Frost/Nixon, la entrevista del escándalo (EU, 2008) es un filme que evoca en toda su extensión el pensamiento de un ciudadano estadounidense que con muchas dificultades llegó a la Presidencia con un fuerte estigma contra los medios, desestimándolos, y paradójicamente, caído en una escandalosa desgracia debida a una acción mediática sin antecedentes en Estados Unidos.
Richard Nixon, el republicano feroz anticomunista, compitió por la Presidencia en 1960 contra el demócrata John F. Kennedy. Antes de perder las elecciones en las urnas y luego en el Colegio Electoral, Nixon perdióde frente a la nación a través de los medios.

Ambos contendientes protagonizaron cuatro debates que por primera vez fueron televisados y vistos por más de 70 millones de persona. La serie de debates públicos entre Lincoln y Douglas en 1858 era el antecedente más remoto de encuentros verbales entre candidatos.
La primera emisión de los encuentros entre Nixon y Kennedy tuvo lugar el 26 de septiembre, y fue transmitido al mismo tiempo por radio y televisión, aunque por cuestiones técnicas los radioescuchas tuvieron primero la señal y escucharon antes de verla.
Aunque no había encuestas ni toda la logística que hoy conocemos, la impresión pública destacada en los vespertinos fue en el sentido de que Nixon (de 47 años entonces y vicepresidente del general Eisenhower, Presidente en esos días) había triunfado sobre Kennedy, el senador de 43 años. Sin embargo, luego de ver la transmisión del debate por la televisión, y después de los tres debates siguientes, la percepción pública fue de un absoluto triunfo para el demócrata. Ya el desdén de Nixon por las cámaras y los medios era evidente: impidió el maquillaje, sudaba copiosamente, se le veía desgarbado, evadía mirar a su opositor y a la cámara y era titubeante, contra un Kennedy seguro, maquillado y buen tipo.
Los desencuentros de Nixon con los medios tenían ya antecedentes. En 1952 se descubrió que Richard había aceptado 18 mil dólares de procedencia privada para complementar su sueldo de congresista. En un alarde de valentía, Nixon decidió asumir su propia defensa ante las cámaras de la incipiente televisión, y logró convencer a la audiencia de que el único regalo que había aceptado siendo senador fue un perrito “del que no pensaba desprenderse porque sus hijas lo adoraban”.
Aquella sería su última oportunidad y ocasión, porque en su discurso de renuncia a la presidencia el 8 de agosto de 1974, Nixon no corrió la misma suerte: salió abucheado y con arrastre rápido, para ponerlo en términos taurinos. Durante su presidencia (1969-1974, incluida su reelección en 1972) Nixon se mantuvo distante de los medios. Actuaba sin alardear ante ellos, se sabe que realizó algunas censuras con respecto a lo ocurrido en Vietnam y Camboya y de la participación de la CIA en la conspiración contra el presidente de Chile, Salvador Allende, nadie se atrevió a decir nada. Sabía, eso sí, sonreír mucho y saludar a nadie en sus apariciones públicas.
Protagonista como le gustaba ser, aunque sin manejo de imagen ni medios, sólo a él se le ocurrió mandar la noche del 17 de junio de 1972 a cinco individuos (entre ellos James McCord quien era su director de seguridad del Comité de Reelección y empleado del FBI y de la CIA) a colocar cámaras y micrófonos para espiar las actividades del Partido Demócrata, que tenia sus sede en el Hotel Watergate.
La información fue dada a conocer por The Washington Post como resultado de una investigación periodística de Carl Bernstein y Bob Woodward, a partir de las denuncias de los vigilantes del flamante hotel que pillaron a los infiltradores in fraganti. Nixon ganó aquella reelección (1972) pero los medios ya realizaban innumerables reportajes y artículos, tanto en prensa, como en radio y televisión, sobre el intento de espionaje. Una vez más, Nixon los desestimó. El escándalo se avivó hasta que el Gran Jurado determinó que el Presidente había actuado en encubrimiento, y antes de fincarle cargos, el mandatario renunció, teniendo la inmediata absolución de toda responsabilidad de parte de su sucesor, Gerald Ford.
