La violencia es parte de la conducta que ejerce un individuo para provocar algún daño a otras personas en forma deliberada y durante un determinado tiempo. Se trata de un comportamiento que siempre buscará afectar a terceros, ya sea en forma física o simbólica. En nuestra cultura moderna, los hechos violentos circulan como parte de la supervisión del entorno, tanto en la cercanía como en la distancia marcadas por los medios de difusión. En esta era dominada por una explosión de nuevas tecnologías, las manifestaciones de violencia alcanzan un mayor nivel de transparencia: contemplamos en nuestras pantallas táctiles todo un repertorio de agresiones sicológicas, golpizas, vejaciones, actos raciales, linchamientos virtuales, invasiones a la privacidad, etcétera.
La historia nos enseña que los actos violentos han estado presentes en todas las culturas. Desde el circo romano hasta las guerras mundiales, la violencia ha tomado distintas apariencias y argumentos que giran por lo general en torno al poder. La violencia es una acción humana, una puesta en marcha de distintos recursos en contra de otros, recursos que pueden tener impacto directo en la vida de las personas, tanto en el plano físico como en el emocional. Algunos autores hacen una diferencia entre los tipos de violencia, catalogándolas de acuerdo a su efecto, por ejemplo el abuso físico o sexual donde el daño primario será sobre el organismo, pero no así el acoso, las amenazas o el lenguaje soez, con repercusiones más vinculadas al campo de la mente.
La exposición de mensajes que hoy en día circulan en Internet es producto de la forma en la cual está diseñada la tecnología. Hace un par de décadas era inimaginable tener acceso a todo el material que actualmente consumimos. Antes de las redes digitales, los tipos de violencia transitaban principalmente en espacios cerrados: la madre golpeaba al hijo por haberla desobedecido, el jefe de una oficina pública enviaba todo tipo de mensajes sexuales a una compañera de trabajo, los vecinos se mentaban la madre mientras discutían en la calle, miembros de la mafia asesinaban a un rival cortándolo con una sierra eléctrica, etcétera. Estos acontecimientos existían, pero la mayoría no se volvían del conocimiento público o del conocimiento de terceros. Uno de los espacios donde la violencia ha sido menos visible es la escuela. Dentro de los centros escolares, los espacios parecen representar escenarios de conflicto entre sus integrantes: la lucha de poder o bien el ejercicio del poder para dominar a otros mediante formas de violencia.
Cuando estudiaba la primaria recuerdo actos de violencia que no fueron publicitados, no existía aún el uso social de una técnica para su distribución en red: la maestra de segundo de primaria golpeaba a todos los hombres con un palo de escoba después de los honores la bandera o del recreo; la maestra de tercero se burlaba de los compañeros que querían ir al baño, no los dejaba ir y los obligaba a orinarse o a defecar en el cesto de la basura; el maestro de quinto lanzaba un borrador contra los estudiantes que platicaban (un día le quebró la cabeza a un niño que estaba sentado en la última fila), mientras que el profesor de sexto golpeaba con una larga regla de madera las palmas de las manos de los estudiantes que no llevaban la tarea.
Otro ejemplo más reciente. Hace un par de semanas conocí el drama que padeció una jovencita: nueva en una escuela secundaria, comenzó a ser hostigada por otras compañeras con insultos, jalones de cabello, empujones y amenazas. Tal situación tenía un origen poco común: querían que se prostituyera con un adolescente que cursa el tercer año de secundaria. Por sexo oral, incluyendo eyaculación en la boca, le darían 50 pesos. Al no aceptar las insinuaciones, la nueva estudiante recibió de manos de cinco chicas una brutal golpiza en su salón de clases mientras no se encontraba la maestra. Los padres de la víctima decidieron cambiarla de plantel. La fama de esta escuela federal llegó a Facebook: en algunos perfiles, estudiantes exhiben los nombres de las jovencitas que han perdido la virginidad en este espacio escolar.
Este tipo de casos forma parte de la vida cotidiana de miles de estudiantes en este país. La violencia que vivimos cuando éramos niños o adolescentes se extiende hasta nuestros días, con nuevos ingredientes y estructuras narrativas. En las redes todos los días se propagan en el mundo sucesos violentos provenientes del entorno escolar. Varios autores responsabilizan al sistema educativo de tales prácticas, incluso se ha llegado a legislar para criminalizar a los maestros y directivos de lo que ocurre en las aulas. Otros consideran que la violencia no es responsabilidad de la escuela, sino de los padres de familia, y algunos más ven a las nuevas tecnologías como las responsables de expandir la violencia. ¿Un teléfono móvil incidirá en las agresiones? Me parece que no, que se trata de un problema multifactorial y que la tecnología por sí sola no determina la conducta humana, creo que los estudios empíricos dicen lo contrario: el usuario define cómo utilizar el teléfono móvil, graba una golpiza, toma fotografías de una violación o comparte imágenes de un atraco callejero, o no. Quien decide jalar el gatillo del artefacto es el usuario, no el artefacto.
