Joaquín López-Dóriga Velandia es un profesional de la comunicación aunque la intensidad de nuestro espacio público traduzca esto entre los extremos del culto a la personalidad o la diatriba infamante. Como todos, este periodista tiene claroscuros pero nadie podría regatear, si se opina en buena lid, su versatilidad para desenvolverse en los medios de comunicación tradicionales y su ánimo para explorar las oportunidades que ahora brindan las herramientas digitales. Joaquín López-Dóriga es escuchado, visto y leído como un referente de millones de personas, desde luego, gracias a la proyección que le dio la cobertura de Televisa, y que le representa también la desventaja de los bajos niveles de credibilidad que tiene esa empresa entre amplias capas de la población.
La revista etcétera no es parte de las tribunas que abuchean o aplauden porque no somos seguidores ni detractores de nadie; el intercambio público es, o debiera ser, más complejo y productivo que esa suerte de catarsis que, en el fondo, desprecia a la inteligencia y al estudio mesurado de las personas y los acontecimientos. Joaquín López-Dóriga es un profesional sin el que no puede comprenderse la transición democrática mexicana con todos los atavismos y todas las potencialidades que ello significa. Sin duda no ha sido lo crítico que muchos de los consumidores de medios quisiéramos, por ejemplo frente al poder, pero ello no implica para nada, reducir su figura a la de un lacayo o servidor de ese poder o de otro poder –como sí hay muchos, entre el oficialismo y los voceros de empresas poderosas–; el periodista nos ha dado grandes piezas noticiosas, entrevistas, crónicas y reportajes para beneficio de la audiencia y de los estudiantes de esta profesión para su formación académica. Sus acérrimos críticos no podrán negar que López-Dóriga ha sido un referente informativo indispensable y tampoco podrían decir de la lealtad de ese profesional de la comunicación a la empresa en la que ha trabajado porque eso es parte de mínimos planteamientos éticos y porque los medios de comunicación, todos, son actores políticos y agentes económicos que procesan sus intereses en la esfera pública. Muchos de quienes le critican hasta sus calcetines han sido incapaces de ofrecer una sola pieza periodística de respeto.
Hace poco más de seis meses se hizo del conocimiento público, y etcétera fue uno de los medios de comunicación que propalaron la información, que al amparo de su gran presencia pública Joaquín López-Dóriga ha logrado cuantiosos contratos de publicidad lo que no implica una transgresión legal, vale la pena remarcar, sino ética desde nuestro punto de vista; en otra vertiente está la demanda legal promovida por María Asunción Aramburuzabala Larregui contra la esposa de López-Dóriga, Adriana Pérez Romo, a quien acusa de extorsión desde finales de septiembre del año pasado. Pero más allá de esas u otras vicisitudes desde las que pudiéramos acentuar críticas o reconocimientos, la salida del conductor del noticiero principal de Televisa se explica sobre todo por los cambios que ha traído consigo en nuestro país la llamada era digital, el franco descenso en los niveles de rating de la televisión abierta y la necesidad de que la empresa de Chapultepec 18 defina su plataforma de negocios con esa realidad en la que millones de personas acceden, mediante otros dispositivos, a noticias y a fuentes de entretenimiento.
Para nosotros, con todos los claroscuros de los que nadie somos ajenos, a partir del 19 de agosto se va de la televisión uno de los grandes del periodismo mexicano.
Marco Levario Turcott
