Uno Ana Karenina vendió un millón de ejemplares en Estados Unidos, un país famoso por el escaso interés que genera la narrativa extranjera, tras ser elegido por Oprah Winfrey para integrar su exclusivo club del libro.
En Reading with Oprah: The book Club That Changed America, Kathleen Rooney describe a la conductora como pionera en el uso de nuevas tecnologías para motivar a millones de no lectores a comprar libros y, más importante aún, leerlos; los expertos llaman a su capacidad para vender “lo que sea” como el “efecto Oprah”, con un nivel de influencia superior en 20% al de cualquier otra figura pública.
El único antecedente conocido -y el verdadero pionero a la hora de conseguir que sus televidentes siguieran sus recomendaciones- fue Bernard Pivot, un periodista francés que primero en Apóstrofes (1975-1990) y luego en Bouillon de Culture (1991-1993), entrevistó y comentó la obra de centenares de escritores sin aceptar comisiones ni “regalos” de las editoriales porque, como aclaró más de una vez, “a mi ya me pagan un sueldo muy bueno”.
Por Apóstrofes, -dedicado enteramente a los libros y sus autores- pasaron, desde un místico y furioso Alexander Solhenitsyn a Charles Bukowski, que manoseó las piernas de una invitada y se orinó encima. La influencia del programa era tal que un escritor no existía en Francia si no aparecía en él.
Al igual que Pivot, Oprah selecciona cada titulo personalmente y luego entrevista y promociona a los autores en un segmento especial de su programa. Desde su fundación en 1996, el “Oprah Club” publicó, entre otros, a Kaye Gibbons, Edwidge Danticat, Toni Morrison, Bernhard Schlink e Isabel Allende.
Jonathan Franzen, (cuya tercer novela, Las correcciones, fue elegida por Winfrey en 2001), descubrió el “efecto Oprah” en su gira promocional ante un publico formado por dos tipos de lectores bien diferenciados: uno que le decía: “me gusta su libro y me parece estupendo que Oprah lo haya elegido”; y otro que le confesaba: “Me gusta su libro y lamento muchísimo que Oprah lo haya elegido”. Cuando la conductora, -que controla tanto la recepción del libro como la interacción de los escritores con su público-, se enteró de que Franzen respondía de acuerdo a la persona (agradeciendo a unos que la televisión trajera nuevos lectores; quejándose ante otros de la sensiblería barata del programa) sacó el libro de la colección (aunque luego volvería a incluirlo) y Franzen recibió decenas de cartas de televidentes enfurecidos llamándolo snob, ególatra, niño mimado y llorón por haber dicho que las selecciones de Oprah eran, en su gran mayoría, novelas con poca o ninguna ambición literaria, pensadas para satisfacer las necesidades de un público femenino. (“Me gustaría”, habría dicho Franzen, “que me leyera algún hombre”).
Como consecuencia del enfrentamiento público entre ambos, Oprah relanzó su colección y dejó de lado las novedades para concentrarse en la reedición de clásicos que nadie discutiría como Al este del Edén (John Steinbeck), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez), El corazón es un corazón solitario (Carson McCullers) y Anna Karenina (León Tolstoi): todos convertidos inmediatamente en best sellers con ventas que superaban el millón de ejemplares.
Franzen, burlón, dijo que “a diferencia de lo que pasó conmigo, [ella] puede estar tranquila. El gran Leo [Tolstoi] no va a poder decir nada que la pueda molestar”; aunque luego reconoció que “es realmente inteligente y está dando una buena pelea” ante un mercado editorial cada vez mas deprimido por la falta de lectores.
En agosto del 2005, Oprah anunció que su club volvería al formato tradicional gracias a “un título que me tuvo despierta toda la noche”: A Million Little Pieces, las memorias “crudas pero reales” de un delincuente, exadicto a las drogas y el alcohol, llamado James Frey.
