Actualmente la prensa vive una época en la que recibe ataques desde diversos frentes, lo que comprende desde severas y fundadas críticas hasta, literalmente, reporteros bajo fuego, pasando también por la cárcel y las diatribas y las acciones de no pocos gobernantes.
Así, en un entorno en el que el periodismo no parece vivir su mejor etapa frente a sociedades y gobiernos, es necesario reflexionar sobre las diferentes facetas que integran esa profesión para, de esa manera, defenderla mejor.
Sin duda, ante los ataques y el avance de fenómenos como las fake news, la intolerancia y la fragmentación del mundo, la mejor forma en que la prensa puede protegerse es practicar el buen periodismo.
Como una forma de contribuir a lo que debe ser ese ejercicio cotidiano, Ricardo Raphael publicó su libro Periodismo urgente. Manual de investigación 3.0 (México, INAI/Ariel, 2017), en el que realiza lo que llama “un ejercicio de metaperiodismo: hice periodismo sobre el periodismo”.
Así, mediante entrevistas a nueve autores de importantes reportajes, la exposición del impacto que los avances tecnológicos han tenido sobre la profesión y la nueva situación que ha generado la transparencia en materia de información pública, entre otros temas, Raphael desarrolla su manual, en el que aporta enseñanzas importantes para quienes desean practicar el periodismo de investigación.
Raphael (Ciudad de México, 1968) es maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, y en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Ha sido profesor en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, es director general del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, y conductor de diversos programas de Canal 11 y de ADN40. Autor de seis libros, ha colaborado en El Universal, Nexos, Época y Proceso.
Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el suyo, de metaperiodismo, como usted le llama? Comenta al respecto que nos encontramos en un tiempo posmoderno, fragmentado, dividido y aislado.
Ricardo Raphael (RR): Hay tres razones por las que este libro vio la luz. La primera es porque el periodismo está amenazado, porque el modelo de negocio que le dio de comer a nuestro oficio está en crisis, de la cual aún no se ve para cuándo se va a resolver. El desarrollo tecnológico ha introducido muchas variables que no estaban antes, lo que hace que la audiencia misma produzca sus noticias y las distribuya sin pasar por los medios. Eso no quiere decir que haga periodismo, pero la abundancia de información es otra. En ese sentido, la transformación tecnológica nos está obligando a salir de nuestra zona de confort: el oficio más bello del mundo (como lo llamaba Gabriel García Márquez) dejó la máquina de escribir para entrar en un tablero mucho más grande e interesante, donde para producir noticias hay que tener habilidades digitales.
Entonces lo que estamos viendo es la transformación de la materia de trabajo. Somos una generación que ve cómo inicia, pero no sabe cómo va a terminar.
A eso le sumamos que todos abusan de esa transición digital; por ejemplo, el poder insiste en desplazarnos, en anularnos, con aniquilarnos. El ejemplo más prístino es Donald Trump cuando acusa a cualquier medio serio de ser fake news y descalifica nuestro esfuerzo. Traemos ese embate.
Por último, también traemos una gran revolución normativa: la entrada en el mundo del gobierno abierto, de la transparencia, hace que las solicitudes de información, en la manera como se procesan, estén siendo una fuente privilegiada para hacer periodismo, sean datos abiertos o solicitados.
Esos tres elementos juntos, todos relacionados con la revolución tecnológica, la transformación del modelo de negocios, de los recursos con los que contamos y el cambio en la relación con el poder a partir de datos abiertos y transparencia, hacen que el periodismo que estamos haciendo se parezca muy poco al que se hacía antes en la manera en que nos aproximamos a una fuente, cómo la tomamos y contrastamos, etcétera.
Por esos tres lineamientos decidí que valía la pena no teorizar sobre cómo hacer periodismo ni inventarme a partir de mi propia experiencia o mecánica, sino ir a entrevistar periodistas que han logrado piezas exitosas en esta época a la luz de estas transformaciones, centrado en reporteros que han utilizado el sistema de solicitudes de información y de transparencia.
