El CEU inauguró los conciertos masivos en el campus, algo que años después también se haría en solidaridad con las comunidades indígenas y el EZLN. Recuerdo a Cecilia Toussaint, Santa Sabina, Maldita Vecindad, La Lupita, Los Nakos, Óscar Chavez, Eugenia León, Jaime López, Café Tacuba, Caifanes, Tijuana NO (y luego Julieta Venegas), Botellita de Jerez, entre muchos otros. Esa solidaridad se lograba precisamente por las buenas resonancias del movimiento en la opinión pública. En aquellas dos marchas de 1987 que llenaron el Zócalo se vio la participación de muchos sectores sociales que tomaban partido por los estudiantes.
Con los huelguistas de la Prepa 6 fui a la Cineteca a ver la película ¿Cómo ves? que retrataba una realidad urbana al ritmo del rock nacional. Por supuesto que el TRI de Alex Lora era muy escuchado, pero si tuviera que decir cuál fue el símbolo musical del movimiento diría que Rockdrigo González, muerto en Tlatelolco un par de años antes por el terremoto de 1985. El Profeta del Nopal se escuchaba mucho, no sólo en disco sino también en guitarra durante veladas y fiestas. El rock rupestre le vino bien a la protesta estudiantil.
El Congreso, la idea de que el conjunto de la comunidad decidiera el futuro de la institución, no resultó lo que se esperaba. Tardó tres años después del levantamiento de la huelga para poder realizarse. En ese entonces ya era estudiante de primer grado de la Facultad de Filosofía y Letras, y pude verlo de cerca. La polarización no contribuía a los acuerdos, pero también el nuevo rector, José Sarukhán, no se sintió obligado con sus resultados y su cumplimiento fue sesgado y parcial. Grandes definiciones fueron bloqueadas por carecer de mayoría calificada y los intentos por acercar posiciones, como lo que se hizo sobre formas de gobierno por José Narro, entonces Secretario General, fueron desconocidos por las autoridades. El caso emblemático fue el de la Declaración de Principios. Una comisión redactora de gran nivel, entre los que recuerdo a José Woldenberg, Adolfo Gilly, Luis Javier Garrido, Marcos Kaplan, hicieron una tercera propuesta para desempatar con una redacción muy afortunada; sin embargo, ambas ultras, la del movimiento y la de la burocracia universitaria, evitaron su aprobación.
El sabor agridulce del Congreso y su decepción frente a las expectativas creadas sirvió para alimentar la cultura de la derrota que acusaba a la dirección del CEU de “venderse”, no obstante haber sido bajo cualquier óptica un movimiento exitoso. Pero esa narrativa absurda tuvo un campo fértil en el movimiento del CGH de 1999-2000. La desconfianza de la traición llevó no sólo a la estigmatización de los sectores “moderados”, también a una suerte de repulsión ante los “líderes”. Por eso la dirección debía ser rotativa, difusa y casi anónima. Ante ese vacío, los medios eligieron con amplia arbitrariedad a quiénes usar para darle imagen y voz al movimiento. Les gustó para ello, con cierta perversidad, “El Mosh”.
Entre ambos movimientos se dio un intento fallido de Sarukhán para aumentar cuotas, lo que confrontó a viejos compañeros de lucha del CEU, la solidaridad con los zapatistas, el movimiento de excluidos que tomó la Rectoría en 1995 frente a la disminución ilegal de la matrícula y la venta de exámenes de admisión y un paro apresurado, malogrado y derrotado en los CCHs. Durante ese periodo la UNAM fue recurrentemente usada por activistas como caja de resonancia sobre distintos temas de la agenda nacional con eventos en diversos auditorios, de manera privilegiada el auditorio Che Guevara/Justo Sierra hoy privatizado de manera consentida por autoridades universitarias y gubernamentales, algo que en lo que va del siglo se ha diluido de manera notoria.
Pero esas son otras historias y ya habrá oportunidad de contarlas y analizarlas. El CEU marcó no sólo una generación, su impulso contribuyó a la transición democrática en México, más allá del debate sobre el alcance de ésta y sus regresiones. Vale la pena recuperar la experiencia del CEU, un movimiento exitoso. De alguna manera, el paro en el IPN que logró también un Congreso dio un aire al mismo, con todo y diálogo público transmitido ahora por Canal 11. El país necesita una buena sacudida para transformar un desgastado régimen que es sistémica y estructuralmente corrupto, y, por qué no, crear emergentes, renovadoras y proteicas opciones políticas. Si eso sucede será porque los estudiantes volvieron a irrumpir.