Según el proyecto Amparo, del Registro de Direcciones de Internet para América Latina y el Caribe, en un reporte firmado por Marcia L. Maggiore y Patricia Prandini, en esta región del mundo los países donde se registran más delitos mediante el uso de las nuevas tecnologías son Brasil, Argentina, Colombia y México. De acuerdo a la Policía de Investigaciones de Chile (PDI) durante 2014 se incrementaron los casos de criber-crímenes en un 310% a comparación de 2012. Tan solo en delitos donde menores de edad son contactados por depredadores sexuales para compartir imágenes o videos eróticos -práctica conocida como grooming- el número de hechos pasó de 40 a 177 casos. El más reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ubica a México como el país con mayor acoso escolar en el mundo. Dicho fenómeno afecta actualmente a más de 18 millones de alumnos de primaria y secundaria, tanto del sector público como del privado. Entre las principales prácticas violentas que se registran en el entorno escolar mexicano se encuentran las agresiones verbales, psicológicas, físicas y mediante las redes sociales. Desde que la violencia real transitó a nuevas expresiones dentro de Internet, existen variadas iniciativas para intentar contener este fenómeno. En septiembre del presente año, inició enMéxico una campaña contra el ciberacoso mediante la etiqueta #yoloborro, impulsada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), la policía científica, la Secretaría de Educación Pública (SEP) y otros organismos.
Estudios actuales han descubierto algunos mecanismos a través de los cuales la violencia en las redes se expande en diversos campos, incluyendo la escuela. Según una investigación titulada “Cyber-agression”, acerca de los maltratos online y publicada en 2013 por Diane Felmlee de la Universidad de Pensilvania y Robert Faris de la de California, este fenómeno se registra principalmente entre personas conocidas, es decir, entre amigos, examigos, compañeros de clase, novios, exnovios, etcétera. El resultado es demoledor: es casi improbable que una persona sea hostigada mediante Internet por un desconocido. El análisis realizado a 788 estudiantes de la escuela preparatoria de Long Island arrojó que la violencia en las redes también es más común en contra de personas con diferentes preferencias, que tengan culturas diferentes a la dominante o bien entre estudiantes “populares”.
En Brasil, una investigación financiada por Fundación Telefónica Vivo, el Foro Generaciones Interactivas, IBOPE y la Escuela del Futuro, entrevistó 18 mil niños y adolescentes con edades entre 6 y 18 años de edad. Los resultados demostraron que el 12.7% de los menores ha utilizado el teléfono móvil para enviar algún mensaje, video o foto con la finalidad de agredir a otra persona. En cuanto al grooming, el 30% de los encuestados dijo haber conocido personalmente a algún individuo que contactó por Internet, el 9.5% dijo que charlar con extraños es algo divertido y el 5.2% aseveró haber recibido mensajes obscenos de desconocidos, incluyendo insultos e imágenes sexuales.
Agresiones en la red
Maltratos físicos, vejaciones o insultos pueden emerger de estudiantes contra otros estudiantes, de estudiantes contra maestros o de maestros contra estudiantes. La violencia en el espacio escolar ha sido conceptualizada por distintos enfoques sociales y clínicos. Una caracterización reciente está relacionada a la violencia -en sus variadas manifestaciones- a través del uso de redes digitales. En los últimos años ha cobrado interés un tipo de violencia: el acoso escolar. Tal práctica que consiste básicamente en implementar mecanismos de poder coercitivo contra una persona durante un determinado tiempo, es también llamada bullying cuando se ejerce entre iguales, pero cuando la acción incluye el uso de artefactos tecnológicos la violencia se convierte en ciber-bullying. Mientras los acontecimientos no traspasen las paredes físicas del centro escolar, tales actos serán del desconocimiento de otros. A diferencia de anteriores generaciones en la actualidad los niños, adolescentes y jóvenes pueden ser víctimas o victimarios a distancia: las redes de Internet impiden que la violencia sea contenida en la escuela física. Mediante la conexión a redes, la violencia se traslada al ciberespacio, con consecuencias que en algunos casos pueden ser más nocivas que las agresiones reales.
