Skinnereando en la TV

No me queda la menor duda del poder y la influencia que tiene en nuestros hábitos y aficiones la publicidad. La prueba viviente es un marranazo de más de 100 kilos que da por buena la idea de que al ponerse una faja de miriñaque se convertirá en un atleta olímpico, o una que nació con la nariz chueca, la tendrá como la de Cleopatra si se unta una pomada nauseabunda. Sin embargo, hasta ahí no descubro el hilo negro; cientos de cuartillas se han gastado en demostrar lo anterior y no soy yo, querido lector, quien pretende asestarle un rollo sociológico e infumable que, por otro lado, tendría un triste destino.

Lo que me parece fascinante tiene que ver con las costumbres televisivas que nos son impuestas a huevo y de forma nada sutil a través de mensajes muy diversos que logran su cometido. Lo mismo que Skinner condicionaba ratones de laboratorio para someterlos a su voluntad con reforzamientos positivos o negativos, los televidentes nacionales nos vemos expuestos ante una cantidad inconmensurable de est ímulos que determinan que nos importe lo que en principio debería valernos poco menos que madres.

Pongamos un ejemplo inicial: el futbol americano es un deporte practicado originalmente en Estados Unidos y que requiere del cumplimiento de varias premisas; la más elemental, que sus practicantes coman tres veces al día y desarrollen la masa muscular de una tonina. Por otro lado, se utiliza un equipo especializado que cuesta más que mis malos pensamientos y una manada de cebras que proveen de playeras a los árbitros. Como es de esperarse, este deporte tiene alcances muy limitados en el resto del mundo y en nuestro propio país (¿se imaginan a los tzeltales de Tapachula?). Bien, el hecho es que a pesar de los pesares año con año, un sector suficientemente numeroso de televidentes, siguen los partidos de la liga gringa se hacen de favoritos y esperan, como los huicholes las lluvias, lo que los entendidos llaman “el súper tazón” (¿Súper Tazón?, se pregunta dentro de mí eso que se llama sentido común). A mí me podrán argumentar lo que se desee pero creo que ésta es una preferencia inducida netamente con fines comerciales de una manera aquí sí sutil que es difícil darse cuenta del camión que nos acaba de atropellar.

Un segundo ejemplo tiene que ver con la lucha libre gringa. Me resulta particularmente penoso ver a Antonio de Valdez, un hombre que me cae francamente bien, anunciando en su sección deportiva del noticiero de Loret, a los “titanes del ring”. Acto seguido, cambia la escena y aparece un grupo de animalotes vestidos como Freddy Krueger, que fingen que se matan a golpes, seguidos de una hilera de buenonas que tienen cara de malditas. Nuevamente resulta claro que Televisa ha invertido en el negocio y es de su interés que los mexicanos sigan este bellísimo espectáculo con baba en las comisuras. La red está echada y los peces en forma de televidentes oligofrénicos caen a puñados.

Por lo anteriormente expuesto (evidente mi formación en la burocracia), es que sostengo que una proporción muy considerable de la programación se dedica a crear intereses y no a atenderlos. Más ejemplos abundan; la noche de los Óscares con todo y vestiditos mamarrachos. El más conspicuo, sin embargo, y lo hemos dicho antes, es el de las catástrofes mundiales que si bien son tragedias enormes, se magnifican de tal manera y con tal resonancia que de pronto parecería que nuestro 20% de mexicanos en extrema pobreza o la violencia nacional, son temas secundarios al lado de un Tifón arrasador o los más recientes terremotos. No se me malinterprete (tengo esa capacidad el hecho de que un meteoro arrase con gente y posesiones no puedo sino lamentarlo, sin embargo, me parece que los medios “construyen” una visión apocalíptica y poco fundada de esas realidades que nos tiene a todos al filo de la butaca.

Hace mucho me enviaron un video en el que se comparaban los acentos de periodistas británicos y mexicanos; los unos con sobriedad y énfasis en reconstrucción y ayuda. Los segundos mostrando pillaje y escenas violentísimas.

Saque usted sus propias conclusiones, querido lector.

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