miércoles 21 febrero 2024

La Cruzada de los niños

por Rodolfo Lezama

A mi hijo Adrián, mi motivo siempre

Las niñas y los niños expresan su sabiduría a través de una frase: “No lo sé”, que supone una negación, pero también una fórmula mágica a través de la cual comunican el infinito: algo conocido y a la vez desconocido, mensaje que se interrumpe y sigue su curso con la libertad del conocimiento secreto. En La cruzada de los niños, libro de Marcel Schwob, queda de manifiesta esta circunstancia cuando el leproso le pregunta a Johanes el Teutón, el motivo de su viaje:

            —¿A dónde vas? —continúe diciéndole.

Y él respondió:

—A Jerusalén, a conquistar la Tierra Santa.

Entonces me eché a reír, y le pregunté:

—¿Dónde está Jerusalén?

Y él respondió:

—No lo sé.

Y yo le dije:

—¿Cómo se llega allí?

Y él me dijo:

—No lo sé.

Y yo le dije aún:

—¿Qué es Jerusalén?

Y él respondió:

—Es Nuestro Señor.

Entonces me eché a reí de nuevo, y le pregunté:

—¿Quién es tu Señor?

Y él me dijo:

—No lo sé; es blanco.

[…]

—¿Por qué no tienes miedo de mí?

Y él dijo:

—¿Por qué iba a tener miedo de ti, hombre blanco?

El joven viajero no tuvo miedo ni repulsa del leproso, sino que observó lo que quiso: un hombre que, como su Señor, tenía una blancura característica –la misma de Dios– a pesar de que una fuera monstruosa y la otra divina. En su candor, el niño de diez años fue capaz de ver la misma humanidad en dos seres diferentes y, gracias a esa inocencia, se comprometió en una empresa que le llevaría a la muerte, después de reunir en un mes a 300 mil niños y emprender una “desastrosa marcha” a Tierra Santa, para rescatar el sepulcro sagrado del dominio musulmán.

Ese intento fallido fue posible por una barbaridad que se ha extendido en el tiempo, considerar a los niños seres inferiores, dependientes y sin una conciencia y saber propios, de quienes se puede sacar provecho, como si su valía fuera poco digna de consideración. Schwob lo dice fatalmente: “Hay por hí malvados que sacan los ojos a los niños, y les cortan las piernas, y les atan las manos, para explotarlos e implorar caridad”.

En la antigüedad, los niños morían por falta de cuidado. Gracias a su fragilidad desaparecían prematuramente y los miembros de la tribu, para combatir el pesar, eligieron una forma de minimizar el dolor de su pérdida convirtiéndolos en la reencarnación de sus antepasados: cuerpo habitado por el alma de alguien más.

Esta circunstancia, sin embargo, no cambió demasiado con los años. Aún en el siglo XIX los niños carecían de derechos mínimos y eso se reflejaba en el trabajo infantil                      –extenuante y mal remunerado– que llenó las páginas de obras de la época. Quizás quien mejor lo pudo plasmar a través de las numerosas hojas de sus gruesas novelas fue Charles Dickens, que escribió el Oliver Twist como una denuncia en contra de la miseria infantil, de las duras condiciones que tenían que soportar para sobrevivir y el riesgo que implicaba la vida en las ciudades.

Pero esa no fue la única obra que llevó como protagonistas a niños o adolescentes en circunstancias apremiantes. Cuento de navidad, relata la miseria de una familia trabajadora que, en uno de los posibles finales, pierde al más pequeño de sus miembros –el pequeño Timmy– presa de una enfermedad, que no se pudo tratar adecuadamente por la precariedad en la que vivían. Otro ejemplo de la vida difícil es Secuestrado (Memoria de las aventuras de David Balfour) donde se narra la historia del protagonista, quien, en el marco de una Escocia dominada por la guerra, es vendido como esclavo, sobrevive a un naufragio, es testigo de un crimen y perseguido por el ejército inglés. Finalmente, David Copperfield, obra de carácter autobiográfico, donde se cuenta la historia del protagonista, quien nació huérfano de padre, a los 10 años perdió a su madre y fue victima de violencia por parte de su padrastro. Como si eso no fuera suficiente, se vio obligado a trabajar largas y dolorosas horas en una fábrica, donde lo explotaron hasta que pudo escapar y encontrar refugio en casa de la hermana de su padre.

Ese tipo de historias eran comunes y estaban normalizadas en la realidad. Los niños sufrían esos atropellos porque la fatalidad se consideraba una consecuencia ineludible de su destino. Desgraciadamente, esa situación no ha cambiado del todo con los años y ello se reflejaba cotidianamente en la realidad.

Recuerdo que durante mi infancia se transmitieron en televisión pública dos series animadas japonesas, que tenían como característica relatar el infortunio interminable de dos adorables huérfanos, sometidos a terribles suertes por efecto de las circunstancias: Candy Candy y Remi. Esos dos programas definieron la psicología de mi generación y acaso la de nuestros padres, pues, si lo normal era que estos pequeños tuvieran dramas televisados, que todos seguimos a través de repeticiones y reprogramaciones de los mismos capítulos durante años y años, ¿por qué sería algo impensable que niñas y niños, en la realidad, sufrieran maltrato, carestía, explotación y violencia física o mental?

A lo largo de los años se ha intentado paliar –que no solucionar definitivamente– la situación de pobreza, maltrato e injusticia de niñas y niños a través de la aprobación internacional, regional y doméstica de tratados, normas y criterios judiciales que, si bien constituyen un avance, en los hechos no dejan de ser un discurso político que sirve a las autoridades para mostrar públicamente que están tomando acciones para abatir el mal,  pero al final no dejan de ser medidas poco útiles y satisfactorias para los niños que sufren maltrato, violencia o una injustificada miseria.

En el pasaje del Papa Inocencio en La Cruzada de los niños, el anciano religioso se lamenta de la masacra de infantes en tierra santa, y aunque se duele de la muerte de “inocentes”, al final razona que la imprudencia de la empresa infantil se explica seguramente en el hecho de que han sido poseídos por “el Maligno”. Mismo pensamiento tiene Kalandar, piadoso musulmán, que reconoce la inocencia de los marchantes: niños de blanco con una cruz cosida en sus túnicas, quienes van en persecución de una empresa insensata “poseídos por Satán”, pues de otro modo no se explica el disparate de su intento de viajar a tierra extraña y someterse a todos los riesgos, por un acto de fe.

Al correr de los años me pregunto: ¿hasta dónde esa visión irracional, pero verdadera, sigue permeando la realidad de nuestros días, a través de otros vocablos? Ya nadie se atrevería, en su sano juicio, a invocar “al Maligno” para explicar el comportamiento infantil, pero sí a referenciar toda una serie de desajustes psicológicos y emocionales para dar una explicación de aquello que los adultos no podemos comprender. Esos adultos que fuimos educados con Remi y Candy, Candy; esos adultos que normalizamos las golpizas paternas y maternas o los insultos y otros tipos de violencia; esos adultos que, en su calidad de autoridades, no hacen nada ante la migración infantil, el abuso sexual, el maltrato parental o maternal, etcétera, acaso porque queremos escuchar las mismas respuestas que nosotros daríamos para entender un problema, sin percatarnos que cuando una niña o un niño vocalizan una respuesta inesperada –No lo sé– lo que en realidad quieren expresar es la necesidad de que la pregunta se reformule para acercarse al problema, para ensayar otros tipos de comunicación que jamás deben leerse como una negativa, sino como una comunicación cifrada, una frase mágica que, para entenderla, requiere algo más que leerla en su literalidad: empezar a comprender el secreto.

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