En Internet se pueden propagar todas las modalidades de agresiones contra terceros. La violencia sexual, intimidaciones, amenazas, insultos, burlas y un repertorio de formas coercitivas se han instalado como mecanismos de control en el ciberespacio. Algunos proyectos gubernamentales y ciudadanos, como es el caso de Pantallas Amigas, consideran que la violencia mediante Internet es potenciada por dos factores: por la facilidad del victimario para atacar a su presa, lo cual incluye el alto grado de impunidad y las dificultades para mantener la privacidad, y el contacto permanente con la víctima mediante herramientas como los servicios de mensajería de los teléfonos móviles o las redes como Facebook o Twitter. En el primer supuesto se trata de los graves vacíos que existen en el sistema institucional, es decir la impunidad en la cual opera la estructura política, y en el segundo es una característica determinada por la tecnología, por sus códigos.
Además de tales consideraciones, la violencia construida en la virtualidad tiene otros componentes. Durante la última década he observado el tema de la violencia online, y en la mayoría de los casos aparecen tres rasgos: el primero es la distanciación como una de las facultades de los nuevos instrumentos tecnológicos, es decir, la distancia física que existe entre la víctima y su verdugo. La distancia puede carecer de importancia, pero no es así, pues en parte permite al victimario alejarse físicamente del entorno y disfrutar a la lejanía de los hechos. No es capaz de ver la reacción de angustia o miedo, pero es casi seguro que las imagina para sí. Este tipo de conductas es muy cercana a la sicosis en su grado perverso, como la persona desquiciada que escucha voces, se siente perseguida o lanza a escondidas piedras contra el vehículo de su vecino. El segundo rasgo es el desdoblamiento o la extensión de personalidad, con esto me refiero a que en la red es más común que el campo emocional tome control de la persona por encima del control racional. La red es un espacio donde los sentimientos se expanden, como la ira en Twitter o la vanidad en Facebook.
Las agresiones en Internet pueden ser más profundas debido a esta característica: las personas pueden ser más sádicas bajo una máscara virtual que en la vida real. Y un tercer punto es como discurso simbólico. La construcción de mensajes por parte del agresor se convierte en un discurso contra la víctima, se trata de un discurso simbólico porque está separado de su destinatario por el tiempo y el espacio. Tanto quien diseña el contenido de lo que se difunde como quien lo consume e interpreta lo hacen en la virtualidad. Este último factor es esencial para comprender uno de los efectos secundarios que las nuevas tecnologías ejercen sobre nuestra vida: lo virtual afecta lo real, tanto así que una gran cantidad de nuestras conductas tienden a regirse por algo que no existe en la vida real, solo existe en nuestras mentes y en los impulsos nerviosos del cuerpo.
Ejemplificaré algunos casos recientes de la ciber-violencia en el entorno escolar. Como se podrá comprobar, en todos los casos se trata de acciones privadas, que están controladas por un entorno entre individuos pero que llegaron a ser comunicaciones grupales o masificadas al exponerse en las redes e incluso exhibirse en medios tradicionales como la televisión o los periódicos. La privacidad como una de las características principales de la coerción deja de serlo en las redes digitales. Asimismo, en dichos ejemplos el mensaje funciona como discurso simbólico, lo cual le permita distanciarse de los hechos reales, pero tal distanciamiento se da más aún en los intérpretes o consumidores, quienes desconocen el contexto real del acontecimiento.
A principios del año, en el barrio de Asunción, en Paraguay, una joven de 15 años se quitó la vida luego de que un grupo de conocidos le robó el teléfono celular. En el artefacto la adolescente guardaba fotografías privadas. Los ladrones, que conocían a la víctima, comenzaron a hostigarla bajo amenaza de revelar las imágenes. De acuerdo a información de la fiscalía, en la producción de las imágenes habrían estado implicados un docente universitario y dos estudiantes más. El 6 de febrero se divulgaron las imágenes ante la comunidad, fueron compartidas por estudiantes y llegaron a conocerlas amigos y familiares. Ese mismo día la adolescente se quitóla vida; fue llevada con vida al servicio médico y atendida posteriormente en el Hospital de Itauguá, donde murió seis días después. En mayo pasado, en la ciudad de Zacatecas, México, se presentó un caso que indignó a la sociedad: una jovencita del Colegio de Bachilleres (Cobaez), golpeó y vejó a una estudiante de secundaria. Los hechos fueron grabados por amigos de la agresora en un smartphone y difundidos primero a través de WhatsApp y después en redes sociales. En el video, la víctima es obligada a pedir disculpas por publicaciones que supuestamente hizo en Facebook mientras es golpeada. Estos acontecimientos llevaron al sistema político a proponer una reforma al Código Penal local para criminalizar la difusión de contenidos en Internet sobre la vida privada de terceros.