Cuando terminé esas entrevistas me di cuenta de que no solamente podía contar cómo hicieron sus piezas, sino que podía reconstruir el proceso periodístico a la luz del momento actual. Les pregunté cómo eligen los temas, cómo ordenan la información, cómo la corroboran y cómo la sistematizan, cómo la protegen, cómo la presentan y cuándo y cómo la divulgan. Al acabar de hacer esas preguntas y esas entrevistas, me dije: lo que tengo en las manos es un manual que no existe en México. Luego me di cuenta de que tampoco en América Latina ni en Hispanoamérica. En realidad, no hay manuales de periodismo recientes, ya que todos son de los años ochenta o noventa.
La verdad es que hay mucha gente que quiere estudiar periodismo; acabo de dirigir durante cinco años una maestría y sé que hay mucho entusiasmo. El libro fue una manera de compartir esa experiencia.
Ruego porque este libro se consuma de manera intensa en las clases de periodismo. Creo que no sólo por los temas y por lo urgente que es el periodismo, sino porque las piezas relatadas merecen ser conocidas en su hechura y contrastadas. Pienso que para el muchacho que está pensando hoy en volverse periodista, vale la pena que conozca cómo le hicieron Daniel Lizárraga y Rafael Cabrera para hacer un libro, cómo lo hizo Marcela Turati, qué realizó Nacho Alvarado, cómo avanzó Alejandra Xanic, etcétera.
Creo que los carpinteros aprenden a hacer sillas viendo a los grandes maestros hacer sillas. El de periodista es un oficio donde sólo podemos volver a la profesión si vemos a los grandes, y en este sentido en el libro están relatados trabajos de ellos. Por eso considero que el libro debería estar en las aulas y enseñarse periodismo con material de este tipo.
AR: ¿Cómo escogió a los periodistas que usted entrevistó para realizar el libro?
RR: Primero, porque ganaron premios; segundo, por reportajes donde las solicitudes de información fueron clave. Como el INAI estaba muy interesado en este libro y, sobre todo, por las solicitudes de información (el periodismo que quiere promover es el que investigue a partir de solicitudes), ese fue uno de los criterios que yo planteé.
Además porque son gente que respeto: en el libro no hay un solo periodista al que yo no vea para arriba. Me parece gente talentosísima y quería hacerle un homenaje. Los respeto, han hecho un periodismo de investigación sólido y utilizaron solicitudes de información. Por eso los escogí.
AR: Usted recupera una declaración de Bill Kovac y Tom Rosenstiel: “El público desconfía como nunca antes del periodismo, y no son pocos los que han comenzado a detestarlo”. ¿A qué se debe este desprestigio del periodismo?
RR: Este es un trabajo que le hace un homenaje al periodismo bien hecho, y trata de recuperar un canon de qué es el buen periodismo. Me parecía fundamental hacerlo, sobre todo por el embate que estamos padeciendo.
No hay manera en que las sociedades vivan sin periodismo; a quien se le haya ocurrido esa tontería, que se atreva a decirme si internet va a resolverle al cardiólogo cómo operar, o si en lugar de ir al médico vamos a seguir consultando qué medicinas tomar en función de lo que diga el señor Google. Si no necesita médico, si no necesita farmacéutico, si no necesita pediatras, igual necesita profesores y periodismo, un área especializada de la sociedad dedicada a verificar si la información es cierta, porque los seres humanos vivimos de ella. Cuando venía el mamut en contra de nosotros, lo fundamental era saber de qué lado procedía para podernos proteger. Esto es igual: cuando viene una devaluación, una huelga o una manifestación, una reforma legislativa, alguien tiene que encargarse de saber si esa información es cierta, qué daño te va a causar y analizarla.
