Si echamos un vistazo al mundo, encontraremos múltiples conflictos bélicos e incontables muertos. Si observamos estos enfrentamientos bajo una lente de mayor aumento, notaremos que su estructura está compuesta de intolerancia religiosa, sectarismo, fundamentalismo, extremismo, racismo, fanatismo, terrorismo. Y si medimos su actividad eléctrica, hallaremos el impulso que organiza éstas confrontaciones: odio, resentimiento, envidia.
Aunque el fanatismo forma parte de esta lista, parece ser el tronco del que brotan los otros retoños. Y es que el fanatismo se ha convertido en el destino de muchos hombres y mujeres que carecen de una vida psíquica propia. Es posible que por alguna razón, su cultura y tradiciones se hayan diluido en las complejidades sociales, o quizás su presencia haya sido precaria. La migración o la exclusión por religión, color, nacionalidad o pobreza, a veces consiguen ese efecto malsano: en su marginalidad, los desplazados por la sociedad sienten que no pertenecen a nada. El hombre es un ser social en esencia, y en el relegado siempre palpita la motivación gregaria, cualquiera que esta sea.
En muchos excluidos, a las creencias religiosas -al hacerse habituales- las atrapa la somnolencia existencial. Puede deberse al desgaste de su significado al tornarse rutina. Se extravía el motivo del mito original y, por alguna extraña descomposición, las experimentan como un canto vacío. Si por el contrario, los fundamentos de estas convicciones son radicales, en los sujetos discriminados se mantienen latentes. Para aquellos que están “tan cerca y lejos de Dios” estos credos necesitan de la renovación de su significado a través de la sangre.
Aquí las ideologías juegan un papel importante, pues una combinación de ideas utópicas con religión o ideologías con visión futurista, son perfectas para atraer incautos. El Estado Islámico tiene conocimiento de esta situación y la sabe utilizar. Por el trabajo que desempeño, a veces me encuentro con observaciones como la siguiente: “Todo está bien, yo encuentro los artículos de aseo personal de primera necesidad y la comida, sin hacer cola y al precio justo”. O, como pudimos ver en una entrevista a damnificados durante las inundaciones en Guasdualito. Con el agua hasta las rodillas, mientras funcionarios uniformados les vendían la comida (cuando deberían donarla por la contingencia), una de las personas respondía: “Esto está bien bueno… ésta es la efectividad que tiene el pueblo”.
Quién sabe qué quiso decir el entrevistado con esto, pero lo que sí podemos apreciar es que pareciera que existe una realidad paralela y delirante que obnubila los sentidos, que profundiza el fanatismo, y con la cual se siente cómodo. Es capaz de no ver ni sopesar la situación por la que atraviesa. En cambio, tiene la sensación de ser y formar parte de “algo”, en esa realidad paralela. En el caso de Venezuela, una entelequia político-religiosa que lleva años activada.
http://prodavinci.com/2015/10/24/vivir/patologia-del-fanatismo-por-freddy-javier-guevara/