El escándalo tomó dimensiones mundiales. Fue cuando el presentador de televisión británico famoso por su programa de variedades en TW3, David Frost, que tuvo un efímero paso por la pantalla estadounidense y que en aquellos días trabajaba para una cadena de entretenimiento de Australia (interpretado en la película por Michael Sheen), decidió contactar a Richard Nixon (magistralmente interpretado en el filme por Frank Langella) para realizarle una serie de entrevistas, que en principio serían más bien dentro del estilo de variedades que Frost sabía hacer. Incluso, pensó en “Nixon: El hombre”, pero sus socios en Estados Unidos se mostraron más violentos en cuanto al sentido y contenido de la entrevista.
De acuerdo con el filme dirigido por Ron Howard (Cocoon, 1985; Apollo 13, 1995; El Grinch, 2000, El código DaVinci, 2006, entre una veintena de películas, con 34 nominaciones al Oscar y nueve estatuillas en su haber), Nixon habría cobrado bajo contrato hasta 600 mil dólares por aquella serie de entrevistas y no podía retractarse, muy a pesar de las preguntas que Frost le hizo y que a regañadientes, y después con soltura y algo de sinceridad, terminó por responder.
La trama, que también, originalmente fue llevada al teatro, muestra a un encorvado y meditabundo, a veces huraño y a veces cariñoso Richard Nixon totalmente antipático y sin mayores admiradores que su valet-secretario-asistente-consejero y cuidador Jack Brennan (interpretado por Kevin Bacon) a quien sólo faltó que se colocara al piso en un pedazo de lodo para que los zapatos de agujetas de Nixon no se estropearan (los mocasines les parecían afeminados). El retrato de un ex Presidente tratando de llenar su soledad es absoluto.
Durante las primeras horas de grabación, Frost pierde el control de la entrevista mientras Nixon se regodea contando anécdotas de sus encuentros con Mao Tse Tung, Krushev y otros líderes de la época. El productor y los socios de Frost paran en diversas ocasiones. El tiempo pactado corre rápido, y Nixon no ha dicho absolutamente nada.
Luego, en un afán por ponerle en el tema, quizá de una manera forzada, pasan en un monitor imágenes de la guerra de Vietnam y de los abusos en Camboya. Esperando algún pronunciamiento que abriera paso a las confesiones, Nixon sereno se limita a decir que lo volvería a hacer si las circunstancias así lo exigían.
Exhausto, Frost recibe su cumpleaños que es transmitido en una nota por televisión, que es vista a su vez por Nixon, rodeado de asesores; tenían que evadir lo inevitable: hablar del Watergate.
Poco antes de terminar la serie de entrevistas, Nixon triunfante realiza una llamada a Frost, para hablarle, entre pedazos de piña metidos en hamburguesas, de que él era el triunfador y que esa entrevista era casi como un duelo a muerte. Llamada que después Nixon aseguraba no recordar. La cuña apretó y Frost se decidió por fin: doblegaremos a Richard hasta hacerlo confesar. Y lo logró con éxito. En la última serie de la entrevista un Frost agresivo obliga al presidente a confesar: “Cuando el Presidente hace algo, significa que no es ilegal”. Punto. Y con esta frase lapidaria, Nixon confiesa que todo lo que hizo, según su criterio, no fue ilegal, aunque haya violado las leyes, aunque haya protestado cumplirlas, aunque sea el principal promotor y procurador del orden legal del país. Y aunque Brennan interrumpe la confesión, ya es tarde: Nixon admite que cometió errores graves y que se arrepiente. ¿Cuáles errores? Todos.
La película es un espléndido retrato de cómo los medios masivos juegan un papel preponderante en la política y no pueden ser desestimados nunca. Está nominada a cinco Oscares: Mejor película 2008, Mejor director (Ron Howard), Mejor actor (Frank Langella), Mejor guión adaptado (Peter Morgan) y Mejor montaje (Mike Hill y Dan Hanley).
Y aunque nadie ganó, la película pudo haber sido dirigida hasta por Michael Moore, pero no habría sido igual sin Langella.
“Cuando el presidente hace algo, significa que no es ilegal” quizás se convierta en el lema de cabecera que en letras doradas estará bordada en fino hilo de oro en las almohadas de algunos gobernantes, que con ello jamás perderán el sueño.