Recientemente se conoció el caso Laetitia Chanut, una francesa de 17 años de edad quien era una estudiante muy popular en la escuela de Albi pero su vida se volvió un infierno debido al ciberacoso. Laetitia, que tenía un perfil en Facebook con más de 400 amigos, encontró un día, navegando en Internet, una decena de cuentas en la red social con nombre, su misma foto, sus datos personales y un mensaje que decía: “Hola, ¿has visto mi video porno?”. Las cuentasy el video eran falsos, pero pronto atrajeron a miles de cibernautas, incluyendo a sus compañeros de clase, directivos de la escuela y padres de familia.
A las páginas apócrifas continuaron otros mecanismos de hostigamiento: envíos de mensajes a su teléfono celular, anuncios falsos de prostitución en la red con información de contacto, lo que provocó una gran cantidad de llamadas por parte de hombres que buscaban servicios sexuales. Ante tal situación, los padres de la joven decidieron cambiar de ciudad y mudarse a Castres, pero Laetitia no pudo permanecer aislada e intentó suicidarse ingiriendo medicamentos. Actualmente, la estudiante es parte de la campaña “Stop al acoso por Internet”, lanzada por el Vaticano a través de la Oficina Católica Internacional de la Infancia. Mediante su cuenta en Twitter (@Laetitia_Chanut), cuenta sus experiencias y da asesoría a personas que son víctima del acoso virtual. El agresor de Laetitia fue detenido por la policía y condenado a ocho meses de cárcel y una multa de cinco mil euros. El caso aún continúa, pues los abogados del victimario han presentado recursos jurídicos para buscar su liberación.
Si damos un vistazo en Google, basta escribir “peleas estudiantes de secundaria”, “peleas de preparatoria”, “peleas escolares” o “peleas de morras” para encontrar una gran cantidad de videos relacionados con la violencia escolar. En octubre pasado, en el distrito Salta de Argentina, un par de estudiantes encendieron los focos rojos de las autoridades luego de protagonizar una brutal pelea que fue grabada con un teléfono móvil y distribuida por las redes sociales. Las estudiantes del colegio Juan Calchaquí se tiran patadas y puñetazos hasta que un ciudadano interviene para separarlas.Otro caso reciente se registró a principios de diciembre, cuando fue difundido por esa plataforma el video “pelea Ilustre Instituto Veracruzano”, donde aparecen dos jovencitas retándose a golpes en una playa ante la mirada de varios estudiantes. Las escolares se tunden a patadas, empujones, arañazos y jalones de pelo, mientras los observadores las incitan a terminar con su rival, les dan consejos sobre cómo provocar más daño y les piden destruir a su contrincante.
Dentro de los salones los conflictos también se resuelven a golpes. Un popular video en YouTube titulado “maestra ataca a estudiante” muestra la discusión entre un joven preparatoriano y una profesora. El conflicto va subiendo de tono hasta llegar a los insultos, la maestra se marcha y cuando todo parece haber terminado regresa lanzando golpes contra el joven. Ambos se lanzan contra las bancas y convierten el aula en un cuadrilátero ante los gritos y las risas del grupo, quienes sacan sus teléfonos móviles para registrar imágenes.
En el sistema para compartir videos, lo mismo se pueden encontrar grabaciones de profesores insultando a sus alumnos en Chile, a un maestro en Brasil rompiendo el teléfono de un alumno porque no le ponía atención en clase o vejaciones contra jovencitas por parte de una maestra.
El pasado mes de mayo, en la escuela Nimitz High School, ubicada en Texas, un estudiante corpulento se enfrentó a su maestra, Beverly Round de 66 años de edad, porque le quitó su teléfono inteligente por haberlo usado dentro del aula. El estudiante superó fácilmente a su profesora, la jaloneó y la tiró al suelo. Las imágenes fueron grabadas por un compañero, quien las compartió a través de Internet donde se volvieron virales.
En la era de Internet, las distintas formas en las cuales se puede manifestar la violencia entre los seres humanos implica la mediación con las máquinas. En esta modernidad líquida, las máquinas son la columna vertebral de la ciber-violencia. Los artefactos de la vorágine tecnológica que usamos todos los días, y entre los que vivimos, constituyen una alternativa para ejercer los mecanismos de la violencia. El acoso sexual, las amenazas, los insultos o los maltratos emocionales pueden ejecutarse con mayores posibilidades de quedar impunes, desde el anonimato, a distancia, sin la presencia del otro y mediante una coerción simbólica generada por el desdoblamiento de la personalidad. La ciber-violencia ha encontrado en el entorno escolar un fértil campo de germinación, un espacio donde se practican sin límite las distintas formas de poder, un campo de intolerancia donde a veces lo único ausente es el conocimiento.


