lunes 04 marzo 2024

Stalin, y el desvanecimiento de la democracia en la izquierda mundial – Tercera parte

por Marco Levario Turcott
Stalin, y el desvanecimiento de la democracia en la izquierda mundial

Hubo una vez, hace no mucho tiempo –digamos entre los años veinte y los setenta del siglo pasado– que entre las lides de la militancia política de izquierda en el mundo quien no fuera seguidor de Iósif Vissarionovich Dzhugashvili era en realidad un traidor a la causa y un sujeto emblemático de la necesaria purga impulsada por el Partido Comunista de la Unión Soviética para fortalecer la gloria obrera.

“Soselo” fue el seudónimo de aquel hombre cuando escribió poemas intrascendentes y Stalin el sobrenombre que encumbró la visión que llevó al paroxismo el “centralismo democrático” ideado por Lenin, y lo erigió en dictador, máximo líder de una casta burocrática, jefe supremo del segundo ejército más poderoso del mundo e imagen venerada por millones de militantes, escritores y poetas como Miguel Hernández y Nicolás Guillén.

Iósif Vissarionovich no fue un personaje culto ni sensible ni de ideas sino un soldado práctico y pragmático e intrigoso, y así pudo abrirse paso desde su ingreso a la socialdemocracia en su natal Georgia a los 22 años hasta ser el secretario general del partido a los 44 y un icono de buena parte de la izquierda que abandonó el pensamiento –y los valores democráticos– y asoció la causa a defender el “socialismo realmente existente” como el sendero luminoso que guiaba la acción. Pablo Neruda escribió párrafos como estos al morir el dictador, en 1953:

Stalin, y el desvanecimiento de la democracia en la izquierda mundial“Junto a Lenin
Stalin avanzaba
y así, con blusa blanca,
con gorra gris de obrero,
Stalin,
con su paso tranquilo,
entró en la Historia acompañado
de Lenin y del viento.
Stalin desde entonces
fue construyendo.

Todo hacía falta.
Lenin recibió de los zares
telarañas y harapos.
Lenin dejó una herencia
de patria libre y ancha.
Stalin la pobló
con escuelas y harina,
imprentas y manzanas.”

“Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”, advirtió Voltaire. Cuánta razón hay en esas palabras. Incluso sucede en las mentes más brillantes y sensibles que asocian convicción política la creación cultural (que desde luego en el poeta chileno es mucho más basta y rica que sus proclamas escritas en un puñado de poemas).

Estoy convencido de que la influencia del llamado movimiento socialista internacional dirigido por la URSS fue decisiva para que, en particular la izquierda latinoamericana, no valorara la centralidad de la democracia y por ello, justificara la dictadura en la Unión Soviética y otros países que delineaban perfiles similares (Cuba entre los connotados), así como la invasión del Ejército Rojo en varias naciones de Europa del Este para aplastar (ese es el término), las expectativas libertarias, por ejemplo en Checoslovaquia dentro de un amplio listado.

La influencia del estalinismo en la izquierda mexicana ha sido formidable. Lo es aún, porque ello implicó el abandono del pensamiento crítico y los valores democráticos, pero esto no fue sólo una transgresión ética o moral sino una decisión pragmática que observó en Moscú una suerte de apoyo ideológico (a veces material también) y, simultáneamente, una manera de resolver divergencias por lo que llamarle Maoísta o Trotskista al otro implicó una suerte de vegación o un pasaporte a una mayor marginalidad (cuando la izquierda misma era marginal desde el Partido Comunista creado en 1919 hasta la disolución del Partido Mexicano Socialista en 1989 -que el más grande esfuerzo de unidad en la historia de ese referente ideológico- como antecedente para la creación del Partido de la Revolución Democrática).

Iósif Vissarionovich no hilvanó más ideas que estrategias de propaganda e intrigas para que él pudiera asumirse como la trascendencia de Lenin, mediante un culto a la personalidad que puede registrarse fácilmente nada más con volver a ver parte del poema arriba transcrito. Su personalidad ha sido detenidamente examinada por múltiples biógrafos, desde el trauma que le significó el alcoholismo de su padre, la ligereza de su madre para abrir las piernas, la enfermedad que le marcó el rostro y el accidente que le impidió caminar con normalidad son sólo algunos de los rastros que marcaron los complejos, el trato grosero con los camaradas e incluso su frialdad para no aceptar la propuesta de los alemanes que le regresaban a su hijo a cambio de algún almirante preso por el Ejército Rojo. También son conocidas sus intrigas al momento de disolver las camarillas con quienes gobernó –incluso así sacrificó a su amigo del alma, Kamenev– y las persecuciones contra los traidores entre quienes se encuentra León Trotski. Junto con ello, claro, ninguna de sus obras escritas tuvo la brillantez que la tradición de izquierda había fraguado en otros grandes teóricos de la política.

En México, Octavio Paz fue a contracorriente de esa izquierda autoritaria, incluso contra su gran amigo Pablo Neruda, primero, cuando el líder soviético firmó un tratado de no agresión con Adolfo Hitler –cuando al fascismo hay que combatirlo siempre– y ya luego por esa forma de participar en la repartición del mundo, someter a varios países del este y dictar la práctica de la izquierda en distintos continentes como el Latinoamericano. Paz enfrentó la furia de esa forma de entender el socialismo y lo hizo con un denuedo y una claridad que ahora, al paso de los años, es contundente su victoria intelectual y moral.

Hace 22 años, en Berlín, canté “La Internacional” junto con una multitud de trabajadores concentrada en la Puerta de Brandenburgo. Lo hice en español, por supuesto (con todas mis fuerzas), pero mi identificación no ocurrió por la música creada por Pierre Degeyter ni la letra de Eugéne Pottier –influido por la Comuna de París en 1871–: Arriba los pobres del mundo…, no, mi identificación ocurrió cuando el muro icono de la división del mundo había caído igual que esa forma de comprender al socialismo, es decir, cuando se mantiene buena parte de la población en cada país con enormes necesidades que el capitalismo no ha podido enfrentar y que, cuando lo ha hecho, ha sido precisamente gracias a la lucha de obreros, campesinos y estudiantes, además de otros sectores sociales (los derechos de las mujeres en Europa de mediados del siglo pasado no se explican sin el feminismo socialista). Sólo por eso tiene sentido decirse de izquierda, incluso a pesar de los fanáticos que han expropiado su nombre y así es como me inspira esto de Octavio Paz:

“Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen”.

Miro esta nota y reviso otros apuntes, esa fue la razón por la que encontré este que puse hoy en la mañana:

Somos continuidad y permanencia,
como el viento incesante.

(Tercera parte)

Primera parte: Vladimir Ilich Ulianov, Lenin

Segunda parte: León Trotski, un símbolo del derecho a la disidencia 

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