No he leído una versión más clara sobre la génesis del fenómeno Juan Gabriel, que la que radica en la crónica célebre que Carlos Monsiváis dedicó a este compositor y cantante en Escenas de pudor y liviandad. Tras su debut profesional en 1971, relata Monsiváis, Juan Gabriel enfrenta la intolerancia de padres y madres y novios:
—¿Pero cómo puede gustarte este tipo?
—Muy mis gustos.
Las quinceañeras, sin embargo, “lo adoptan y lo adoran, si el verbo adorar describe de forma adecuada la compra de discos”. Tras torrentes de llamadas a la estación de radio, tras la proliferación de suspiros y de posters y de clubes de fans, “a las madres se les desarrollan hábitos que muy pronto dejan de ser clandestinos”: con ayuda de la prensa, la radio y sobre todo de la televisión, el nombre de Juan Gabriel se impone en las conversaciones —le ayuda mucho ser “un joven amanerado al que atribuyen indecibles escándalos”— y se hace familiar incluso en los sitios más apartados.
El momento epifánico de la consagración, según Monsiváis, ocurre en el momento en que “el inflexible paterfamilias se descubre una mañana tarareando: ‘En esta primavera / será tu regalo un ramo de rosas. / Te llevaré a la playa, te besaré en el mar / y muchas otras cosas más’”.

