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Casey Hodge bajó de la furgoneta de la prisión, temblando por las pesadas esposas y los grilletes que llevaba puestos. La delgada mujer de 25 años fue llevada junto a un grupo de otras detenidas a una pequeña habitación y se le ordenó desnudarse.


“Enséñame tu cosita”, le dijo una guardia de la cárcel, al tiempo que le daba instrucciones de que se agachara y tosiera para poder mirarle entre las piernas y certificar que no llevaba nada escondido.


La guardia le dijo a Hodge —legalmente ciega desde que tiene 16 años— que se quitara el ojo de vidrio. “Quería cerciorarse de que yo no escondía nada en la cuenca del ojo’’, recuerda. De modo que se quitó el ojo de vidrio con los dedos. Las guardias casi se caen al suelo de la risa, burlándose de ella como si fueran niños y fingiendo que tenían deseos de vomitar.


“Me sentí niña otra vez, abusada de nuevo”, dijo Hodge, que nunca había tenido problemas con la ley antes de su arresto por narcotráfico en el 2012.


Hubo un momento en su vida en que Hodge soñó con convertirse en fotógrafa. Ahora, sin embargo, es la presa número 155778, sentenciada a tres años en la Penitenciaría Lowell, una cárcel estatal donde viven las cinco mujeres de la Florida que están en el Pabellón de la Muerte, y que tiene el dudoso mérito de ser la mayor cárcel de mujeres de Estados Unidos.


http://www.elnuevoherald.com/noticias/sur-de-la-florida/article49443530.html

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