López Obrador ofreció durante su larga campaña un México idílico, producto de su 4 Transformación, que en muchos temas incluso alcanzaría niveles escandinavos, como en salud, educación y pensiones: “Todo esto puede lograrse en México si desterramos la corrupción porque el país cuenta con muchos recursos y riquezas naturales y un pueblo honrado y trabajador” (2018; la salida. 2016). Una cuasi-utopía, en la cual aún creen muchos de sus seguidores y votantes. En contraste, los críticos más radicales de López Obrador anunciaban que bajo su gobierno llegaríamos a una situación semejante a la de Venezuela. A mí esa proyección me parecía excesiva, y más bien pensaba que en el escenario optimista, tendríamos algunas mejoras en varios temas, y en el escenario pesimista nos adentraríamos a un deterioro en esos mismos temas, pero sin llegar a la catástrofe venezolana. Por ahora, me parece que ha prevalecido el escenario pesimista (mayor deterioro pero no catastrófico).
¿En qué consiste el México idílico cuyos cimientos, según la narrativa obradorista, están ya prácticamente listos? Para empezar un crecimiento sostenido del 4 al 6%, que contrastaría con el mediocre 2% promedio del neoliberalismo. Y ello se traduciría en “un millón 200 mil nuevos empleos cada año, 7 millones de empleos en el sexenio” (No decir adiós a la esperanza. 2012).
Es verdad que el crecimiento por sí mismo no implica desarrollo social, sino que se requieren políticas redistributivas. Pero sin crecimiento no hay nada que distribuir, y difícilmente se logra elevar el bienestar como ahora pretende AMLO.
Y “ningún mexicano padecerá de hambre y nadie vivirá en pobreza extrema ni se quedará sin oportunidad de estudiar o sin asistencia médica y medicamentos”. En materia de medio ambiente “tendremos reforestado todo el territorio nacional y garantizada la conservación plena de flora y fauna; habremos recuperado ríos, arroyos y lagunas; realizado obras de tratamiento de aguas negras y de desechos o basura, y la sociedad tendrá una mayor conciencia ecológica”. El programa de “Jóvenes construyendo futuro”, abarcaría a 7 millones de ellos. (2018; la salida. 2016)
En materia de seguridad, “la delincuencia organizada estará acotada y en retirada”, en parte porque “los jóvenes no tendrán necesidad de tomar el camino de las conductas antisociales y se le quitará a la delincuencia la posibilidad de incorporar a sus filas a quienes, como ahora, no estudian ni trabajan”. De modo que “Ya no será México el país de la violencia, de los desaparecidos y de la violación de los derechos humanos” (No decir adiós… Op.Cit).
En cuanto a la corrupción, la meta es “erradicar la corrupción, no aminorarla, no reducirla, no mantenerla a raya… ¡Acabarla, desterrarla!”. (Excélsior, 19/IV/17). La fórmula para ello consiste en “Predicar con el ejemplo… si el presidente es honesto, ese recto proceder tendrá que ser secundado por los demás servidores públicos”. Y desde luego, una meta superior es la convivencia y fraternidad entre los mexicanos, la llamada República Amorosa, para cuya consecución ya circula una Guía Ética. López Obrador dijo, desde 2012, “Debemos insistir en que hacer el bien es el principal de nuestros deberes morales. El bien es una cuestión de amor y de respeto a lo que es bueno para todos” (No decir adiós… Op.Cit). AMLO asegura que 97 de sus 100 compromisos iniciales están ya cumplidos. Sólo faltan tres.
Curiosamente, ante tan elevadas ofertas, se sin embargo muy realista: “En el terreno de lo programático actuaremos con el mayor realismo posible y sin ocurrencias o engaños… Un gobierno debe convocar la esperanza pero sin caer en falsas promesas, porque terminará enredado en su propia demagogia” (2018; la salida Op.Cit). Lo bueno para él, es que millones de sus seguidores no ven demagogia alguna en su discurso, sino un puntual cumplimiento de su magno proyecto.