“Después de dar vuelta a la ultima página… uno quiere conocer al hombre que vivió para contar esta historia”, le dijo a su audiencia; y un mes después le confesó personalmente al propio Frey que, para poder seguir leyendo su libro, tenia que repetirse “él esta vivo, él está bien”.
Por supuesto, esa era la esencia de A Million… y lo que lo hacia tan vendible: un cuento triste con final feliz; la historia de un hombre que había dejado atrás su pasado de adicciones, robos y violencia para convertirse en un escritor exitoso, mimado por las multitudes y alejado de cualquier exceso.
“Soy un Alcohólico, un Adicto y un Criminal”, escribió Frey, acentuando las mayúsculas y plagiando, concientemente o no, al Truman Capote de “Música para camaleones” (“soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual” y confirmó cada una de sus palabras ante una extasiada Winfrey que lo presentó a su audiencia como “el niño que una madre ruega no tener que criar”.
“El libro es verdadero” -dijo Frey en el programa-. Escribí sobre los hechos verdadera y honestamente […] Yo soy un chico malo, si quería escribir un libro el libro tenía que ser verdadero, y si iba a escribir un libro honestamente, entonces tenía que escribir sobre mí de manera muy pero muy negativa”.
A Million… llevaba vendidos dos millones de ejemplares en apenas tres meses cuando The Smoking Gun denunció que James había ofrecido el material como novela a diecisiete editoriales antes que Doubleday aceptara publicarlo como “no ficción”.
Frey hizo una segunda aparición en el programa de Oprah donde intentó justificarse diciendo que había inventado una imagen más dura de sí mismo para poder luchar contra sus adicciones y “cuando escribí el libro me aferré a esa imagen en lugar de hacer una adecuada introspección”, separando hechos de ficciones.
“Me siento engañada” -le dijo una furiosa Winfrey-, “pero lo más importante es que usted traicionó a millones de lectores. En septiembre [de 2005, durante la primer entrevista] le hice aquí mismo muchas preguntas y lo que me dijo, a mí y a millones de otras personas, fue que todo era verdad”.
Para terminar de aclarar los hechos, Oprah llamó en vivo a Nan Talese, responsable editorial de Doubleday: “En un comunicado de prensa de 2004, la empresa afirmó que se trataba de un libro de una honestidad brutal sobre la adicción. ¿Cómo se puede decir eso si no se investigó?”.
“La experiencia es triste para ambos…”, le dijo Talese; pero Winfrey no la dejó terminar: “para mí no es triste, es vergonzoso y desilusionante”.
El escándalo coincidió con la caída en desgracia de otro superventas, JT (Jeremiah Terminator) LeRoy, famoso por contar en sus libros cómo había sido travestido, drogado y prostituido desde los cinco años por su madre, antes de escapar y ser adoptado por una mujer llamada Laura Albert y su comprensivo marido.
Al igual que Frey, LeRoy consiguió desde el comienzo una amplia repercusión mediática de sus libros (Gus Van Sant le pidió asesoramiento para Elephant, Tom Waits lo entrevisto para Vanity Fair y la revista Face lo fotografió con máscaras y bigotes de gato) hasta que el New York Magazine denunció que todo era un montaje publicitario pensado para explotar las necesidades de un publico adicto a las confesiones y desinteresado en la literatura como tal: el hombre que aparecía en las fotos era un actor contratado; la verdadera autora de los libros era Laura Albert, quien había escrito sobre temas similares durante su carrera como cantante sin obtener reconocimiento hasta que, al igual que
Frey, convirtió sus ficciones en “testimonios reales”.
Entrevistada, Albert declaró que se reservaba el derecho a cambiar de género e identidad según sus necesidades creativas; después de todo, ¿cuál era el problema de inventarse un alter ego para vender más libros?
La culpa, daba a entender Albert con cierta dosis de razón, no era suya sino de un mercado donde el éxito dependía del marketing y no del talento del autor: las narraciones que todos amaban del desdichado LeRoy

