jueves 29 febrero 2024

Los supervivientes

por Rafael Hernández Estrada

Personajes particularmente singulares son aquellos políticos capaces de sobrevivir en el pináculo de su oficio conta viento y marea. Para triunfar en la jungla de la política hay que estar hecho de una pasta especial. Winston Churchill, por ejemplo, fue un maestro de la supervivencia política. A pesar de sus sonados fracasos en los ministerios que ocupó durante su larga carrera, y no obstante haber mudado de partido tres veces, logró ser nombrado primer ministro en el momento más oscuro en la historia del Reino Unido y llevarlo al triunfo en la guerra. Otros célebres supervivientes fueron Richard Nixon, Giulio Andreotti, François Mitterrand y Joaquín Balaguer, por citar solo algunos ejemplos modernos. Para el historiador Pablo Colomer, Alcibíades -el célebre estratego ateniense- en un ejemplo clásico de superviviente político, quien “Desde muy joven, Alcibíades fascina y escandaliza a todos por su audacia, arrogancia y ambición”.  “Presuntuoso y provocativo, se paseaba por el ágora con una túnica púrpura que llegaba hasta el suelo”, cuenta Jacqueline de Romilly en su estupendo tratado sobre el personaje, “figura de la ambición individualista en una democracia en crisis, ilumina con sus seducciones y sus escándalos nuestras propias crisis”. Y es muy cierto hoy, cuando estamos rodeados de Alcibíades, esto es, de oportunistas tenaces, de ambiciosos sin límites, de supervivientes políticos natos. 

Supervivientes contemporáneos son Benjamin Netanyahu y Ángela Merkel. Colomer comenta: “al compararlos, los sustantivos para abrillantar al primero se confunden con los utilizados para deslustrar a la segunda: prudencia, pragmatismo, oportunismo… La característica que más los emparenta, sin embargo, es otra, quizá la más destacada de ambos: su habilidad para mantenerse en el poder contra viento y marea”. ¿Oportunistas, supervivientes consumados, grandes cínicos o simplemente suertudos? Pedro Sánchez, recientemente reelecto por el parlamento español como jefe de gobierno, es un paradigma del superviviente político, sin duda uno de los más asombrosos. En menos de una década transitó del absoluto anonimato a primer ministro y si es capaz de cumplir con su nuevo mandato se convertirá en el segundo gobernante con más tiempo en el cargo desde el inicio de la transición española, solo tras Felipe González (catorce años en el poder). 

Cuando en 2014 Sánchez se lanzó para tratar de ganar las primarias del PSOE nadie daba un duro por él. Era un político novato, desconocido y sin bases de sustentación. Nunca había pertenecido ni a la Comisión Ejecutiva ni al Comité Federal del PSOE, pero el partido estaba casi desahuciado. Su relevo como principal fuerza de izquierda por parte de Podemos parecía inminente. Se necesitaba una cara nueva, vigorosa y con capacidad de comunicación. Sánchez era el hombre y por eso ganó. Desde entonces ha ido de milagro en milagro, siempre con su suerte al límite e incluso padeciendo sonados fracasos como cuando dimitió como secretario general del partido en 2016, solo para volver triunfante en las nuevas primarias socialistas de 2017. Presentó en 2018 una moción de censura contra Mariano Rajoy con muy pocas posibilidades de prosperar, pero tuvo éxito y fue la primera iniciativa de este tipo triunfante en la democracia española. Un años más tarde, ya como inusitado jefe de gobierno, convocó dos veces a elecciones generales y tras azarosas negociaciones con Podemos formó la primera coalición de gobierno vigente en España desde los años treinta.  Los analistas aseguraban un gobierno efímero con una mayoría tan limitada y una coalición apodada “Frankenstein” por su excesiva heterogeneidad, pero prácticamente terminó su mandato. Logro aprobar en el parlamento tres presupuestos y más de 200 leyes (aunque no todas virtuosas) y no dejó de cometer algunos errores y de tomar ciertas malas decisiones.

Hoy Sánchez es líder indiscutible dentro del PSOE (pese a sufrir la antipatía de Felipe González y otros lideres históricos) y asume por tercera vez la presidencia del gobierno de España después de haber logrado ganar una votación de investidura en el Parlamento con 179 votos a favor. La coalición es aún más heterogénea, pero su origen mucho debe a la intransigencia de la oposición.  Alberto Núñez Feijóo creyó poderle derrotar sin gran dificultad simplemente enarbolando el sentimiento anti-Sánchez con el cual los conservadores habían logrado sendos triunfos en las elecciones autonómicas de junio. No funcionó. Sánchez ganó un millón de votos más que en 2019, pese a que la mayoría de los encuestadores no daban ni un clavo a sus posibilidades de permanecer en La Moncloa. Su estrategia fue, de nuevo, una buena comunicación. Fue capaz de movilizar a los sectores progresistas para evitar una coalición de gobierno entre el PP y Vox. Aunque el triunfo tendrá sus costos. El presidente del Gobierno aceptó para formar coalición una amnistía que siempre había rechazado antes y ahora deberá atender el debate territorial mediante difíciles negociaciones tanto catalanes como vascos. Pero si algo sabe hacer Sánchez es adaptarse a las circunstancias tiempos. El pragmatismo y de la capacidad de rectificar posiciones están en la esencia de su estilo, tan aborrecido por la oposición. 

No es fácil definir cuáles son los factores clave presentes en la personalidad de un político superviviente. Pero de todo el listeado que al respecto presentan algunos especialistas, mi favorito es el de saber tomar la política como un juego donde -ciertamente- se abordan cosas serias como la economía, la atención médica, política exterior, la seguridad nacional, etc., pero en nada ayuda obsesionarse o inquietarse demasiado. Por eso es indispensable mantener cierta mentalidad de juego. Otra buena recomendación al político superviviente es saber elegir solo unas pocas prioridades de gobierno y concentrase en ellas. Extenderse demasiado es malo y prueba de ello son los constantes fracasos de aquellos líderes que con las mejores intenciones quieren corregir todos los problemas y luchar contra todos los males al mismo tiempo. Intentarlo condena a la inoperancia, por eso es bueno elegir algunos objetivos cardinales y, eso sí, siempre estar atentos a los vientos de cambio, poseer flexibilidad y saber ser pragmáticos. Pero quizá el consejo más importante en estos tiempos funestos que vivimos es cultivar la “capacidad de comunicación”, saber ser espontáneos, hablarle a la gente en los términos en te entiendan y diciéndoles siempre las cosas que quieren escuchar y, los más difícil, aprender a presentar con desparpajo los cambios en las decisiones y la renuncia a ciertos valores y promesas cual si se tratara de grandes virtudes de estadista.

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