sábado 13 abril 2024

El Chumel y la señorita Betty: una historia de censura desde el poder

por Óscar Constantino Gutierrez

Bastó un tuit de Beatriz Gutiérrez para que un encuentro sobre racismo, organizado por el Conapred, fuera cancelado. ¿Cuál fue la falta del organismo? Haber invitado a la bestia negra de la 4T, el influencer y comediante José Manuel «Chumel» Torres.

Y no, no fueron los 56 mil tuits que discutieron si era correcto o no invitar a Torres a esa charla. Fue la censura desde Palacio, pública, notoria: en los actos de este gobierno, no puede participar un opositor.

El pretexto fue alguna de las expresiones donde José Manuel jugó sobre la línea con las bromas sobre el hijo menor del presidente López. El argumento, zafio, simplón, fue que se burló del hijo de la reina. Y en una monarquía absoluta eso es imperdonable: Chumel debe dar gracias de que no está en la Torre, esperando la horca.

En esta columna se han criticado los excesos de Chumel, pero no es un racista. Quizá sea bastante imbécil con ciertos temas y, con otros asuntos, sea un quedabién. A pesar de su admiración por George Carlin, confesada en varias ocasiones y con notoriedad en algún programa de Franco Escamilla, Torres juega muy seguido a la corrección política en ciertos temas, los del gusto de su target. Pero, de nuevo: no es un racista. De hecho, es un hombre muy valiente, que dice lo que siente, sin importar las consecuencias.

Hay una frontera delgada entre el discurso discriminatorio y el humor negro. Quien juega sobre ella puede de repente pisar en el área prohibida, como pasa en el fútbol. Y ahí toca marcar la falta. Y ya. José Manuel a veces cae en ese tipo de errores —aquí los hemos señalado—, pero no es un supremacista o clasista. A los trolles de la 4T habría que decirles que se dejaran de estupideces: Chumel es un ingeniero huérfano, que trabajaba en la maquila y a punta de esfuerzo y corazón llegó al lugar en que está. Viene de la clase media baja, de un hogar donde, como muchos del país, existía una brecha importante entre lo que los niños deseaban y lo que sus padres podían darles. En suma, no tiene de dónde sacar lo discriminador.

Este martes, en La Radio de la República, Chumel puso el dedo en la llaga: lo que hizo este régimen se equipara a la censura salinista. Ningún gobierno, desde el año 2000, se habría atrevido a silenciar una voz en un acto auspiciado por una entidad pública. Al comediante nada le quita este acto de amordazamiento desde el poder. Sólo su transmisión de hoy tuvo 7 mil 500 conexiones, Chumel cuenta con diecisiete veces más seguidores en Twitter que el Conapred y El Pulso de la República registra, en promedio, 700 mil vistas por programa: más de cinco veces las conexiones que López Obrador reconoció en febrero del año pasado (y que su vocero luego infló a 3 millones… seguro, Jesús).

Yo, al menos, no espero —ni deseo— que Chumel deje de jugar en la línea. Como cualquier buen artesano, de sus errores aprenderá y corregirá. Pero esa ilustración no vendrá de los propagandistas del régimen, sino de sus audiencias, de los 2.56 millones de suscriptores que en YouTube pueden reclamarle que haga chistes de chinos sobre Osorio Chong o alguna otra broma que les incomode.

Hay que entender algo, si es que queremos que este país no se vuelva una dictadura: no hay democracias sin pluralismo, sin pleno ejercicio de las libertades, con especial lugar para la de expresión. Este gobierno sólo respeta las opiniones conformes al régimen y, nuevamente, debe recordarse a propósito de George Orwell —la frase no es de él, sino de L.E. Edwardson— que «periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas». Y existe un odio sistemático de la 4T contra un ingeniero, que hace videos en YouTube y dice lo que ellos no quieren oír.

El saldo de este error del Conapred ya se avizora: a pesar de la cancelación instigada por la corte lopista, Tenoch Huerta, Chumel y Maya Zapata harán la plática por su cuenta. Pueden verla este jueves 18 de junio a las 18:00 horas en el portal racismo.mx (el nombre del sitio no es bueno, pero lo que importa es que el diálogo se realizará, a pesar de la torpeza del pejeato).

Chumel ya anunció que nunca más hará algo con el Conapred. Hace bien. No se puede confiar en un consejo para prevenir la discriminación… que discrimina.

Lo más absurdo de todo es que, en los países desarrollados, se lleva a los racistas a debatir, porque sólo en la deliberación democrática sale la luz. Aunque Chumel fuera un racista —que no lo es—, el gobierno no debió censurarlo. Pero en este país las autoridades se rajan al menor movimiento del índice de la Casa Real: el peligro para los mexicanos es que basta un tuit de la reina consorte para desaparecer a alguien. No minimicemos el hecho.

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