Los tonos rojizos transmiten calor, al igual que la sangre es caliente y que el fuego arde. Las pinceladas azuladas, por su parte, se asocian al frío y a la ligereza. Son los colores con los cuales la mente pinta, sin esfuerzo y desde la infancia, el agua, la lluvia o una burbuja. De esto no cabe duda. Un estudio publicado en PLOS ONE demuestra que estas asociaciones, junto con la de la felicidad y la tristeza, son universales. Sin embargo, las divergencias aparecen a la hora de distinguir entre liso y rugoso, masculino o femenino, suave o rígido, agresivo o tranquilo, por ejemplo. Las personas discrepan más, según los resultados, en el momento de juzgar si la obra es interesante, si les gusta o no.
Eva Specker, autora principal del estudio e investigadora en la facultad de Psicología de la Universidad de Viena (Austria), va al museo con su madre desde que es una niña y siempre quiso entender lo que pasa por la cabeza del público al mirar una obra. “La principal motivación fue entender cómo una persona experimenta el arte, las diferencias entre cada uno y si correspondía a lo que pensaba. Pero tuve sorpresas”, cuenta.
Lo más sorprendente del estudio es que el conocimiento artístico no influye en casi nada en lo que concierne las 14 disociaciones analizadas. Para Jesús Porta, vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología, el hecho de que no exista diferencia entre ser expertos en arte o no, es lo más bonito de este estudio. “Siempre se ha creído que el arte los disfrutamos más cuando tenemos conocimientos, pero aquí demuestran que no”, explica. Esto refleja por lo tanto que la emoción que transmite una obra abstracta es independiente a la pericia que uno tiene.
Si dos personas miran una obra de Kandinsky en su totalidad estarán más de acuerdo en el mensaje que propone que si se centran en un círculo rojo a la izquierda. Ahí, cada uno tendrá su visión y su idea sobre lo que ese dibujo aislado representa. Specker pensaba que iba a ser lo contrario y que la gente discreparía más en cuánto aumentara la complejidad. La experta utiliza una comparación sencilla para justificar este fenómeno: “Supongo que es cómo con la escritura. La cosa está mucho más clara cuando tienes toda la frase que tan solo una palabra. En este segundo caso, cada uno imaginará lo que quiera. El ambiente general nos une en cierto modo”.
Porta sostiene un discurso en la misma línea. “Con un solo color, el cerebro se predispone. Lo metes en un contexto personal, en las experiencias individuales y por eso hay más diferencias”, opina. En definitiva, al mirar la obra entera, el artista ya da el ambiente, y por lo tanto, también ofrece el camino que tiene que tomar el espectador para interpretar.
Pero no hace falta contexto para distinguir entre frío y calor, triste y feliz, y pesado y ligero, cuenta el estudio. La universalidad de estos tres primeros aspectos se debe a que la educación establece estas percepciones básicas desde la infancia. Son obvias y transculturales, mientras que las otras no. “Son aprendizajes evolutivos. El lenguaje matiza nuestro cerebro desde pequeños. Incluso si vemos el cielo blanco en una obra, lo imaginaremos azul”, comenta Porta.
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