domingo 26 mayo 2024

Madres activistas frente al crimen organizado

por Antonio Medina

El dolor de las madres ante la desaparición o feminicidio de sus hijas, es devastador. Es morir en vida, han testimoniado algunas. Ante el dolor y la indignación, muchas mujeres en México se han  convertido en aguerridas activistas para obligar a las autoridades judiciales y a los gobiernos que cumplan con su obligación de encontrar a sus hijas (vivas o muertas), castigar a delincuentes y evitar más feminicidios o trata de mujeres y niñas.

Estas madres han realizado muchas veces el trabajo que corresponde a fiscalías y gobiernos. Se han especializado, han indagado, escarbado la tierra con sus propias manos y uñas; han ido a los lugares de trata y enfrentado a los delincuentes cara a cara. En algunos casos, estas valerosas e indignadas madres, han logrado rescatar a sus hijas.

No han sido pocas las ocasiones en que su persistencia y sentido común ha logrado encontrar el cuerpo de sus hijas en desiertos, en parajes baldíos o en fosas clandestinas. Otras veces las han rescatado de mafias criminales. Su búsqueda no tiene descanso. Con su ímpetu, estas madres develan constantemente la falta de compromiso de autoridades, que las ven como una amenaza al no investigar debidamente y garantizarles la aplicación de la justicia.

La violencia feminicida en México ha llegado a grados máximos en donde todos los gobiernos se han visto rebasados por el crimen organizado, al grado que el abandono de la búsquedas de mujeres y la burocracia de las fiscalías, juega a favor de los criminales y vulnera familiares de víctimas.

En sólo tres de cada 100 casos, los criminales son castigados. 97 quedan libres.

Ante esa realidad, las madres avanzan más que las autoridades porque buscan, indagan, investigan y encuentran. Su involucramiento se convierte en una amenaza para las mafias y (en algunos casos) autoridades coludidas, poniendo en peligro sus vidas y provocando que se les revictimice con amenazas, atentados, e incluso, sufriendo también la violencia criminal, esa fiera anónima que todo el tiempo las amedrenta para persuadirlas de sus búsquedas.

Existen casos donde las madres han perdido la batalla con su propia vida. Uno de ellos se dio el pasado 30 de enero en Morelos, en donde la señora Ana Luisa Garduño Juárez, que buscó por todos los medios hacer justicia por el feminicidio de su hija Ana Karen Huicochea, fue finalmente asesinada.

Luego del feminicidio de su hija en 2012, Ana Luisa comenzó su lucha por hacer justicia y castigar a quien le arrancó la vida a su hija. La burocracia, la indolencia de funcionarios y falta de compromiso de la fiscalía y gobierno estatal, obligaron a esta madre buscar medios propios de defensa. Se preparó profesionalmente, se convirtió en activista, fundó el Colectivo Ana Karen Vive A.C. y el Frente de Víctimas del Estado de Morelos.

Su voz fue escuchada en medios locales y nacionales. Se convirtió en una líder de opinión incomoda. Finalmente, la señora Ana Luisa fue asesinada el pasado jueves en Temixco por un individuo que cegó su vida con tres balazos a quema ropa.

Otro caso muy sonado en México fue el de Maricela Escobedo hace poco más de una década. Su historia la narra Carlos Pérez Osorio en un crudo documental (Netflix) que plantea que esta madre activista tuvo tres muertes: una cuando su hija fue asesinada a los 16 años; la segunda, cuando la justicia mexicana decidió absolver al asesino por no haber conformado una carpeta de investigación correctamente (y por la posible negligencia de jueces que privilegiaron la corrupción, antes que aplicar la justicia); y la tercera, cuando un  criminal la asesinó frente al Palacio Municipal de Chihuahua en 2010 en el momento en que pegaba propaganda para localizar al asesino de su hija.

Ana Luisa y Maricela son los rostros de indignación contra el machismo criminal de Estado que indolente observa la violencia feminicida, esa que arrebata la vida de 10 mujeres diariamente en México. Ellas son la indignación de cientos de madres que se convierten en genuinas luchadora sociales para exigir justicia.

Las de Ana Luisa y Maricela, son voces calladas por criminales que tuvieron como aliada la indolencia presidencial, que provocó la reducción de presupuestos en instituciones para atender acciones que ya se venían realizando años atrás, además de vetar recursos para organizaciones civiles que luchan contra la violencia feminicida y mil temas más.

Ante esa falta de interés presidencial en “este tema de los feminicidios”, como alguna vez mencionó el presidente, el 2021 cierra con 3.462 crímenes contra mujeres, cuatro por ciento más que el año anterior.

Detrás de los cientos de madres de mujeres desaparecidas o asesinadas por el crimen organizado, por novios, esposos, hermanos o amigos, el Estado permanece silente, como “macho violador” que con su indiferencia es coparticipe de esos feminicidios en nuestro –cada vez más- ensangrentado país.

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