Adiós al partido único mediático

La política y sus representantes han estado cautivos de los intereses de los grandes medios electrónicos. Al parecer, con la reforma electoral recién aprobada por el Congreso de la Unión -pese a marcadas deficiencias como vulnerar la autonomía del Consejo General del IFE- ese sometimiento que permeó en los últimos años y que se convirtió en un valladar para la consolidación democrática se avista como parte de un pasado que no debe repetirse.

No deben volver, por ejemplo, declaraciones como las de Emilio Azcárraga Jean que en marzo de 1999 afirmó que “la democracia es un gran cliente para la televisión” y que durante las últimas elecciones resultó cierta, pues nada más hay que ver que en 1997 el financiamiento público para campañas fue de mil 43 millones 564 mil 761.49 pesos de los cuales para prensa, radio y TV se destinaron 297 millones 273 mil 879.47 pesos. Seis años después, en una elección equivalente como fue la intermedia de 2003, el financiamiento público asignado fue de dos mil 421 millones 611 mil 942.13 pesos y de éstos 654 millones 124 mil 10.88 pesos fue a dar a las arcas de los medios (para esta elección el IFE tiene desglosadas las asignaciones: prensa, 23 millones 942 mil 711.61 pesos; radio, 139 millones 199 mil 459.40 pesos, y TV, 490 millones 980 mil 839.87 pesos).

Además de esas cifras que iban en aumento elección tras elección, los grandes consorcios determinaban a qué clientes-partidos privilegiar. En noviembre de 2002 etcétera publicó -con deficiencias- un informe que intentaba demostrar que en 2000 las televisoras favorecieron con un trato diferenciado en sus tarifas a los candidatos del PRI. En julio de 2004 Proceso demostró que efectivamente “los medios electrónicos aplican tarifas diferenciadas sin más criterio que su voluntad”.

Pero no solamente fueron las empresas mediáticas las que engordaron sus cuentas, también los publicistas hicieron su agosto, como ufano lo narró en estas páginas Carlos Alazraki: “Antes era puro politólogo el que decía qué hacer y cómo se hacían las cosas y se robaban toda la lana, pero llega este pinche escuincle, publicista comercial que lo contrata Zedillo para la campaña de Colosio y les quita una lana. Luego pasa el tiempo y les empiezas a quitar una lana y hay otros gobernadores y todo lo que tú quieras y de repente ya no es un publicista sino que ya son como cinco y luego para colmo aparecen los asesores políticos extranjeros, entonces ellos llegan con una carrera: que soy asesor político, que conozco un chingo, que soy venezolano, que soy gringo” (etcétera, julio 2003).

Para más inri -aunque seguramente esto se mantendrá pese a la reforma- existe la práctica en algunos medios y entre ciertos conductores de vender entrevistas, como lo confirmó al aire José Cárdenas el 14 de septiembre de 2003 al comentar sobre Jorge Emilio González Martínez: “Yo me acuerdo de un programa de televisión de TV Azteca, un día hicimos un debate con los líderes de los partidos políticos, hablo del PRI, del PAN, del PRD, pues éste fue y se impuso, porque pagó su asiento, compró su boleto y estuvo ahí sentado […] él estuvo ahí a fuerza, bueno pues que entre. Yo qué voy a decir si yo recibo órdenes y las cumplo”.

O como se documentó en estás páginas en febrero de 2005 cuando se informó que la “barra de opinión” de Televisión Azteca ofrecía “dos ‘opciones de participación’: el patrocinio y la entrevista. Por ejemplo, el ‘patrocinio’ para La Entrevista con Sarmiento cuesta 49 mil 769 pesos más IVA, pero si un cliente quiere que Sergio Sarmiento lo entreviste durante la media hora de programa que se transmite lunes, martes y viernes a las 24:00 horas, el costo es de 161 mil 749 pesos más IVA […] La Agencia Azteca también vende entrevistas para el programa Un día con, que conduce Vicente Gálvez los martes a las 23:30 horas. El cliente paga 180 mil pesos más IVA a cambio de ser protagonista del espacio durante media hora”.

Debe quedar atrás cuando los aspirantes a contender por un puesto de elección popular en vez de comparecer ante sus pares lo hacían en la pasarela de programas cómicos como los de Adal Ramones que vio desfilar y hacer el ridículo como simples patiños a Porfirio Muñoz Ledo, Roberto Madrazo, Humberto Roque, Manuel Bartlett, Francisco Labastida o Vicente Fox. (El 1 de septiembre de 1999, Vicente Fox participó en el programa de Eugenio Derbez, no con una entrevista ya de suyo cuestionable dado el formato de la emisión, sino en un diálogo memorizado que fue preparado para hacer un número cómico.) En aquel tiempo el único que dignificó su profesión fue Cuauhtémoc Cárdenas que ante la invitación de Ramones sólo contestó: “Yo sólo voy a programas serios”. Esperemos que ya no sea necesario que candidatos, como Felipe Calderón en 2006, tengan que justificar su presencia en ese tipo de emisiones “porque yo necesito darme a conocer”, y que reconozca que “los personajes de la política nos estamos convirtiendo en un reality show donde la gente está interesada en a qué hora nos levantamos y con quién hablamos y si roncamos, no en qué pensamos ni qué proponemos” (etcétera, agosto 2004).

O que otros, como López Obrador, contraten en TV Azteca durante y posterior a la campaña espacios en la pantalla para denostar a partidos, políticos, al gobierno e incluso a los propios medios y proclamar solamente su verdad.

Esperemos ya no ver a políticos preocupados esencialmente por la imagen que aparecerá a cuadro como Rosario Robles de quien satíricamente se decía que se había vuelto Totalmente Palacio; o a Patricia Mercado que en 2003 se disfrazó como Marilyn Monroe.

En definitiva no queremos que ese tiempo vuelva sino que, como sugería Juan J. Linz, la calidad de nuestra democracia dependa, exclusivamente, de la calidad de nuestros políticos. Pero ésa, parafraseando a Michael Ende, es otra historia…

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