No hay manera de prescindir del periodismo, pero ¿qué es lo que pasa? Que hoy es más fácil verificar el trabajo del periodista. Antes yo podía decir: “Se va a devaluar la moneda. Me lo dijo el secretario de Hacienda”. Si no ocurría y el funcionario no decía nada, a la gente se le olvidaba; pero hoy dice “qué pasó, te equivocaste. Dijiste que fuiste a tal lugar, pero nunca estuviste allí. Subiste la información, pero no existe”. Es decir, la revolución tecnológica nos permite que haya una mucha mayor supervisión sobre el trabajo periodístico.
¿A qué ha llevado esa situación? A que el periodismo mal hecho se desnuda, se señala, y el periodismo vendido, comprado por el poder, se nota muchísimo más que antes. Eso ha hecho que la población esté enojada con el periodista, al que le dicen “usted no está haciendo su trabajo”. Es como un mal médico o un mal farmacéutico, y ese enojo es el que estamos viendo hoy.
Esa indignación está ocurriendo, pero, por otro lado, cuando hay buen periodismo se le respeta mucho más. Entonces, cuando uno ve piezas como la de la Casa Blanca y la de Wal Mart, que están relatadas en el libro, o la de Narco data, uno dice: ¡guau! Este es un buen platillo, de primer mundo.
Entonces creo que estamos en esa curva de tomar distancia del mal periodismo y de abrazar el bueno, que es donde, en efecto, hay un segmento que nos detesta, pero hay otro que aprecia nuestro trabajo cuando lo hacemos bien.
AR: Usted dice que el periodismo nació con la democracia, que su misión es publicitar todo aquello que es asunto público. ¿Cómo estamos en México en esta parte democrática tanto por parte de los periodistas como del gobierno referente a la información pública?
RR: Chismosos siempre ha habido en la especie humana, pero hay quien recaba información de manera sistemática, la verifica, la corrobora, la contrasta, la presenta con método. La democracia exige mayor supervisión del votante sobre los asuntos públicos del ciudadano, y la ha hecho mucho el periodismo.
Entonces el periodismo sí va de la mano con la democracia moderna; en la de los antiguos, de la griega, no había periodismo. Yo fecharía la democracia moderna de la Revolución francesa para acá, cuando, en efecto, se desarrolla y crece en las libertades de los modernos, entre otras la de prensa, no sólo la de expresión, que es el tema central.
¿Cómo vamos en México? Mientras me hacía la pregunta me acordé de una anécdota: cuando llegó a Caracas, Simón Bolívar pidió que sembraran unos nogales, como lo hacía en cada ciudad que liberaba. Entonces el jardinero le dijo: “Oiga, pero los nogales tardan 25 años en dar nueces”; Bolívar le contestó: “Lástima que no los sembramos ayer en la tarde”. Creo que así estamos: lástima que no sembramos el buen periodismo ayer en la tarde, y no esperemos que tan pronto vaya a dar nueces.
AR: Usted traza algunos paralelos y distancias con el trabajo de fiscales e incluso de jueces, y que en otros países hay buena relación entre ellos y los periodistas en términos de investigación lo que en México no existe. ¿Qué diría usted de esto si tomamos en cuenta que hay muchos periodistas y columnistas que se erigen en tribunales mediáticos?
RR: Debo decirle que de origen soy abogado, por lo que, inevitablemente, esa deformación profesional sesga mi manera de explicar algunos fenómenos periodísticos, y por eso utilizo esa metáfora.
Una vez aclarado ese punto, un buen periodista se parece a un buen fiscal o a un buen abogado si consigue pruebas contundentes, solventes, irrefutables, legítimas y se las presenta al juez (en nuestro caso se trata de la audiencia). Si yo puedo hacerlo y presento una pieza a la audiencia y la convenzo de que estoy presentando información buena, legítima, cumplo con mi trabajo.
