A los trovadores y juglares se les tiene en una concepción ligada al amor romántico y al canto de aventuras épicas, aunque existan personajes como los goliardos, que están totalmente en un extremo mucho más subversivo y contracultural.
De los trovadores viene el tronco de la tradición poética, hoy día vigente en la civilización Occidental, muy especialmente en las grandes cuestiones del amor y el erotismo, sus acuerdos y desacuerdos, sus guerras y sus treguas. Es también de los trovadores provenzales de donde nos llega la necesidad de guardar memoria de los amores en una canción.
Dentro de las figuras más importantes entre esos trovadores del amor romántico destaca Bernart de Ventadorm, un poeta provenzal que nació entre el 1130 y el 1200, y a quien se considera una de las figuras icónicas de esta corriente.
Hijo de un panadero al servicio de la corona, De Venradorm fue acogido por el vizconde Ebles de Ventadorm, quien lo designó al servicio personal de su esposa, Inés de Montluzó, de quien se enamoró perdidamente.
Este amor no solo fue la base de toda la obra de nuestro poeta, sino que también culminó con el encierro de su amada en “la torre maldita” y en un autoexilio que lo llevó a difundir su obra por Europa.
De Ventadorm es el ejemplo de una faceta del trovador poco conocida, más cercana al back door man de los negros blueseros del siglo XX, que al simple cancionero enamorado platónico de una bella damisela; pues de su predilección por las relaciones extramaritales es de donde viene su cantar por el gozo de la caricia correspondida y el rechazo de sus amadas por vivir una aventura.
“Ella no pierde la risa / y a mí me viene duelo y daño / pues me sienta a una partida / con la mitad de los dados / porque es un amor perdido / el que en dos no halla cobijo / mientras no haya entendimiento”
Escribió el trovador, cuando De Montluzó no aceptabasus proposiciones (“mientras no haya entendimiento”).
La poesía trovadoresca, el mester de juglaría, es lo poco que nos llega de la cultura provenzal de los cátaros o albigenses, pues una cruzada papal intentó borrarlos de la Tierra a finales de la Edad Media. Su poesía es una revuelta gnóstica en contra del amor represivo y marital de los cristianos oficiales, uno de sus triunfos espirituales, después de la derrota en la cruzada, será el crecimiento exponencial de la devoción por la Virgen María entre los católicos.
En la poesía de los trovadores, el amor erótico o sensual se encuentra cifrado, oculto dentro de las metáforas. Se puede decir que sus imágenes verbales son justo lo contrario de nuestros albures. Lo elegante era guardarlo todo en un lenguaje secreto, altamente figurado. De tal forma, parecía que todo el incendio de los cuerpos en el amor pasional se convertía en fina lógica de amor “platónico”, un amor parecido al cibernético de las redes sociales de ahora, pues no había contacto efectivo entre cuerpos vivos, todo era por medio de imágenes en soportes y pantallas. Pero aquí Bernart de Ventadorn no vela mucho sus intenciones:
“Bien quisiera encontrarla sola / durmiendo o fingiendo que duerme, / para robarle un dulce beso, / pues no valgo tanto como para pedírselo. / ¡Por Dios, señora, poco aprovechamos el amor! / Se va el tiempo y perdemos lo mejor, / deberíamos hablar con palabras encubiertas / y, ya que no nos vale el atrevimiento, que nos valiera el ingenio. “Se debería afrentar a la dama, / que hace esperar demasiado a su amigo, / pues larga converación de amor / enoja mucho y parece engaño / porque se puede amar y fingirlo / y mentir cuado no hay testigo. / Buena señora, con que sólo os dignáseis amarme, / yo no sería alcanzado por la memoria”.

