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En el programa La hora de opinar del lunes pasado, sostuve con Javier Tello una discusión interesante.

Dije ahí que el triunfo de López Obrador reconciliaba a la mayoría de los mexicanos, los que votaron por él, con la calidad de nuestra democracia. Tello sostuvo que la calidad de la democracia estaba todavía a prueba, pues no estaba claro que la elección del domingo la mejorara por sí misma.

Demostraba solo, dijo Tello, que el proceso de organización y conteo de los votos era impecable, no así el proceso político rumbo al día de la elección ni, mucho menos, el resultado de las elecciones mismas, que dejaba abiertas muchas dudas sobre la debilidad del sistema de partidos resultante. Mi opinión es que las elecciones del domingo pasado, como dice Tello, nos han dejado como herencia un sistema de partidos débil, incluyendo en la debilidad al nuevo partido mayoritario que es Morena.

Pero creo también que resolvieron de un solo golpe, en los hechos, el problema de representación de la partidocracia previa. Las elecciones del domingo cambiaron de un tajo la representación política vigente, con las consecuencias cabales que esperamos de la lucha democrática: repartió el poder, castigó a quienes lo ejercieron pobremente y traerá al gobierno nuevas opciones, nuevas apuestas, nuevos representantes de los electores.

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