Compleja es la democracia, la libertad y la soberanía se tienen que ejercer y proteger con restricciones. Vivir en sociedad sin restricciones es vivir en el caos y la violencia permanentes. La sociedad democrática es donde lo libre significa responsabilidad y acuerdo, control y autocontrol. Un trabajo donde la acción de los medios de comunicación colectiva debe ser ejemplar, educativa, transformadora. Porque la opinión pública es la instancia conductora de los ideales de libertad.
Todo el tiempo las tres instancias del poder material (mercado, estado y opinión pública) tienen que criticarse y restringirse entre sí, para con ello proteger la unidad política de los diferentes y diversos, sin perder ni arrollar las diferencias. Esa es la acción demócrata real que nos libra de las dictaduras y las tiranías. Saber compartir las responsabilidades y restringir las acciones egoístas e irracionales. No es un funcionar perfecto; pero sí demuestra ser el más eficaz para el bien de la gran mayoría.
Entonces, lo más dificultoso (para la persona, el grupo, el país y la humanidad) es ejercer la autocrítica y el autocontrol; saber detectar los errores y defectos propios; saber aplicarnos restricciones a nosotros mismos. Autogobernarnos de verdad, controlar de modo razonante nuestro ser social; poder hacer política justa y liberadora, política efectivamente responsable y soberana; restringiendo con argumentos y leyes nuestro egoísmo. Según nuestra voluntad (individual y colectiva) de ser libres en situación de igualdad y equidad universales.

Por eso es importante saber identificar y actuar desde la opinión pública contra la ideología fascista; que es la ideología que usa la democracia en contra de la democracia; la ideología egoísta posesiva del estado totalitario. Hay que aprender a ser sin el sujeto autoritario que todo lo escinde con la lucha neurótica entre sólo dos bandos enfrentados a muerte, justo lo contrario de la política democrática.
Tenemos que aprender a vivir de verdad en situación “no fascista”, dominando al tirano que aún llevamos dentro. Para esto es bueno recordar lo que escribió Michel Foucault como Prefacio para la edición estadounidense del Anti-Edipo de Félix Guattari y Gilles Deleuze. Allí se nos dice que el sujeto fascista “ama” el poder que lo somete y aliena, se auto-engaña por servidumbre voluntaria y ciego rencor, por miedo a lo otro y diferente, a lo extraño y extranjero. Porque el fascismo es nuestro miedo a ser libres con los demás.
La ética anti-fascista libera la acción política de toda paranoia unitaria y totalizante, reconoce que la realidad política debe ser plural y diversa, dialogante. Desarrolla sus acciones, pensamientos y deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, y no por subdivisión y jerarquización piramidal. No cree en los dualismos que escinden entre lo negativo y lo positivo, prefiere lo múltiple y cambiante que implica muchos puntos de vista y una infinidad de interpretaciones. Considera que lo productivo no es sedentario, sino nómada.
Es decisivo saber que uno no tiene que estar triste y airado todo el tiempo para ser crítico de la realidad, incluso si aquello contra lo que uno lucha es abominable. Hay que saber conectar el deseo (personal y colectivo) con la realidad, saber desear lo justo sin exclusiones, lo justo sin excepciones. Nunca se debe creer que uno posee la verdad indiscutible ni se debe emplear la práctica política sólo para desacreditar o descalificar por mera especulación; todo acto real debe estar fundado en datos reales. Porque hacer política anti-fascista significa intensificar el pensamiento.
No se debe pedir a la política que restituya los “derechos” del individuo, plantea Foucault en su punto más radical, no tal como los ha definido la filosofía. El individuo es producto del poder; una hechura del mercado, el estado y la opinión propios del “individualismo posesivo”. Lo que hace falta es “des-individualizar” por medio de la multiplicación y el desplazamiento, las combinaciones diversas y las desterritorializaciones. El grupo no debe ser un lazo orgánico que une individuos jerarquizados, sino un constante generador de des-individualización.
Y lo más importante que propone Michel Foucault para generar una ética anti-fascista es que “no te enamores del poder”. No olvides que el fascista se enamora de lo que lo enajena, el poder real tiene que fluir siempre, sin detenerse y estancarse en grupos o individuos.

