Tengo la fortuna de ser hermano de Margarita. Nacimos casi juntos, hace más de 50 años. Ella vivió, con intensidad, más de la mitad en el PAN. Nunca pensé que la vería fuera del partido. No se me ocurría la forma de que saliera. Ella era parte del activo de ese partido. Cuando ambos estábamos dentro, recordábamos lo que le decía mi madre a mi padre cuando discutían de los problemas internos: “La diferencia entre nosotros es que yo soy del PAN y tú estás en el PAN”. Margarita era del PAN. Recibió una andanada de ofensas y agresiones de los dos últimos presidentes del partido, que la llevaron a poner primero su dignidad –no su candidatura– y salir de un lugar en el que le cerraron todas las puertas para hacer política. La respuesta del presidente panista y sus esbirros retrata fielmente su pequeñez como personas.
Las valoraciones que se han hecho sobre su decisión son fundamentalmente sobre el aspecto pragmático de la misma. Puedo decir -porque me dio el privilegio de acompañarla en un tramo de su decisión- que la tomó por razones éticas, por su forma de ver la vida y la política misma. En nuestras conversaciones recordamos a Leonardo Boff, sacerdote franciscano puntal de la teología de la liberación, a quien ambos admiramos, cuando fue amenazado de excomunión y castigado con silencio. “Prefiero caminar de la mano con mi Iglesia que sólo con mi teología”. Con el tiempo, Boff salió de la Iglesia. “Existen límites intraspasables: el derecho, la dignidad y la libertad de la persona humana”, expresó en su renuncia al sacerdocio. “Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla, sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la Iglesia”. Un amigo exjesuita le dijo a Margarita: “Yo no me salí de la Compañía de Jesús, fueron ellos los que se quedaron, los que se salieron de la compañía”. La decisión de Margarita fue muy dura para ella. A quienes dicen que fue un berrinche –por supuesto, las decisiones públicas están sujetas a toda clase de interpretaciones– puedo decirles que se trató de una determinación no sólo difícil, sino dolorosa. Acostumbrados al cinismo y al pragmatismo, a ver el espectáculo de la dentellada por los puestos, no nos detenemos a sopesar una decisión ética en la política. La de Margarita lo es.
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