Ahora, que miles de maestros de educación básica han reiterado su convicción de que el esfuerzo personal constituye una de las claves para tener éxito en la vida material y psicológica, me han sobresaltado algunos recuerdos de mi época de estudiante. Los homenajes a la bandera, por ejemplo. Allí, formado cada lunes en una plancha de cemento para presenciar un espectáculo reiterativo y absurdo, aprendí muchas cosas buenas. Para empezar, que la Patria era una monserga. Un espacio ideal para cumplir el papel de súbdito o tirano, jamás de ciudadano. Y no por las vagas anécdotas y sentidas alusiones a los héroes, que por fortuna nadie atendía, sino por el creativo despliegue de disciplina que los maestros nos imponían. Y, claro, a la luz de la única alternativa que ese derroche de ingenio magisterial nos planteaba: escenificar algún arrebato rebelde para corroborar que seguíamos vivos. Sí, a despecho de la estimulante atmósfera que nos sitiaba, seguíamos vivos. O al menos eso nos empeñábamos en creer. Pido comprensión: por aquellos años maravillosos la dinámica zombi aún se encontraba lejos de ser valorada, ya no digamos elevada al vertiginoso sitial de la moda. Más tarde, en la secundaria, la obligación de lucir un original casquete corto reafirmó aquel sabio cauce formativo: uno podía someterse o rebelarse sin ninguna posibilidad de razonar con las autoridades. Estuviera o no de acuerdo con el orden establecido por los profesores, uno debía asimilar el corolario enriquecedor: el desarrollo de la personalidad excluía la elección de un peinado personal. Éste constituía una desviación abominable que lo privaba a uno de la posibilidad de sentarse en una butaca a aprender nuevos conocimientos, un sagrado placer que, por lo demás, la mayor parte no nos descubríamos propensos a aprovechar. No cuando menos allí, donde lo importante no era aprender, sino obtener una calificación aceptable. No nos perdíamos la oportunidad, sin embargo, de saltar la barda que cercaba la escuela para sentarnos en la butaca con el cabello “largo”, si acaso al ras de las orejas, pues ni el más osado lograba acopiar una matita a la Paul McCartney. A eso nos obligaba el régimen instituido por los maestros: no solo debíamos saltar la barda cuando deseábamos salir clandestinamente del plantel, sino cuando necesitábamos entrar, a pesar de nuestra apariencia “inadecuada”, en él.
Otra cosa que aprendí en la escuela fue a procurar horas nalga. Un aprendizaje invaluable, dado que vivimos en una sociedad que no puede prescindir de las burocracias y, como se sabe, las burocracias, sean públicas o privadas, son especialistas en prodigar horas nalga de vigencia universal e ineludible. Nada imposible de entender: si el burócrata vive de perder el tiempo detrás de un escritorio, ¿por qué no nos iba a condenar al resto de los mortales a perder el tiempo con él? Y en la escuela hay mucho tiempo que perder. Nada, tampoco, que resulte incomprensible: ¿quién podría sostener, día a día, durante meses, un proceso de enseñanza continua? ¿Quién podría entretener todos los días a decenas de escuincles que, para acabarla de amolar, ni siquiera son sus hijos? Condenados a cumplir un horario fatal juntos, maestros y alumnos aprenden a hacer como que hacen mientras miran el reloj con mayor o menor dosis de desesperación, pero siempre desesperados. Tan solo se aprovecha una mínima fracción del tiempo que se pasa en las aulas, pero ahora habrá escuelas de tiempo completo. Ojalá el tiempo adicional se ocupe en actividades recreativas y deportivas, o en un libre y digno goce de Internet.

Pero no me llamo a escándalo: si algo aprendí en la escuela, fue a lidiar con lo absurdo. Y lo absurdo me ha acompañado de una u otra forma a lo largo de mi existencia. Por regla general la escuela consigue que el alumno renuncie a ser él mismo. No creo en la expresión sin límite de los propios impulsos, sobre todo cuando no se acompaña de un proceso formativo que vaya más allá del rentable cuidado de las apariencias. En primer lugar, porque el individuo que carece de una formación genuina carece de forma, y quien carece de forma es cualquier cosa, menos él mismo. Perdone el informado lector la reiteración de lo obvio: no aludo a una forma prefijada y cerrada, sino abierta y en interminable creación y recreación, pero con algunos límites precisos. En segundo lugar, advierto que las personas que dan rienda suelta sin excepción a sus propios impulsos terminan representando un papel cada vez más común: el de sujetos que no pierden la oportunidad de mostrar lo liberados y extrovertidos que son, una faena agotadora, que cabe sospechar muchas veces realizan a pesar de ellos mismos.
Pero en la escuela uno tiene que renunciar a sí mismo para seguir adelante. Uno debe pasar, no aprender, mucho menos tratar de conocerse a sí mismo. Con todo, algo se aprende: a sobrevivir en la jungla. A trepar y obtener la nota necesaria. Lo otro vendrá después, si viene. Lo increíble, no obstante, es otra cosa. Lo increíble es que, para los maestros en pie de lucha, el disfrute de los derechos laborales excluya el buen desempeño en el trabajo. Y es increíble porque alguien que considera irrelevante el buen desempeño en el trabajo no impondría aquella ridícula disciplina de los honores a la bandera ni exigiría a los alumnos llevar casquete corto ni los sometería a arduas horas nalga, sino que les permitiría solazarse en una sabrosa y amena hakuna matata. ¿O acaso me equivoco?


