sábado 24 febrero 2024

Diálogo en el infierno entre López Obrador y Loret de Mola (con perdón de Maurice Joly)

por Óscar Constantino Gutierrez

Noveno círculo del averno, 19 (tusilago) de ventoso del año CCXXXVIII, 10:30 horas, tiempo del inframundo. Andrés Manuel López Obrador descansa, entre dos sesiones de tortura con tridente y azufre (ventajas de que toda la dirigencia del SME estuviera condenada al tártaro: lograron la conquista sindical de una pausa entre rutinas de tormento):

Andrés: ¡Qué calor! ¡Ni el verano de Macuspana es así de abrasador! Cómo extraño mi pozol con hielitos y mis tamales de chipilín. ¡Qué injusticia que esté aquí!

(Llega Carlos Loret)

Loret: Expresidente, buenos días.

—¿Qué tienen de buenos? Me estoy quemando y el suplicio no tendrá fin. (Hace una pausa y se queda mirando al vacío) ¿Y qué jijos de Noroña andas haciendo por aquí? ¿Ya te moriste? Tenía razón: te condenaron por corrupto, fifí y traidor al pueblo.

(Se ríe) No, expresidente, me pidieron que viniera a confortarlo. Es como el consuelo que Epulón rogó que Lázaro le hiciera, ¿se acuerda del relato?

—¿Lázaro? ¡Ese es un sicario de los Junco! ¡Miserables!

—No, don Andrés: Lázaro el de la parábola. ¿No que usted era tan evangélico? Me pidió san Miguel que me diera una vuelta porque sus camaradas lloran por su partida: no dejan de hacer oración afuera de la basílica, por eso las oficinas centrales decidieron concederle una gracia. Y no, estoy vivito y coleando; es un favor que le hago, de todo corazón.

—Mejor me hubieran mandado al monero Hernández, ¡qué mentada!

—Relájese. Además de traerle una botellita de agua, que sé que bastante falta le hace, vengo a preguntarle si quiere mandar un mensaje a sus huestes dolientes.

—Mucho te van a creer. Corrupto, materialista, interesado. Necesito otro emisario.

—La verdad, dudo que le manden a Pedro Miguel o a los moneros, para empezar porque andan en el octavo círculo de este establecimiento, en la octava fosa, para ser más preciso. Mejor le dejo su botellita y le aviso a su público que no tuvo nada que decir. Lo dejo en sus pendientes, que ahí viene Belial con su servicio de las once. ¡Hasta luego!

—No, espérate, no te vayas.

—¿No?

—No… Por contrato colectivo no nos atormentan mientras haya visitas. Con eso de que no son frecuentes, Lucifer no tuvo problemas en aceptar la cláusula. Dime, ¿qué ha pasado en México?

—Uy, es largo de contar, pero se lo resumo.

—¿Qué pasó? Yo no le hago a eso.

—No sea pelado, le voy a hacer una síntesis. Después de que su candidata perdió, se formó un gobierno de coalición, simplificaron la administración y se abrió la inversión en el país. De hecho, gracias al aumento de la inversión, hay menos desempleo, subió el ingreso promedio y tenemos programas sociales con indicadores, que permitieron reducir casi a cero la pobreza extrema. Hoy crece la economía 3.5 puntos anuales en promedio, se restituyeron todas las autonomías, crearon otras nuevas, así como se simplificaron y agilizaron los procedimientos judiciales. La mejora regulatoria es para todas las autoridades, empezando por el Congreso: tenemos apenas 10 por ciento de las leyes que había cuando usted era presidente y todas las materias se resistematizaron y codificaron. Hasta la Constitución es más breve, clara y sencilla. Estamos en el octavo lugar del Índice de Libertad, ¡superamos a Uruguay! La Tesorería y el SAT ya no dependen de presidencia: las fusionaron en un órgano público autónomo. Se quitaron varios impuestos y la informalidad disminuyó a 10 por ciento de la población económicamente activa. De hecho, nuestro primer socio comercial ahora es la Unión Europea.

—¿Y Trun?

—Purgando cadena perpetua en una prisión especial en la Isla del Diablo; lo condenaron en La Haya, igual que a Gatell… y como a 80 por ciento de sus colaboradores.

—¿De Gatell?

—¡De usted! A ellos los mandaron a una isla diferente de la de Trump, pero traen más o menos el mismo tratamiento.

—Qué pinche injusticia, malditos neoliberales.

—Mire, don Andrés, yo no le guardo rencor. Pero usted fue un tirano y creo que falleció sin entender que no entendía.

—Eres un miserable corrupto, mercenario, mira que meterse con mis pobres hijos.

(Se ríe por lo bajo) Cómo me hubiera gustado tener esta entrevista cuando usted estaba vivo. A ver, señor, su hijo mayor es un baquetón y ya confesó todo sobre la Casa Gris, porque quería hacer un trato con la fiscalía.

—Tú ganabas 15 veces más que yo. Te pagaba la mafia del poder.

—Ese cuento ya está superado, todos en México saben que usted nos costaba más de 100 millones de pesos al año, que su sueldo real no era de 167 mil pesos, sino de 10 millones de pesos mensuales. Y respecto a Andy…

—¡Ya! ¡Cállate! ¡Me tienes harto!

—Entonces no lo molesto más, me voy.

—Nooo, me expresé mal. Espérate. Esdeque, ¿por qué no revelaste tus ingresos y sí los de mis hijos? Ellos no estaban en el gobierno.

—Se lo explico de manera que lo entienda. Yo no era hijo de un presidente, ni tenía una esposa dedicada al cabildeo de contratos petroleros ni me prestaron una mansión propiedad de un ejecutivo de una empresa a la que Pemex le triplicó el monto de los contratos. Y usted, muy bonito, predicaba que hasta los particulares no debían vivir con lujos, mientras el pasmarote de su chamaco se daba vida de sultán.

—Te pagaban con dinero del presupuesto, me dieron las pruebas.

—Los chismes del doctor Jajá no son pruebas, don Andrés. Ese pobre señor cree en los reptilianos y usa un sombrero de papel aluminio para comunicarse con los astronautas de Palenque. Además, no chille, hasta a mi esposa metió en sus ataques.

—Esdeque la transformación…

—Déjeme refrescarle la memoria. Cuando le dio el tramafat, había 4 millones más de pobres, 600 mil muertos por la pandemia, estábamos en recesión técnica, la inflación superaba 7 por ciento y Pablo Gómez estaba por confiscar los ahorros de cualquiera que criticara a su gobierno. ¿Cuál transformación? Solo que a una dictadura le llame así.

(Vuelve a mirar al vacío, se pierde dos minutos) ¿Qué pasó con Pablo?

—También anda en el octavo círculo, pero en la séptima fosa. Cuando llegué, lo estaba azotando Caco.

—¿Caco? Ah, entonces todo queda en familia.

(Suspira) Como le decía, su transformación fue puro cuento, más pan con lo mismo. Por eso le fue como le fue cuando revelé lo de Andy…

—Noooo. ¡Mercenario! ¡Enemigo del pueblo!

(Mira su reloj) Bueno, ahora sí ya me tengo que ir. Se nota que no quiere entender y yo tengo una ceremonia en un rato.

—¿Ceremonia? ¿De qué?

—Sí, nos van a entregar el Pulitzer a María Amparo Casar y a mí, por lo de la Casa Gris y los negocios de Andy. Si tengo oportunidad, luego me doy otra vuelta, se va por la sombrita (se va).

(Andrés, ya solo, grita enfurecido) ¡Loreeeeet!

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