¡Quiero ver sangre!, esta vez, no es el grito del público que imagina el editor como una de las fuentes principales por las que optan los medios de comunicación para tener más lectores o lograr mayor audiencia. En lugar de aquello que desecha siempre, tiene en sus manos la obra de varios luchadores que dieron forma a una historia de los encordados y sus gladiadores en México.
Lo primero que sugiero hacer con este libro es mirarlo y no nada más por la calidad del papel y el cuidado del diseño y la impresión sino por sus imágenes. No creo exagerar si afirmo que se trata de la compliación más completa de fotografías de las películas de la Lucha Libre de mediados de los cincuentas a la fecha, tanto de aquellos carteles memorables como de fotos de filmes que abarcan igual al Cavernario Galindo, la Mujer Murciélago, Superzan y el niño del espacio y el fugaz El Ángel del silencio que cierta vez fue Rogelio Guerra, por ejemplo, además de a los clásicos del ring que entre las cuerdas y fuera de ellas lucharon contra los malos como Mil Máscaras, Blue Demon, Huracán Ramírez, Tinieblas y, por supuesto, Santo.
Con la reseña de varias docenas de cintas junto a su ficha correspondiente, (yo creo que son todas las que existen en la filmografía mexicana pero los autores aceptan añadidos) este formidable material de consulta ofrece una recreación visual sobre los elementos épicos (las luchas), enigmáticos (las máscaras) y misteriosos (monstruos, extraterrestres, mafiosos, poderes fácticos y malos en general), así como al correspondiente firmamento de opulentas ninfas de la talla de Sasha Montenegro y Regina Torne o Meche Carreño sin dejar de mencionar, pero por supuesto, a Elia Noel en “El Vampiro y el sexo”.
Seguro es tarea de los sociólogos explicar cómo es que convocó a multitudes ese cúmulo de fantasías abigarradas entre varios sentidos del heroismo inverosímil, la fantasía generadora de mundos paralelos con escenarios tan elementales y recursos técnicos tan primitivos, y el misterio que, en realidad, todos sabíamos que no lo era. En la introducción del libro, Juan Villoro apunta, y coincido con él, que una de las vertientes que podrían ayudarnos a entender el apogeo de este cine enmascarado que surgió en la segunda mitad del siglo pasado, son las ganas de creer: “Durante un par de décadas”, dice el escritor, “el género prosperó gracias a la complicidad de un público dispuesto a creer que una bola de cartón es una bomba atómica”.
Por su parte, Rafael Aviña señala que “a falta de nuevos héroes, la cinematografía mexicana encontró en el cine de luchadores la mejor opción para rescatar el antiquísimo enfrentamiento entre el bien y el mal” y por ello es que “Blue Demon, Mil Máscaras y la Sombra Vengadora, que jamás pisó los encordados, fueron verdaderos mitos de la cultura popular”. Entre ese fenómeno, Aviña escribe que Santo se convirtió “en un mito tal vez tan grande como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, Tin Tan o María Felix”.
Además de las entrevistas, los ingeniosos pies de fotos y los datos curiosos del pancracio fílmico, entre todas las gestas de epopeya que el lector hallará en este libro, yo me quedo con el titánico esfuerzo de sus tres autores por colocar en nuestras manos este material enciclopédico y con el orgullo de que, mi ejemplar de “Quiero ver sangre” lo tengo autografíado por ellos como varias otras máscaras que, con su escenarios kitch y sus fugaces ilusiones, adornan a la infancia.


