Ha llegado el momento de anunciar que yo ya no soy el mismo que ustedes conocieron hace un año y que, en mi calidad de inmigrante digital, gracias a Facebook, cambié mi identidad y ahora tiene otro sentido mi vida.
Si en el siglo XVI los inmigrantes europeos hallaron refugio en Estados Unidos, este hombre de la colonia Del Valle lo hizo en la web 2.0 y ahora integra el flujo de la diáspora digital. Así, no sólo estoy en México sino también en Cuba, Argentina, Italia, Australia, Francia, además de otros lugares, y si no extiendo aún más mi presencia es porque todavía no dan frutos mis clases de inglés y porque, seguro, me falta mucho por explorar en los terrenos ignotos de otras culturas y civilizaciones (por lo que de paso me disculpo por no responder los mensajes que llegan desde Hong Kong o Estambul).
Pero no crean que ha sido fácil ser quien soy ahora. De ninguna manera.
Mis impulsos iniciales fueron los que todos tenemos: la enorme necesidad de comunicarnos, y por ello nunca creí que las redes sociales promovieran el aislamiento o afianzaran al individualismo, al contrario, en esta nueva interconexión humana hay bidireccionalidad, como dicen los que saben para hacer conceptos de mis intercambios con escritores de la talla de Gabriel García Márquez y de otros a los que admiro tanto como a Norma Lazo, Miguelángel Díaz Monges, Regina Freyman y Rose Mary Espinosa a quien por cierto debo, gracias a su literatura, no sé cuántos tentaleos propios.
El asunto es que, hace un año y dos meses, prendí mi computadora como se enciende el motor de un automóvil poderoso y desde entonces, a toda velocidad (run, run) y a cualquier parte del mundo (“hello mister Arouet”), transito por la supercarretera de la información, la cultura y el entretenimiento. Lo hago como una particula insignificante de la dinámica que da sentido a la diáspora porque, esto sí lo tengo muy presente: no son las herramientas sino nosotros quienes delimitamos la nueva convivencia en la Tierra, los contenidos y el sentido, como dicen los expertos.
Luego, al conocer a las redes sociales y en especial a Facebook, supe que no podía ingresar así como así y que debia ser el diseñador de mi propia imagen. Empecé con mi foto de perfil para dejar claro que un hombre guapo ya está en la 2.0, un hombre guapo y soltero, acolito del rock progresivo y admirador de Batman que, además, detesta a las cofradías y a su sistema de premios a cambio de la inteligencia y las convicciones del otro. O sea, mi mensaje al universo fue que, en algún lugar recóndito de la ciudad de México, un tipo solo clama por escuchar música e intercambiar ideas para seguir siendo de izquierda pero, sobre todo, para decir lo que pienso a cada momento, qué como y cómo visto, y hasta cuando desvisto y todo lo que he visto.
No sobra decir que uno de los mayores premios que me da la vida es que alguien pinche en mi muro “Me gusta” cuando escribo, por ejemplo, que mis huevos están fríos, pero ante todo no olvidaré jamás que por primera vez en mi historia me felicitaran 472 personas por mi cumpleaños (y ya no le sigo por ahí porque chillo). El caso es que al fin soy feliz porque sé que a alguien le importa, aunque esté en el lugar más recóndito, si tengo hambre, insomnio o resfriado, si me incómoda una uña o lo que estoy escuchando, si me queda bien la camisa negra y si sufro o gozo con el triunfo o la derrota del Barcelona (claro, soy parte de los 7 millones de fanáticos que tiene en Facebook, igual que lo soy de Luscious Lopez de quien, por desgracia, no puedo postear sus imágenes espléndidas). Además, nunca falta quien, como hace mi amiga Clau Monk,dicte recetarios para el comportamiento propio a partir de que siempre dibujemos una sonrisa en los labios y que hagamos el bien sin mirar a quién y sin esperar recompensa aunque, en honor a la verdad, prefiero los “posteos” de Jaime Cháidez Bonilla, un periodista de Tijuana que seguido comparte instantáneas como esta, a la que acompañé con las líneas que pongo en cursivas:

Arouet: Una cascada sinuosa e indiferente del manantial de mis deseos.