¿En qué otro asunto se parecen? El fiscal no solamente presenta testimonios, no sólo hace la banquetera y toma el “¿y usted qué dice’”. No, también exhibe documentos, periciales y otras pruebas. En ese sentido tenemos que ir por las fuentes, pero basta de “fuentes de inteligencia militar, cuyo nombre no puedo revelar”. A veces hay que usarla, pero ¿no tiene otra? Imagínese que yo le diga eso a un juez: me va a mandar por un tubo.
En eso se parecen mucho. Construimos un caso, lo defendemos e impactamos. No tomamos cualquier caso, la justicia no lo hace, sino los emblemáticos, que transforman a la sociedad, que mandan señales para terminar con la impunidad. Entonces, en ese sentido sí hay elementos que se parecen.
Sí temo que la justicia latinoamericana, muy en particular la mexicana, siempre ha vivido hacia adentro: los jueces son endogámicos porque es un oficio familiar, y los policías también lo son. Es como si vivieran de darle la espalda al público, por lo que le podemos pedir a éste que atienda a la justicia cuando en realidad es una caja negra.
Lo que alcanzo a observar de otros países es que la justicia es un fenómeno publicitado, por lo que se hacen series de televisión, telenovelas y películas alrededor del oficio. Es un esfuerzo de la justicia para hacer pedagogía judicial, y un aliado poderoso es el periodista: entiende de términos jurídicos, los explica en términos sencillos, comunica lo que pasa en el tribunal y muestra las pruebas. Entonces sí hay una suerte de complicidad sana entre el juez, el fiscal y el periodista.
¿Cuál es mi sensación en México? Que tenemos una complicidad malsana: “Ahí te paso por debajo del agua los expedientes y una grabación; publícalos y con eso me haces el favor”. Eso perjudica porque suma al periodista a la caja negra y no es el que la abre.
AR: En términos éticos y profesionales, ¿cómo está el periodismo mexicano? Por ejemplo, usted hace referencia al plagio, pero hay otros problemas como la filtración y la difusión de grabaciones privadas.
RR: Creo que muchos periodistas y dueños de medios no se han dado cuenta de que traemos una audiencia muy exigente y muy sofisticada. Si a mí me pasa la autoridad una grabación y la publico sin análisis y sin reflexión, muy probablemente me van a acusar de estarle haciendo el trabajo a alguien, hasta de cómplice.
Si yo agarro esa grabación y me pregunto en qué contexto y por qué se hizo, a quién le beneficia y a quién le perjudica, hago un análisis alrededor de la pieza y la publico, es probable que la audiencia me la agradezca. Lo que tengo que hacer, como periodista, es darle valor agregado y hacerme las preguntas pertinentes.
En ese sentido sí me parece que debemos tomar la filtración como un insumo inacabado; como si uno entrara al taller de Rodin y viera que le acaba de dar el primer cincelazo al mármol. Eso es una filtración, pero no es información ni reportaje ni noticia. La verdad yo no creo que el escultor le hubiera podido vender a sus coleccionistas una piedra con un cincelazo.
Entonces, el que avienta en su primera plana, en su noticiario un primer cincelazo, pues está tomándonos el pelo porque nos está dando la punta del iceberg. Pero una filtración trabajada, pasada a través del método periodístico, se vuelve una cosa muy potente. El público cada vez más va a poder reconocer entre un pedacito de mármol y El pensador de Rodin. Son dos cosas distintas.
AR: Hay un problema más que se presenta con el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación que es la inmediatez de la difusión de noticias en tiempo real. Su libro es sobre periodismo de investigación, que lleva mucho tiempo. ¿Cómo se combinan esos tiempo, la inmediatez y el del trabajo de investigación? En el libro veo los casos de Marcela Turati y de Víctor Hugo Michel, que en el trabajo diario encontraron vetas para investigar a profundidad.
RR: Creo que los reporteros del presente tienen que usar dos relojes: si sólo hacen trabajo de coyuntura, su labor periodística se va a perder, aunque se agradece la nota breve, diaria.
