La cantaleta de los corifeos

“Se dice que las mujeres hacían cosas no santas”, espetó una reportera al gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, durante una conferencia de prensa en la que se le preguntó acerca del multihomicidio de la colonia Narvarte, donde fueron asesinados el fotoperiodista Rubén Espinosa, la activista Nadia Vera y otras tres mujeres, crimen por el que buena parte de la opinión pública nacional e internacional responsabilizó al mandatario.

“Yo preferiría que sea la PGJDF quien continúe con las indagaciones, en la cual (sic), mi Gobierno ha colaborado. Yo mismo le pedí al Jefe de Gobierno del DF declarar como testigo”, respondió Duarte a la pregunta inducida y preparada con anticipación para su lucimiento.

Escenas como la descrita se han convertido desde hace varios años en el pan de cada día del periodismo veracruzano, que se ha plagado de textoservidores y amanuenses, cuya función es “reventar” entrevistas incómodas para los gobernantes y, en cambio, lanzarles “bolas fáciles” para que las “bateen de home run”.

“Señor gobernador, háblennos de las importantes inversiones que vienen para Veracruz”. “Señor gobernador, ¿qué le responde a quienes hacen críticas infundadas a su gobierno?”. “Señor gobernador, ¿qué significa para usted el día de libertad de expresión?”. “Señor gobernador, señor gobernador, señor gobernador”.

De la misma manera, las plumas a sueldo más “encumbradas” hacen lo propio desde columnas y artículos de opinión. Lo que diga o haga el político en el poder –y con el control del erario– es muestra de su “visión” como “gran estadista”. Quienes los critican son “resentidos”, “amargados” u obedecen a “oscuros intereses” que van en contra de los del estado de Veracruz.

La prensa veracruzana se ha convertido en una tribu caníbal en la que sus miembros se devoran entre sí. Donde la memoria de los periodistas caídos es mancillada por sus propios pares, quienes justifican su suerte bajo la nueva consigna oficial: no se “portaron bien” ni anduvieron “derechitos”, mientras que quienes exigen justicia son tachados de “patéticos”.

La división entre reporteros oficialistas y críticos ha existido siempre en Veracruz y en México. Sin embargo, desde el sexenio de Fidel Herrera Beltrán comenzó a hacerse más profunda, a la par que silenciaba a los medios con jugosos contratos publicitarios. Pero durante el régimen de Javier Duarte ha alcanzado niveles de tragedia, de brutalidad, de nula solidaridad. De un encono macabro.

Si de algo podrán estar seguros tanto Fidel Herrera como Javier Duarte de Ochoa es de que durante sus sexenios propiciaron la muerte del buen periodismo en Veracruz. Compraron las conciencias de empresarios y periodistas y dejaron en la indefensión, cuando no persiguieron abiertamente, a quienes ejercen la crítica o simplemente no son parte del coro de aplaudidores.

Es la cantaleta de los corifeos.

 

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