Un mundo nuevo
Existo en una nueva esfera de la libertad conformada por más de 500 millones de personas, y les propongo que por ahora pasemos por alto el hecho de que los márgenes de libertad son definidos por los colosos del ciberespacio y su capacidad para trazar los vasos comunicantes con los que se entrelazan datos, audio y video. Mejor sugiero que pensemos en el ecosistema digital como el espacio donde se trastocan las vías de comunicación tradicionales y cambian las actitudes y los comportamientos sociales, nuestra forma de ser, de actuar y pensar y, ante todo, de relacionarnos.
Para mí los alcances de todo esto son insospechados aunque mientras avanzan mis estudios al respecto, aprendo más de la música gracias a los excelentes DJ que son David Gaxiola y Kandisnky James, entre otros. También reviso las recomendaciones de lectura de Eduardo Valle (sí, el mismísimo Buho), del innato provocador que es José Luis Durán King y su Opera Mundi (con quienes comparto varias fantasías perversas) y las recomendaciones de cine de Blizky Spolubyvat. Lo que por lo regular sí evado son “los posteos” de propaganda política, sobre todo porque, como ya expuse, la comunicación en las redes sociales es bidireccional o simplemente no lo es. Es decir, hacer política aquí, sin establecer interlocución, es como conducir un Ferrari a 30 kilómetros por hora o colocar anuncios en las carreteras que no sólo nadie observa sino que empañan el horizonte, estorban. Por eso no me extrañan los estudios que apuntan al mismo sentido de mis preferencias.
Yo no sé si ahora existo en un plano horizontal o si en realidad he logrado el ascenso social que nunca habría podido tener fuera de las redes. Lo cierto es que ya me codeo con mujeres hermosas e inteligentes, como las escritoras que he mencionado, además de la irreverente Vania Luna Medieval, la implacable Purificación Carpinteyro y la valiente Patricia Mercado Sánchez. Ya me tuteo con expertos en telecomunicaciones como Jorge Álvarez Hoth o en radiodifusión y los nuevos medios como Sergio Octavio Contreras y Luis Miguel Carriedo, incluso intercambio pensamientos con los periodistas Carlos Ramírez y Marco Levario Turcott, entre otros.
La verdad es que yo ya estoy en otro nivel y, además de lo que dije, me ocupo de apoyar al juez Baltazar Garzón o a compartir música con una italiana que tiene como imagen de perfil a Jessica Rabbit (por lo que en otra vida no sé si sea hombre o mujer, fea o bonita).
Claro que en esta dimensión digital también se pone en juego la convivencia civilizada, y que uno puede comprender las sentencias del subcomandante Marcos o las porras que algunos de mis amigos le echan a un boxeador al que le apodan Canelo y de quien, a mí, su destreza deportiva me parece tan creíble como la de los testigos protegidos a los que acuden algunos medios de comunicación para configurar su oferta informativa. Me cuesta trabajo sí, procesar las faltas de ortografía de algunos de mis amigos y amigas, incluso aunque en éstas incurran bomboncitos de los que no digo su nombre para no apenarlas; apenas me contengo con las frases sin comillas ni créditos que se presentan como realizaciones propias; aspiro más el cigarro cuando llueven adjetivos contra quienes piensan distinto a lo que los otros creen que debe pensarse y acudo a cualquier medio posible para tranquilizarme frente a quienes dicen que lo leído gracias a Wikileaks es un clavo ardiente contra el imperialismo yanqui. En fin, coincido con la cita de Luis Usabiaga que reprodujo en su muro Braulio Peralta: “La vida (es), (un) espectáculo no apto para muertos”.
¿Y la vida privada?