Pero, si no hacen nota diaria, pierden el trabajo. Eso es inevitable, es parte de la condena. Regreso a las comparaciones con otros oficios: desde luego que el cardiólogo entra y hace grandes operaciones de corazón, pero también da consultas a un enfermo que trae taquicardia. En muchos oficios hacen las dos cosas: al carpintero le encargan que haga unos marcos para unas fotos, pero también hace una gran sala.
Nosotros no nos escapamos de eso: hay un reloj que mide el día a día, pero, por otro lado, si quieres que tu labor trascienda, si quieres ser un periodista con reputación y que tu trabajo cotidiano sea leído como el de alguien serio, sí tienes que traer piezas de investigación más grandes. Es decir, debes estar pensando no solamente en el breve sino en el libro. En ese sentido, se pueden hacer dos o tres grandes investigaciones al año, máximo. Entonces, tienes que decidir a qué hora y cuánto tiempo le vas a dedicar a la gran investigación.
Lo que sí digo es que la gran investigación es una obra de autor; a lo mejor le informas al medio y le subes la investigación; a lo mejor recaudas fondos de varios medios, pero es una obra de autor y la tienes que producir tú. En cambio, la otra, la breve, que te la pague el medio donde estás. Por eso estar en nómina está bien.
AR: ¿Cómo están hoy las condiciones laborales para poder desarrollar esos dos trabajos? Usted menciona que actualmente hay muchos periodistas freelance.
RR: Yo trabajo para seis medios, y en todos me pagan por honorarios; sobre todo, se trataba más de una relación como de quien contrata un consultor o a un médico, excepto una pequeña época en El Universal. No tengo pensión ni seguro social. Yo soy un espécimen del 99 por ciento y, me temo, en lugar de quejarme debería aceptar que así va a ser.
¿Qué ventajas tengo? Que como no estoy en un solo medio, si hay cierta información que sé que en ese medio no la puedo publicar, tengo otros cinco para hacerlo, lo cual hace que tenga un arco de libertad mucho más grande. A mis alumnos les recomiendo que freelanceen. Cuesta mucho construir esa canasta de distintos medios, pero una vez que la construyes la libertad es mayor.
Se debe ser muy ordenado en las cuentas: hay que pagar el seguro médico propio y muchos otros asuntos. El responsable de la empresa es uno mismo, y creo que hacia allá vamos. Dado que los medios ya no cuentan con dinero para tener gente en nómina, sí lo van a tener para pagarte un buen reportaje.
Entonces tienes que calcular cómo te vinculas y asocias con tus empleadores para que sea un ganar-ganar en esa lógica.
Mi intuición sobre la historia del periodista que trabaja ocho horas, que tiene seguro social y pensión, es que ya se murió para siempre. Claro, puedo estar hablando por mi experiencia personal, pero creo que no es solamente mía.
AR: En la actualidad se ha dado la producción de contenidos amateurs hecha por no profesionales, a lo que se le ha llamado “periodismo ciudadano”. ¿Lo es en realidad?
RR: A mí no me interesa definir quién es periodista; no tengo esa estatura y no quisiera tenerla nunca, pero sí me importa decir qué es periodismo. Si yo logro hacerlo, entonces periodista es aquel que hace periodismo, y mato dos pájaros de un tiro.
El periodismo es un método: no solamente es ir por la información, sino cómo se la trata, cómo la filtro, la confronto, la verifico; cómo construyó una hipótesis periodística, cómo la presento, cómo la vendo y cómo logro que esté en primera plana.
Todo eso es un método, y quien lo siga, venga de la medicina, de la quiromancia o de la abogacía, estará haciendo periodismo, a lo mejor por un momento. Pero si no lo sigue, que no venga aquí a decirme que es periodista o que está haciendo periodismo ciudadano. ¿Qué es eso? Yo también soy ciudadano, y todo periodismo lo es: no existe un periodismo no ciudadano. Si alguien hace periodismo militante, partidario, no es periodista: está usurpando una función.
