Cuando en junio de 2013 Glenn Greenwald publicó en The Guardian la noticia sobre el espionaje masivo de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA), con la colaboración de Edward Snowden, fue criticado por algunos de sus colegas. Andrew Sorkin, de The New York Times, pidió su arresto; David Gregory, conductor del programa Meet the Press, sugirió que debía ser imputado por un crimen… como si no fueran opiniones contra el hecho de que Greenwald había tomado una postura: la NSA espía los datos de las llamadas telefónicas y —por más que se tratara de un asunto secreto de los servicios de inteligencia— había que difundirlo. Jack Schafer, entonces columnista de la agencia británica de noticias Reuters, escribió un artículo en defensa de Greenwald, titulado ‘Necesitamos periodismo guerrillero’. Según Schafer, la forma en que reaccionaron sus colegas Gregory, Sorkin y otros, “delataba una triste devoción hacia el ideal corporativo de lo que debe ser el periodismo y una dolorosa falta de entendimiento histórico sobre el periodismo en Estados Unidos”. La academia enseña que en periodismo, la imparcialidad es el toque de calidad, el sello del oficio bien hecho, pero la historia dice lo contrario. Sin retroceder demasiado: Greenwald recibió en 2014 el premio Pullitzer de Servicio Público.
El catedrático Jay Rosen llama ‘nopunto de vista’ a la imparcialidad del periodismo, un mecanismo de defensa ante una crítica que de antemano se sabe que va a existir: los políticos siempre dirán que las noticias son parcializadas. Así, los medios intentan asegurar una especie de legitimidad universal, negada a quien se delata como poseedor de un punto de vista.
En la década de los sesenta se hizo popular la corriente conocida como ‘nuevo periodismo’ , luego de la publicación de A sangre fría (1966), el libro en el que Truman Capote relata el asesinato de una familia en Kansas y las dos caras del sistema judicial estadounidense a partir de la historia de los asesinos. Era una publicación crítica con la justicia americana. A sangre fría es considerada como la madre de la no ficción, una novela periodística que aparecía en un momento en que el lacónico modelo de la pirámide invertida —que prioriza la información en función de las preguntas básicas qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué— se había apoderado de la prensa escrita. La razón de ser de la pirámide invertida, que se sigue enseñando en las escuelas de periodismo, era tecnológica: durante la Guerra Civil estadounidense (18611865), los corresponsales usaban el telégrafo para enviar sus notas; pero como no tenían la certeza de que la información llegara a su destino, porque los postes de telégrafo eran un blanco común de ataque en la época, priorizaban lo más importante en desmedro del relato cronológico para asegurarse de que los editores tuvieran datos suficientes para contar la historia. Desde entonces hasta Capote había pasado un siglo.
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