Comprendo que se han trastocado los parámetros de la privacidad, incluso, además de otras características, Facebook es el ámbito público
donde concurren expresiones privadas en por lo menos, dos sentidos: 1) porque esa red es una plataforma de acopio de datos que facilita el usuario voluntariamente, y 2) porque también es una ventana en la que cada quien es el responsable de gestionar la propia exhibición. En el primer caso Facebook ha sido sujeto de enorme críticas, de ahí las adecuaciones que hace para preservar ese derecho (y me parece que la tendencia es a que se afiance). En el segundo caso, concurren expresiones privadas porque el usuario es quien determina sus niveles de exposición sin necesidad de que otra mirada se entrometa, si no es invitada.
Puestas así las cosas, si el señor Levario nos dice que irá al gimnasio a hacer abdominales, a mí me tiene sin cuidado aunque él lo haya hecho público, no obstante, puedo difundirlo pues el usuario me confiere el derecho al ser él mismo el emisor del mensaje. Lo mismo pasa si un funcionario cualquiera, con el afán que sea, critica duro a la institución donde trabaja; eso es público, sí me interesa y tengo derecho a difundirlo. Las redes sociales son eso precisamente, puentes de comunicación intercontectados que rebasan el universo de amigos de cada quien porque cada uno tiene su propio universo de amigos.
Por supuesto que además de todo esto, Facebook es un espacio circunscrito al horizonte del usuario -su formación cultural, sus valores y sus motivaciones- y una variable de ello es que comienzan a proliferar redes temáticas o con cierta singularidad como la red de los cocineros o los feos (a la que, por cierto, en unos días me voy a adherir). Pero detengámonos en el uso convencional de Facebook para decir lo obvio. La bidireccionalidad es una posibilidad técnica que, sin embargo, no siempre se efectúa, pongamos de ejemplo un entorno de mil amigos por decir una cifra inmanejable para la interacción pero idónea y pueden ser hasta 5 mil para la difusión de arengas o convocatorias. Como ya he dicho, no me gustan los templos ni las encíclicas de ninguna especie pero entiendo que esos forman parte de otros tejidos en que se despliega la diáspora digital.
Atrapado en las redes
Llevo años trabajando en el mismo lugar y nunca había conocido de veras a mis compañeros si no es por Facebook (ahora sé porqué a Rosita no le gusta usar vestidos o el merengue de los pasteles). Tenía mucho tiempo, más de la mitad de mi vida, sin saber de mis amigos de la secundaria y ahora recibo con mucho gusto sus frases cursis del tipo “En ti está la felicidad completa”. Jamás creí que yo compartiría pensamientos con personas como Luis González de Alba o, imagínense ustedes, con María Cristina Rosas o Carlos Bravo Regidor. Pero sobre todo, nunca creí que tendría tantos amigos. Incluso ya no salgo de casa para echarme unos tragos con ellos sino que desde la comodidad del chat participo de grandes reventones y hasta le sirvo cerveza a una morena impresionante de París mientras intercambio chistes con Rubén en vivo y en directo desde Chile. Soy cosmopolita.
Facebook cubre mis necesidades intelectuales y afectivas. Por eso cuando no puedo estar en la PC tengo conmigo a la BlackBerry como si fuera tanque de oxígeno. Mis mundos se invirtieron y ahora miro a las personas extrañas, embebidas en sí mismas o tal vez, como yo, pensando en lo que pondrán pronto en su muro del feis o cumpliendo una misión para uno de sus amigos de la red o preocupados porque no sirve su computadora o extraviaron el móvil o realmente preocupados porque todavía no comprenden las nuevas funciones de Facebook.
El quid de todo esto es comunicarles que me he desprendido de este mundo y que entonces debo despedirme de ustedes, ya sólo los veré en ese el campo digital que es esperanzador, intenso y fresco; sublime, fascinante y novedoso; gratificante y cariñoso, erótico y sensual, el paraíso cibernético donde, por fin, encontré a mi yo que tanto anhelaba.
Y tú, ¿en qué estás pensando?