Creo que lo fundamental es el método, y por eso el libro está dedicado a él. Si alguien, en un año de su vida, lo usó para el periodismo, muy bien. En el libro está contada la historia de una investigadora de temas educativos que hizo una gran pieza, la de los Lupitos. Ella no es periodista, pero esa pieza sí es periodística porque siguió el método. Una vez en su vida puede decir que fue periodista, y está bien, no tengo ningún problema.
AR: ¿Cuáles son las posibilidades de un mayor acercamiento entre académicos y periodistas? Usted dice que hay periodistas que han recuperado trabajos académicos para hacer historias, como es el caso de Ignacio Alvarado.
RR: La experiencia personal me llevó a esa reflexión. En el periodismo muchas veces me han criticado porque dicen que soy demasiado académico, y en la academia por ser demasiado periodístico. Hubo un momento en que mi confusión empezó a ser mucha, hasta que empecé a entender lo fundamental: que entre un gremio y otro han construido un muro de arrogancia, cuando la colaboración entre académicos y el periodismo siempre da resultados muy virtuosos.
En el ejemplo que usted ha mencionado, un trabajo sobre Procampo, fue una investigación que hicieron Fundar, el CIDE y el Woodrow Wilson Institute sobre el mal uso del subsidio al campo: como, en el caso mexicano, fue robarle a los pobres para darle a los ricos.
Esa investigación se hubiera quedado guardada si no fuera porque nos la llevaron al periódico (yo entonces trabajaba en El Universal) y dijimos: vamos a darle un tratamiento periodístico. Entonces nos pusimos a hacer entrevistas.
Cuando el periodismo abrazó esa pieza académica cambió la forma de operar: se hizo un escándalo, atrajimos reflectores, la investigación se hizo famosa.
Insisto: no puede ser que haya un muro donde lo que debe haber son puentes, un divorcio cuando lo que debería haber es un buen matrimonio, hay arrogancia donde debería haber generosidad. En ese sentido hay una insistencia de que académicos y periodistas hagan más trabajo juntos. Tienen mucho que aprenderse.
AR: Sobre caminar juntos, usted habla de que ciertos reportajes duros, de denuncia, pudieran salir en varios medios. Pero también señala que ni siquiera hay solidaridad en el gremio, ya no digamos para publicar un reportaje sino ni siquiera por la seguridad común. ¿A qué atribuye usted esta situación?
RR: Vivimos en una sociedad donde el poder desarrolló capacidades fuertes de fragmentación, por ejemplo, en liderazgos de distinto tipo, pero una que es muy evidente es la del ecosistema mediático, sobre todo en el gremio periodístico. Esto no exime de responsabilidad al gremio sino simplemente estoy contextualizando cómo ocurrió.
A mí me tiene muy impresionado que las muertes de periodistas no nos hayan unido como gremio, que no nos hayan puesto a indagar juntos allí donde una investigación quedó trunca porque un colega fue asesinado. El día que lo hagamos paramos las muertes. Si se le dice al narco “por cada uno que me mates, yo voy a acabar esa investigación y voy a descubrir quién fue”, en ese momento dejarían de matar periodistas. Ahora funciona: los matan y la investigación se muere. Pero si les adviertes que ésta sigue sin que importe que los asesinen, dejan de matar a los periodistas.
Eso es muy común: así se hizo en Irlanda, en Colombia, en Italia. ¿Qué ha pasado en México que no tenemos la fraternidad suficiente? Cuando nos tenemos que reunir para ver cómo hacemos investigaciones juntos, acabamos hablando de nuestros contratos laborales, de que son horribles los dueños de los medios, de lo maltratados que nos sentimos, etcétera. Pero el tema principal es el que se murió, no nosotros.
