Gil se enteró tarde y mal de la carta de la Fundación Rulfo dirigida a la Presidencia de la República y a la Secretaría de Cultura pidiendo, exigiendo, que se abstengan participar en cualquier acto de homenaje en el centenario del nacimiento del escritor. Como lo oyen: que nadie se atreva a festejar a Juan Rulfo. ¡Diles que no me celebren Justino! Anda vete a decirles eso allá en Los Pinos.
Un señor Víctor Jiménez, director de la Fundación Rulfo y en representación de la familia, escribió en octubre del año próximo pasado (así se decía antes) lo siguiente: “Solicitamos muy atentamente, que se abstengan de gastar cualquier suma, por pequeña que sea, en otro tipo de actividades, generalmente de naturaleza efímera y de evidente sesgo político a favor no siempre del homenajeado, sino de quienes se acercan a su nombre en estas ocasiones”.
Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz: Gil le tiene una mala noticia a la Fundación Rulfo, al señor Jiménez y a la familia Rulfo que tan celosamente salvaguarda la memoria del escritor. Los estados culturales del mundo occidental dedican una parte de sus burocracias a celebrar a sus grandes escritores. Gilga imagina una carta similar de la familia de Albert Camus, si la tuviera, prohibiendo cualquier celebración en uno de sus aniversarios. O una carta de la familia de, digamos, Faulkner, negándose a cualquier conmemoración. Gamés no es abogado e ignora si es ilegal que un grupo de lectores se reúna y hable de un autor como le dé su regalada gana.
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