosa es eso y otra distina cuando un medio se convierte en difusor de las actividades del narcotráfico, por ejemplo, y hasta en propagandista de sus principales capos; esto último es lo que, a nuestro parecer, hace el semanario Proceso esta semana al convertirse en una suerte de manta a trávés de la cual Rafael Caro Quintero, un criminal, intenta exponer su conversión definitiva por los senderos de la honestidad.


Ser muy críticos del gobierno federal pero complacientes con los grandes jefes de la criminalidad es según nosotros un extravío de brújula de la mayor importancia porque, más allá (o junto con) el desable papel de los medios de comunicación como cuestionadores del poder, los actividades ilícitas y sus perpetradores no pueden ni deberían tener un manto protector mediático. La charla con Rafael Caro Quintero, así como su aduladora semblanza personal es una exposición de propapaganda que, en nuestra opinión, transgrede los parámetros éticos elementales del ejercicio informativo.


Marco Levario Turcott

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