Llegó con su chofer en una camioneta Grand Cherokee blanca. Lo estaban esperando en las instalaciones de Televisa su secretaria particular, Claudia Algorri, y el encargado de prensa de la cancillería, Fernando Aguirre. Luis Videgaray caminó apresuradamente hacia el estudio de Despierta en Televisa Chapultepec.
Fue el martes de la semana pasada. Estaba por conceder su primera entrevista en cuatro meses que seguramente se habían sentido como años: la visita de Trump, su renuncia al gabinete, la vida lejos físicamente de Los Pinos, la victoria de Trump, su regreso. Demasiadas cosas, demasiado intensas.
Se quejó del frío y pidió un té de manzanilla sin azúcar. Casi ni lo probó. Serio, prácticamente sin hablar, se dejó maquillar y aguardó unos minutos viendo el noticiario en lo que el floor manager le indicó que era momento de sentarse en la mesa para que lo entrevistáramos mi compañero Enrique Campos y un servidor.
Duró casi 40 minutos la entrevista. Un bateador impávido ante bolas rápidas, curvas, tirabuzones, rectas pegadas al cuerpo o de nudillos que buscan morder la esquina. No importa cuál fuera la pregunta ni sobre qué tema, Videgaray contestaba sin aspavientos, en su clásico ritmo y tono. Trump, los errores, el yerno, el aprendiz, el gasolinazo, su culpa, los saqueos, la crisis, el dólar. Y él, imperturbable.
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