Considero que esa mezquindad necesita ser revisada. Me ofende mucho porque creo que de la principal debilidad de la libertad de prensa somos responsables nosotros.
AR: Vamos sobre la participación de los consumidores de periodismo, de la intervención activa, crítica, de las audiencias. ¿Cómo las observa usted ahora? Veo, por ejemplo, que en Facebook hay un boom formidable de noticias falsas, de divulgación de grabaciones de personajes de la vida pública, por ejemplo. ¿Cómo observa a las audiencias?
RR: Los seres humanos tenemos ángeles y demonios, y hasta hace muy poco se oían en voz baja mientras caminábamos en el Metro, cuando íbamos a la plaza.
¿Qué pasó con la revolución digital? Que nos entregaron un megáfono a todos, por lo que ahora se escuchan muy fuertes nuestros ángeles y nuestros demonios. Si hay un tema que nos indigna, se oye más potente. En ese sentido, sí creo que somos una generación que está aprendiendo a utilizar esas herramientas. El uso de ellas trae virtudes porque nos comunicamos y colaboramos mejor, compartimos y democratizamos información, lo cual es buenísimo.
¿Dónde está la parte negativa? Es tanto el ruido que oímos que preferimos irnos a encerrar con quienes están diciendo cosas parecidas a nosotros. Son las famosas burbujas de eco: si me caes bien y piensas como yo, te oigo; pero si al de junto ni lo conozco y me cae mal, a ese no lo escucho.
Entonces sí usamos el megáfono, pero nada más con gente como nosotros. ¿Qué pasa? Se genera una dinámica polarizante, en medio de la cual se vacían los puentes de conversación. Antes los medios eran puentes entre segmentos sociales distintos, pero hoy solamente responden a burbujas de eco, y así tienes la de Fox News, la de CNN o la del Financial Times, para no hablar de los mexicanos. Ya no hay un medio que conecte.
Tenemos un problema muy serio: no sabemos lo que pasa en la sociedad porque no conocemos lo que el otro está pensando. Es una sociedad que se violenta fácilmente, enojada porque no entiende al otro, incapaz de tener contacto, tolerancia y encuentro con él.
Allí sí hay un dilema muy serio, y es donde yo creo que esta transformación tecnológica está generando dinámicas perversas, de sociedades rotas, como la estadounidense, la británica y la nuestra.
¿Cómo vamos a lidiar con eso? No lo sé porque estamos entrando en ese mundo y apenas lo estamos conociendo.
AR: ¿Cómo el periodismo puede ayudar a construir esos vínculos en esas sociedades rotas?
RR: Tengo una convicción ética: creo que ese es el papel del periodismo. Cuando decía que surgió al mismo tiempo que la democracia es porque entiendo a ésta como la definía John Stuart Mill: el gobierno mediante el diálogo. Es decir, el periodismo es una herramienta de la democracia, del gobierno mediante el diálogo. El día en que rompa el diálogo deja de ser periodismo y nuestro ejercicio se convierte en militancia y autoritarismo.
Es una cuestión ética: el periodismo debe abonar a la construcción de puentes: contrastar las fuentes, las opiniones, no ser militante, no irse con los polos.
Las audiencias nos están pidiendo lo contrario: “Confírmame que yo tengo la verdad, que mi candidato es el bueno”. Entonces traemos un problema con ellas, que quieren una cosa y nosotros debemos hacer otra.
¿Qué tan grave es todo eso? Mucho. Es un asunto muy fatigoso, por lo que uno se pregunta: ¿valdrá la pena? Frente a eso tengo una respuesta de una mujer muy religiosa, Santa Teresa de Ávila, que fundaba muchas órdenes religiosas y conventos. Un día alguien le preguntó: “Oiga, ¿y por qué hace todo esto? ¿No es muy cansado? ¿Y qué tal si Dios no existe?”. Respondió: “Si Dios no existe, él se la perdió. Yo voy a seguir haciéndolo”.